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Me largo a Tarifa

Ensayos maratonianos. Pistones que se atoran justo ahora, que falta menos de una semana. Fotocopiadoras funcionando a pleno rendimiento. Labios y manos que van endureciendo el callo.

Sastres que ajustan a toda prisa las medidas de la chaqueta o el pantalón del niño que acaba de entrar en la banda, o del músico que ha comido demasiado este invierno. Compras de última hora para hacerse con un par de camisas blancas de repuesto. Corbatas que se han perdido y que va a ser difícil encontrarlas del mismo modelo y del mismo color. Búsquedas de camisetas térmicas, porque este año puede ser que haga más frío de la cuenta para tocar en la calle de madrugada, y la camisa y la chaqueta no bastan. Tablas de la plancha que se montan en mitad del salón de casa y planchas a altas temperatura dispuestas a dejar lisas camisas y pantalones con la raya. Músicos que comenten el error de comprarse unos zapatos nuevos pocos días antes de la Semana Santa y que van a tener que acercarse a la farmacia más cercana a por tiritas para las rozaduras.

Llamadas de última hora a las bandas de los pueblos de al lado por si algún cornetista puede reforzar la sección de cornetas de la banda para un par de procesiones. “¿Y no nos podéis mandar también a algún tuba que toque medio bién, aunque sea para la procesión del Lunes Santo? Nosotros vamos a recogerlos y ya le bordamos el escudo en la chaqueta como sea, o se lo pillamos con un imperdible”, pide casi desesperado el presidente de la banda.

Hermandades que mandan por e­mail la lista de marchas que hay que tocar a lo largo de todo el recorrido. “Este año nos han metido de nuevo tres marchas seguidas en Campana. ¡Se creerán que esto es como darle al play!”, se lamenta el director. “¿Y si os pido que montéis esta marchita para que la toquéis en la revirá de la Cuesta del Bacalao con Francos? Es que era la marcha favorita de un Hermano que ya no está”, pide con prudencia el encargado de la cruceta musical.

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“Cariño, si son seis procesiones de nada, no te quejes más”, le dice Pedro a su mujer entre dientes. “Lo que tú quieras, pero ya estoy harta de que cada año te vayas a tocar todos los días en Semana Santa en vez de irnos un par de días a la playa. Así que este año me largo a Tarifa con mis amigas y aquí te quedas con tu saxofón y con tu marchitas de procesión”, le espeta ella. “Se cree que me voy a quedar sin tocar con la banda en Semana Santa, si llevo todo el año esperando estas fechas”, piensa Pedro casi con miedo de que ella le lea el pensamiento. Y mientras cavilaba eso cogió sus auriculares, los conectó a su teléfono móvil, abrió la carpeta de música, seleccionó la marcha Macarena de Abel Moreno, y le dió la play. Entonces entornó los ojos y se puso a marcar el paso al ritmo de la música por el pasillo de su casa mientras sonaban los primeros compases de esta emblemática marcha. Pedro se sentía vestido con el uniforme de la banda y con el saxofón alto entre sus manos. Sólo faltaban unos cuantos días para que el sueño de cada primavera se hiciera realidad, y esa motivación en un músico es imparable. Y es que la cuenta atrás está llegando a su fin. Por fin.

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Sevilla Actualidad

Álvaro Ceregido

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