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Tom Cruise en 'Risky Business', película de Paul Brickman
Vientos de estraperlo

Tiernos granujas desahuciados

-Me gusta la foto. ¿Qué piloto de los 70 es? Se parece a Edward Burns.

-He visto a jóvenes confundir a Al Pacino con De Niro, pero nunca nadie confundió a Gabriele D’Annunzio con un aprendiz de vividor.

El lado luminoso de la vida es el mismo que el lado oscuro: nos da todas las heridas, las que necesitamos, las que nos hacen falta y las que no queremos. En aquel despacho, cada miércoles, el profesor, quien se convirtió en mentor, intentaba que el Derecho gustase. Desde el minuto uno dejó claro que llegué allí para demostrarme qué era eso de la vida y, mientras, me enseñaría otro absurdo pasatiempo en el que invertir el tiempo: la Ley. Con 21 años se me escapaba quién era D’Annunzio, y salí de allí aquel día sabiendo que era un caballero con cara de haber venido al mundo de vacaciones, príncipe de Montenevoso y que se dejó fotografiar por Slim Aarons.

Claro está que hablamos del D’Annunzio vividor de pañuelo al cuello, mirada perdida y rompedor de muchos platos. Un simpático atractivo que hacía cosas atractivas en sitios atractivos; tan bien vestido que hasta el barro le quedaría bien. El profesor aquel día le confesó a uno, «si quieres que hablemos de la ley antes tendrás saber de qué va algo de lo que no tienes ni lejana idea. El espectáculo más maravilloso del mundo, una fiesta continua con altibajos en la que encontrarás cómplices y enemigos: tu vida». Y así fue como empezó la pasión por el libre ejercicio de la profesión, aprendiendo a vivir y a saber quien era un tipo al que el apellido le cayó del cielo.

Que todo era una fiesta con control uno lo empieza a comprender más tarde. En cada fiesta que se precie se puede encontrar al ser necesario reencarnado de Tom Cruise en Risky Business que te ofrece una copa mientras te dice que deberás aprender a decir -a pensar- en un momento determinado, «¿Pero qué coño?», y también estará ese personaje que te invitará a jugar al pimpón mientras te emborracha con sus penas igual que Peter Sellers al inicio de Lolita de Stanley Kubrick. Huyan de los amantes de la autocompasión, de los apologistas de la pena propia, los que lloran el mismo alcohol que beben y parece que vienen a la vida buscando paz en vez de pelea inesperada.

El profesor siempre decía que había que buscar cómplices, una conexión especial, no importa si en el momento o en la distancia temporal. Por conectar, hubiera conectado en aquellos ‘30 en Maxim’s mientras Alfonso de Portago -Marqués de lo mismo, fumador, bebedor, piloto de Fórmula 1, polista, jinete de carreras, dandy y rolling stone de su tiempo- se acercaba a la mesa de una chica y le decía: «Perdona, no lo sabes, pero te vas a casar conmigo. Tampoco lo sabes, pero me quieres». El final de la fiesta lo sabemos, ella acabó loca y él muerto a los pocos años mientras corría la Mille Miglia. Portago acabó la fiesta y se dejó las llaves puestas para que los demás entráramos.

La vida es una fiesta y las fiestas son la vida, queda claro, pues ambas dan las mismas heridas. James Dean le dio a Hollywood la herida necesaria y Steve Prefontaine se la dio al atletismo. No se conocieron, ni se intuyeron pero ambos murieron igual: elegantes al volante y con desmadres de menos y de más. Los gestos son esa originalidad involuntaria olvidada, como un pestañeo en medio de la anulación a que nos somete el tiempo, y es que en medio de la fiesta, cuando se corre el riesgo de caer en la batalla -sin que nadie piense en nosotros como soldados caídos sin bandera- el único remedio que nos salva en el baile es esa copa que se erige en clavo ardiendo.

En medio de la fiesta es el baile de resistencia lo que nos salva, una copa de sorbos cortos que se consume mientras la joven observa de lejos debatiéndose entre la condescendencia, la ternura y la pena. Y lo mejor de todo llega mientras suena ‘Renegade, de The Styx, y ya uno no puede ni pestañear; y el mayor problema en ese instante de vida del XXI es que las lentillas se pegan demasiado. Lo menos importante es que puede que la realidad nos atropelle y acabemos durmiendo en el suelo, con las estrellas de techo y rodeado de todos los retales de la vida que se nos han ido quedando perdidos, mientras la vida nos distraía con sus heridas en medio de una fiesta a la que nos obligó a ir, en la que nos emborrachamos y nos enamoramos.

La mejor lección de aquel día en aquel frío despacho fue la primera, porque empezamos por el final. Habría que contar secretos y habría que tener una cómplice, quien te siguiera en los delitos y en las mañanas de largos desayunos. Porque siempre habrá un ancla que te salve del naufragio en medio de la fiesta de la vida, quien verá en uno a un granuja tierno que quiere romper el corazón mientras la noche se va deshaciendo.

Sobre el autor

Jaime Fernández-Mijares

Nacido en 1989 en Sevilla. Licenciado en Derecho por la Universidad de Sevilla y Máster en Tributación y Asesoría Fiscal por la Universidad Loyola Andalucía. Forma parte de 'Andaluces, Regeneraos', proyecto centrado en la redacción de artículos para la regeneración política, económica y cultural de Andalucía. Le interesa la historia y las relaciones internacionales.

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