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Una noche de Cuaresma entre costaleros

Caminar por Sevilla siempre posee un componente mágico que seduce como pocos intangibles. Los corazones de sangre morada laten al son de tambores que todavía no suenan, pero la ciudad los siente. Dicen que la mente goza más cuando espera lo extraordinario que cuando lo experimenta. Eso es la Cuaresma y en Sevilla hay que vivirla.

Disfrutar esa maravillosa víspera, abrazar la emoción de lo efímero es posible cruzando la muralla de esta bendita ciudad. El arco de la Macarena nos aguardaba para vivir una noche de sensaciones junto a algunos de los protagonistas anónimos de la Semana Santa como son los costaleros que desde el miércoles de ceniza se entregan a su fiesta de un modo muy espiritual.

“La Cuaresma para cualquier cristiano es un periodo de preparación, búsqueda de nuestro ser interior y sobre todo un tiempo de esperanza”, explica Carlos Iriso, que cuenta los días para cargar sobre su séptima vértebra el peso de Jesús de la Caridad de San José Obrero, los palios del Carmen Doloroso, la Exaltación y el Santo Entierro de Dos Hermanas.

Pero no sólo de espiritualidad vive el ‘homo’ cofrade, pues como dice Carlos son unas fechas para vivir “intensamente”, siendo “consciente de lo efímera que es la vida y aprendiendo a disfrutar con lo que se tenga”. Una teoría que suscribe con humor su amigo Jesús, también costalero de La Cena, Las Penas de San Vicente y el Santo Entierro de Dos Hermanas. “Me gusta ver ensayos, cultos, Vía Crucis y escuchar música de palio. Si puede ser entre amigos, tomándome algo en un velador, mucho mejor”.

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Y entre conversaciones y cervezas, pisando el barrio de San Gil nos encontramos con la marabunta. Los ensayos no sólo sirven para perfeccionar los andares de nuestras imágenes, sino que matan el gusanillo y fomentan momentos de comunión y de nostalgia, pues forman parte de ese selecto grupo que se reúne tanto a altas horas de la madrugada para contemplar las entradas más sobrias de nuestra Semana Grande como en las primeras horas del mediodía en cualquiera de nuestros barrios periféricos más señeros. Se alimentan de trabajaderas, cornetas, clarines y tambores y durante siete días se obvia el descanso.

Lo importante es hacer hermandad

Y no es extraño encontrarnos a cien personas siguiendo las parihuelas de la Macarena. Costaleros, cofrades y curiosos ajenos, todos sienten el cosquilleo de lo que está por llegar. Francisco Javier Mejías es otro de nuestros acompañantes en este viaje por las entrañas de nuestra ciudad y piensa que “siempre se aprende de los ensayos” pero añade otra cuestión fundamental: “Es un buen foro de comunicación entre costaleros de distintas cofradías, al fin y al cabo lo importante es hacer hermandad”, explica este miembro de las cuadrillas de San José Obrero, el Cristo de Burgos y el Santo Entierro de Dos Hermanas.

En la variedad está el gusto, y en busca de nuevas sensaciones nos aguardaba la ilustre e inspiradora Plaza de San Leandro, donde perfeccionaba su caminar el Humildad y Paciencia de la Cena entre un ambiente marcadamente más familiar, porque tal como observamos durante la semana no son las grandes multitudes la que marcan la pauta, sino la personalidad de cada una de las Hermandades para engrandecer la fiesta y trasladándonos a otras épocas.

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Allí disfrutamos un modo de hacer hermandad más intimo y de anécdotas que reflejan a la perfección el carácter de una Sevilla tan dual como tolerante cuando la estrechez de Francisco Carríon Mejías taponaba a un vehículo y la cuadrilla, aprovechando un selecto aparcamiento vacío, se apartó hacia la izquierda y permitió el paso del automóvil, racheando los neumáticos a los gritos de “poco a poco” y con los costaleros entonando el himno de España. El coraje y la ‘guasa’ se hacen uno bajo el marco de la noche sevillana.

A las puertas de la Casa Hermandad de la Cena hablamos sobre el bendito presente que pronto se convertiría en pasado y que algunos llegan a disfrutar más que el propio futuro, como Carlos, que cree que “la espera llega a cobrar más importancia que la Semana Santa” y por ello, intenta “vivirla al máximo”, un pensamiento dentro del cual se integran ciertas contradicciones, tal como impera en la naturaleza del sevillano, cuando desea con todas sus fuerzas el fin de los preámbulos tales como ensayos, ‘mudás’ y retranqueos para comenzar a disfrutar cargando bajo sus hombros a nuestras imágenes.

En el interior del bar del ilustre fallecido ‘Peregil’ o Quitapesares, tal como guste, finalizamos nuestro periplo entre vinos, justo cuando Jesús nos confesaba entre leves sudores (no se cabe en este templo por estas fechas) que la estas fechas “sólo significan momentos más íntimos entre los que sentimos esta afición y devoción”. Así de sencillo y al gusto del consumidor o cristiano, porque se respetan todos los colores, así finalizaba nuestra noche de Cuaresma y de espera, aprendiendo en el arte de sobrevivir a lo efímero mientras se acerca el mayor de los temores de los cofrades, el irremediable final de esta mágica celebración.

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Miguel Arco

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