En el tardofranquismo, Alcalá de Guadaíra era una ciudad próspera. El pan y los almacenes generaban riqueza. Sin embargo, las diferencias entre la barriada de San Miguel -barrio del Castillo en Alcalá- y el resto del pueblo eran abismales. Nadie miraba hacia el arrabal, salvo para prejuiciar a «los castilleros», como llamaban a los habitantes del barrio, cuando abajo se producía algún acto delictivo. «Aquello era el cuarto trastero, donde iba todo lo que la gente no quería ver», relata Luis Martín Valverde, que recién ordenado como sacerdote en 1971, llegó a Alcalá como profesor salesiano y rápidamente descubrió que su misión estaba en el Castillo, «un barrio con más necesidades».

Descubierta su vocación, comenzó con pequeñas acciones hasta que le propusieron realizar el censo del barrio a principios de los años 70: «nadie quería ir allí, era un sitio con dificultades, y era una buena ocasión para conocer a la gente y sus problemas», explica. De aquellas primeras incursiones recuerda el hacinamiento, la falta de higiene y la inexistencia de atención a los niños de 0 a 5 años. Martín Valverde lideró un equipo de personas comprometidas que respondió a esta necesidad creando una guardería en el barrio. La falta de formación lastraba a los jóvenes, que en muchos casos carecían del certificado de estudios primarios. «Estaban desarmados, no podían acceder a casi nada», lamenta. A los mayores también se les atendió con clases para adultos.

«Yo no quería continuar una línea de cristiandad tradicional, sino fomentar valores humanos, que después se abrieran al evangelio y que cada uno encontrara el camino».

Luis Martín Valverde

Poco después, Luis Martín Valverde se trasladó a vivir al barrio. Concretamente, a la calle León XIII, a la espalda de la Iglesia de San Miguel. En este momento, abandonó el trabajo más directo en los Salesianos y se dedicó con mayor intensidad a la «promoción del barrio», creando asociaciones de vecinos y de padres y madres de alumnos.

Luis Martín Valverde, delante de la Iglesia de San Miguel. F.A.

Con el dictador Francisco Franco aún vivo, trató de cohesionar con actividades lúdicas a aquel barrio marginado, pobre y con una tasa de desempleo altísima. Éstas estaban acompañadas, aunque en menor medida, con los cultos que se realizaban en la Iglesia. «La promoción cristiana no supe trabajarla bien, quizás por falta de experiencia», reflexiona. «Yo no quería continuar una línea de cristiandad tradicional, sino fomentar valores humanos, que después se abrieran al evangelio y que cada uno encontrara el camino». Prefería una evangelización más acorde con «la liberación total de la gente, en vez de dar tranquilizantes en misa». Su implicación con el barrio fue más allá y acogió a «chavales» en su casa. «Tenía el sueño de vivir con ellos» y «hoy son grandes amigos», aunque entre los salesianos no estaba bien visto.

«En las Tres Mil se me murió un chaval en un váter por sobredosis de heroína».

Luis Martín Valverde

Las actividades populares que organizaban no les gustaban a los franquistas. «Cantábamos el Bella Ciao con los niños» y «fuimos muy imprudentes, pero era lo propio con 30 años». El alcalde Manuel Rodríguez Granado «nos tenía fritos», porque «tenía un cuerpo de espías y se enteraban de todo». A veces estas imprudencias, y el contenido de las homilías, llegaban a oídos del cardenal Bueno Monreal, que lo llamaba al orden: «Luisito eres tonto», le decía. Este era muy amigo de su padre, notario en Osuna y Utrera. A pesar de los tirones de oreja de la jerarquía, las iglesias se convirtieron en el centro neurálgico de las reivindicaciones sindicales. Hubo una misa protesta en San Agustín en la que los trabajadores y sindicalistas cantaban «amnistía y libertad» y «disolución de los cuerpos represivos».

Más tarde llegó la Democracia y en el barrio comenzaron a notarse algunos cambios. Había familias con mucha conciencia política y las cartas se pusieron bocarriba. El barrio estaba lleno de cenetistas, que eran los más duros, y comunistas. «Yo notaba un tufo anticlerical», pero desde el primer momento se dijo que la cruz no aparecería en las pancartas. «Tenía miedo, en el seminario te decían que el que no estaba en la Iglesia era tu enemigo, la formación era un poco sectaria. Cuesta superar esos esquemas, pero los superé», sostiene. Ahora recuerda con cariño la amistad que forjó con aquellos anarquistas y comunistas, «gente muy comprometida». Del PSOE había algunos, pero pocos, «ellos eran del pueblo, de abajo».

En 1981, tras una década dedicada a la gente del barrio, decidió cerrar esta etapa y abrir una nueva en el Polígono Sur, en Sevilla. Allí se asentó en la Tres Mil Viviendas, donde encontró nuevos retos. «El Castillo se quedó pequeño y ya había muchos intereses creados, me estaban cogiendo el pan de debajo del brazo». En su nuevo destino fundó la Asociación Entreamigos y el panorama era mucho más crudo. «Se me murió un chaval en un váter por sobredosis de heroína».

Su vida tuvo un nuevo punto de inflexión en diciembre de 1990, cuando dejó el ministerio sacerdotal, se casó y adoptó a tres hijos, a los que durante los primeros años crió con él en las Tres Mil. Años más tarde, su esposa, Victoria, enfermó y falleció. Un revés que le costó superar y que propició que comenzara a delegar funciones.

Sus memorias en una novela

Todas estas experiencias, historias y reflexiones, junto a muchas otras, forman parte de Memorias y confidencias de Nolasco Santoro, una novela con poca ficción y muchas dosis de realidad. La obra está protagonizada por su alter ego, Nolasco Santoro, que representa a un burgués que se adentra en un barrio marginal. Otro personaje ficticio representa a todas las personas que le han ayudado en su trayectoria, «a descubrir qué hacer y cómo hacerlo». Las críticas también han tenido su espacio en esta obra, donde el autor habla sin tapujos, por ejemplo, del papel de la Iglesia y la congregación: «creo que no han estado a la altura». En este sentido, afirma que no cree en el celibato porque «trae aparejada connotaciones negativas» y «tiene al cura como una persona segregada con un estatus». Cuando me case la gente del barrio me felicitaba: «Con dos cojones, padre», me decían, porque «la gente no tiene los reparos que tiene la iglesia». Por otra parte, reflexiona sobre el papel de los salesianos: «deberían dedicarse a otra cosa. Don Bosco no montó ningún colegio, hay que mirar a los más jóvenes abandonados. Con la inmigración se puede abrir nuevos caminos».

Francisco Amador

Francisco Amador

Licenciado en Periodismo. Actualmente en Sevilla Actualidad y La Voz de Alcalá. Antes en Localia TV y El Correo de Andalucía.

One reply on “Luis Martín: “no quería continuar una línea de cristiandad tradicional, sino fomentar valores humanos””

  1. Hola Francisco,
    gracias por el articulo de Luis Martin Valverde.
    Me siento profundamente afectado por el fallecimiento de Luis, y eternamente agradecido de haber sido acompañado y ayudado por Luis como consiliario de la JOC (Juventud Obrera Cristiana) en el Polígono Sur, durante varios años. Fue un hombre, un sacerdote, un amigo que marco aquel presente y mi futuro, de manera que ya adulto le seguí teniendo como referencia. Nunca me he olvidado de él. Hoy vivo en Madrid, ya me gustaría ser ese hombre, ese sacerdote y ese amigo para los demás como Luis lo fue para mi. Gracias Luis, por la confianza, la esperanza, y el cariño que sembraste en mi, y que aun hoy sigue creciendo con la ayuda de Dios . Un gran, fraterno y siempre agradecido abrazo.

    Perdona Francisco, como puedo hacerme con el libro de Luis?
    Gracias

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