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África de cerca

La emigración a España, el caso de Dioulacolon en Senegal

Dioulacolon es una capital de distrito y de comunidad rural, en la que viven unos 16.147 habitantes. Se encuentra a solo 12 kilómetros de la ciudad de Kolda al sur de Senegal y es una comunidad donde la pobreza perceptible hace que la mayor parte de las familias, sufran el ansia de emigración de sus hijos, que han abandonado los estudios y cultivo de campos, para entregarse al éxodo.

Sevilla Actualidad / RedconÁfrica. Algunos padres se encuentran divididos entre la satisfacción de ver que uno o dos de sus hijos han conseguido irse y la inquietud de poder, algún día, disfrutar de su éxito, y conseguir así un mayor bienestar de la familia.

Lo más habitual es que el viaje se convierta en drama, porque son muchos los candidatos a la emigración que mueren en su intento de alcanzar las costas europeas. Muchos son los cabeza de familia de Diaulacolon que no quieren ya escuchar hablar de esta “locura aventurera”, y antes prefieren vivir en la miseria que favorecer la partida de sus hijos en una arriesgada búsqueda de riquezas.

Una visita sobre el terreno para investigaciones y reportajes, iniciada por el Instituto Panos en la región de Kolda, en cooperación con la Agencia Catalana de cooperación al Desarrollo (ACCD), ha permitido constatar la situación desesperante en la que viven las poblaciones vecinas a Guinea Bissau. Este viaje de estudio estaba organizado con el objetivo de “reforzar la información y la comunicación ciudadana para una gobernanza local más receptiva”, pero también medir el impacto de esta “emigración irregular hacia España, con su lotería de desaparecidos y supervivientes”.

En Dioulacolon, llama la atención del visitante la cantidad de bicicletas y motocicletas, que constituyen el principal medio de transporte, y que son utilizadas por los jóvenes, los ancianos y, sobre todo, por las mujeres. Éstas transportan a menudo sobre la espalda un bebé.

Para acceder a Dioulacolon, constituida por 56 pueblos, es necesario, a menos que se utilice un vehículo propio, tomar un taxi-brousse de siete plazas, con unos 9 pasajeros encajados a bordo. Es la ley de los conductores: se toma o se deja. Ninguna comodidad se percibe, y aún menos se ve.

El color rojo, incómodo, de la laterita que en forma de polvo te nubla la vista y tiñe de ocre tu ropa, basta para darte la “bienvenida”. Otra cosa que impacta al visitante nuevo es la extrema pobreza. Una precariedad desconcertante que obliga a cualquiera que venga de la ciudad y pase un tiempo allí por primera vez a preguntarse “¿realmente estamos en el siglo XXI?”. Sin embargo, al entrar, el fervor, el calor y la simpatía de la gente, te hace estar a gusto, y eso basta para eliminar el stress que hubiera podido invadirte durante el viaje, haya sido éste corto o largo.

La población de Dioulacolon la forman esencialmente agricultores y ganaderos. Son ricos en tierras y ganado, de lo que tienen más que de ninguna otra cosa. Una riqueza que no es visible ni parece ser fuente de satisfacción para sus propietarios, obligados a separarse para ver partir a sus progenitores.

En efecto, muchas son, a día de hoy, las familias dislocadas o rotas a causa de una esperanza que tarda en cumplirse, porque todos los brazos válidos que allí vivían, han muerto en embarcaciones improvisadas con destino a España. A pesar de ello, los jóvenes de Dioulacolon en particular, y de Kolda en general, continúan más que nunca buscando maneras de llegar a la Península Ibérica, con el fin de permitirse un desahogo financiero, como algunos de sus conciudadanos que lograron hacer fortuna y satisfacer las necesidades de sus padres, amigos y vecinos

Por eso, los jóvenes de Dioulacolon emprenden, una y otra vez, el camino del éxodo hacia las grandes ciudades africanas, por tierra, mar o aire, con un ojo fijo en las grandes metrópolis europeas, especialmente España.

Con este fin, algunos padres convencidos por sus hijos, que les prometen una vida de ensueño y un futuro mejor que el que tienen, malvenden en los mercados semanales, dejando por 150€ un buey que en tiempos normales costaría como mínimo el doble. Y eso para facilitar el viaje de sus hijos. Viaje que, en la mayoría de los casos, no tiene retorno.

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