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Sábado Santo y Resurrección: El final del comienzo

Difícil ha sido llegar a esta jornada. Se ha debido sortear la meteorología, los días, la noche más larga, el cansancio, la ilusión y la pena.

El Sábado Santo llega como el triste funeral que se representa en el Santo Entierro, donde todas las presencias posibles de la ciudad cofrade componen el cortejo más peculiar que se puede ver en toda la semana.

Día maravillosamente singular, con menos gente, con menos hermandades, con más encanto. No es casualidad que en esta jornada se encuentren misterios alegóricos, repartidos en la Hermandad del Sol, Santo Entierro y la Trinidad. Día de Soledades, Servita y de San Lorenzo. Tarde de piedades, Servita y Trinidad. Todo igual, y todo radicalmente diferente.

Alfonso XII es pena quieta, el Juncal verde esperanza de futuro. Los siglos han aportado a este día peculiar los mejores regalos de sus tradiciones.

Pruebe a descubrir como la Trinidad se introduce en el Casco Antiguo, permítase una alegría digna de Domingo de Ramos. Busque a Los Servitas llegando a la Capilla de Los Siete Dolores; recuerde el sentimiento fúnebre que el Viernes Santo le mostraba.

Los tambores destemplados sonarán como el anuncio de lo que hace días se sabía que pasaría; el final que se intuía se dejará sentir en el ambiente y el alma.

Por las calles se desliza la pena, para dar en San Lorenzo, donde la entrada más triste y más bella recoge a la Soledad, arropada entre saetas, alguna con más fortuna que otras, que todo hay que decirlo.

Mientras, se alterna la alegría con la tristeza en otros puntos, la llegada a los templos, los barrios, la pena de la entrada, la felicidad de la Estación de Penitencia que culmina.

María Auxiliadora se resiste a que termine el día, procura estirar lo que ya tiene fecha y hora, en una semana que sabe marcar sus propios tiempos, los latidos definen el segundero.

Y entonces llega el epílogo, la esperanza de lo útil, el sacrificio que culmina con el retorno, la muerte por la muerte vencida, la Resurrección que anuncia una nueva Aurora.

Santa Marina, más blanca esa mañana que ninguna otra, es la metáfora sevillana de la ausencia de finales que hay en este rincón del mundo.

Nada termina en Sevilla, no existen los finales en una ciudad que cada mañana comienza una vez más.

Sobre el autor

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Mercedes Serrato

Técnica Superior en Integración Social, Graduada en Trabajo Social, Especialista Universitaria en Mediación, Máster Oficial en Género e Igualdad. Actualmente Doctoranda en CC. Sociales; investigadora irremediable, considera la escritura como una gimnasia obligatoria a la vez que placentera.

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