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Vientos de estraperlo

Carmen y el verano peligroso

Lo peor es siempre lo más sorprenderte. Así, la muerte sorprende -siempre mansa- con una sonrisa que dibujan labios negros que se antojan apetecibles por mor del riesgo.

Javier Villán -aquél cronista que un día de mayo de 1994 decidió cambiar la vida de Julio Aparicio a golpe de crónica de aquella tarde de desmayo en Las Ventas- esbozaba hace pocos días un artículo de inolvidable factura en el que realizaba un repaso antológico de la tendencia suicida durante el siglo XX. Por aquellas líneas pasean Hemingway, Miroslava Stern, Cesare Pavese o Larra. Si, porque no existe mejor ni más sentido suicida que el eterno cronista indolente.

La historia de un país está cosida, entre otros, por un grupúsculo de personajes influyentes que en el purgatorio de la historia deben estar lamentando no haberse suicidado a tiempo para que se les recordara mejor. Rectifico. Para que se les quisiera mejor. A esa generación nacida entre 1989 y 1990 –Si, por la importancia de ambos años puedo permitirme el lujo de concluir que somos una generación- llegó una versión de la Transición según buenas y malas lenguas en la que para bien, para mal y para por si acaso se omiten nombres a conveniencia. Amén de otros periodos importantes de la historia de España, por ejemplo, véase lo poco que se recuerda en los libros de historia el carisma y la labor de consejera política de la infanta Isabel la Chata o la cantidad ingente de personas que no sabe que Vicente Aleixandre fue Premio Nobel de Literatura.

Uno, que vino al mundo a vivir admirando la belleza –que no es lo mismo que venir al mundo para vivir en un eterno verano- desarrolla un instinto para ser atraído constantemente por tristes historias ocultas bajo un manto de belleza inigualable. De todas las historias de mujeres, de héroes, de villanos encantadores, eternos amantes y amores que duelen, la de Carmen Díez de Rivera es la que da sentido a aquella Transición política. Carmen estaba en aquella imagen de Suárez dejando caer su cabeza sobre el espaldar de su asiento en las Cortes al informar Fernández Miranda la aprobación del proyecto de ley para la reforma política –Hacia la ley, desde la ley, pasando por la ley, que escuchábamos en la facultad-. Estaba en el humo de aquella conversación entre Adolfo y Santiago en la que el uno le decía a aquél lo mucho que era de los suyos y el aquél le reconocía al uno que le compra hasta el pingüino de su argumento. Carmen estaba y está hasta en el rugido silencioso de uno de los leones de la puerta del Congreso de los Diputados.

Pero Carmen no está en los libros de Historia. Ser clave a la hora de legalizar el PCE vale para cambiar la historia pero no para reflejar una vida en los libros de historia. La periodista Ana Romero escribió la biografía de esta dama noble –valga la redundancia- tras horas de conversación y momentos con la propia Díez de Rivera durante sus últimos meses de vida. Un trabajo magnífico que es un libro de historia contemporánea del país que es el mejor peor padre del mundo: España. Ana Romero se sumerge en el alma de Carmen Díez de Rivera hasta el punto de querer taponar esa herida sangrante del alma que Carmen llevo a rastras durante toda su vida.

Recientemente, Telecinco llevó a la pequeña pantalla el affaire entre la Marquesa de Llanzol y Ramón Serrano Suñer, padres de la jefe de Gabinete del primer gobierno de Adolfo Suárez y primera mujer española en ser europarlamentaria. ¿El resultado? Un folletín rosa que acaba con el momento justo en que Carmen Díez de Rivera e Icaza siente una rotura en lo hondo de su alma, como Ana Romero describió en la biografía de la política. Y es que, Carmen Díez de Rivera estaba enamorada de su hermano Rolo, si bien no supo jamás que era su hermano sino hasta el momento en que anunciaron a ambas familias que se casarían, por lo que fue irremediable el doloroso desenlace de la historia.

A partir de entonces, Carmencita dejó su vida volar como si fuera una zombi viviente. Fue un fantasma de lo que pudo ser y jamás fue. La vida en un convento, curas de sueño, misiones en África y una vuelta a España en la que recibió el apoyo de un jovencito alto, bien plantado y socarrón llamado Juan Carlos y que ostentaba entonces el título de Príncipe y que mucho debía, entre otros, a Francisco de Paula Díez de Rivera, o como la señorita lo llamaba en sus memorias, mi padre Llanzol –pues su padre biológico era Serrano Suñer, quien jamás la reconoció como hija-. Carmen trabajó en RTVE ya a las órdenes de un joven falangista con mirada de dandy venido a más llamado Adolfo Suárez.

Un gran olvidado en los relatos sobre la legalización del Partido Comunista es el abogado José Mario Armero, quien hiló para que Suárez y Carrillo departieran una tarde en la sierra de Madrid mientras gastaban una, dos y –quizás- 5 cajetillas de tabaco. Con todo, si Armero es un gran olvidado de esa historia, Carmen es una bella desterrada del relato histórico de la etapa más apasionante de la historia reciente de las Españas. Si no hubiese sido por ella, no se hubiera legalizado el PCE, siendo ella quien puso en contacto a Carrillo y Suárez y quien tejía de forma suave las relaciones con el resto de actores políticos de la época, además de con los intelectuales.

De lo –poco- escrito sobre Carmen destacaría, además de su biografía, una brillante novela-fábula de Manuel Vicent. En El azar de la mujer rubia, como si de un cuento infantil se tratase, Vicent traza las vidas perpendiculares y paralelas de Carmen Díez de Rivera y Adolfo Suárez. Un relato que viaja de la segunda a la primera, y de la primera a la tercera persona de una forma magistral y del que nadie sale indiferente. Vicent talla a un Adolfo Suárez, moribundo por los laberintos de su propia memoria o «bosque lácteo´´ , valiéndose de una bella guía que es una gacela de ojos acuáticos llamada Carmen, quien cariñosamente le anima a recordar y no olvidar lo que una vez fueron y a quienes por su vida desfilaron. Sin dejar pasar de largo las victorias ni las traiciones. Que una mujer tan sumamente atractiva fuera jefe de Gabinete del presidente del gobierno levantaba siempre aquellos malintencionados rumores, teniendo como consecuencia la contundente respuesta de ella. La sociedad de entonces elucubraba sobre con quién de los dos –Suárez o el Rey- se había acostado la hija del Marqués de Llanzol, y ella siempre se mantuvo firme negando cualquier rumor.

Sirve esto como muestra de que ayer y hoy, siempre y todavía, seguimos siendo igual de miserables. Si quienes mandaban mínimamente entonces veían que Carmen Díez de Rivera era jefe de Gabinete del gobierno Suarez, interpretaban eso como señal de que con alguien se había acostado. Y nada más lejos, no le hacía falta, pero, como hace poco leí, que no hubiera pasado no quita que ninguno de los protagonistas masculinos de la historia hubiese querido que pasase. Si yo me hubiese llamado Adolfo Suárez o Juan Carlos de Borbón y hubiera vivido en aquellos años, hubiera vivido en la duda constante del amor y admiración por la belleza y el temperamento. Entre dos barrancos con nombres de mujer sobre los que sobrevuelan vencejos al ritmo de la música. Con todo, es inevitable observar fotos de aquella mujer salvaje como si aún viviera y con su caída de ojos alumbrara el verano peligroso que es la vida, esa vida de la que ella no despertará ya.

Irremediablemente, mucho tiempo queda por pasar hasta que España ponga en valor a figuras como Carmen Díez de Rivera o el cardenal Tarancón. Hasta entonces, seguiremos siendo eternos deudores y buenos malos padres de aquella historia de nuestros ascendentes en la que Libertad rompió en medio de una noche como el sol que nadie espera en la tormenta.

Sobre el autor

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Jaime Fernández-Mijares

Nacido en 1989 en Sevilla. Licenciado en Derecho por la Universidad de Sevilla y Máster en Tributación y Asesoría Fiscal por la Universidad Loyola Andalucía. Forma parte de 'Andaluces, Regeneraos', proyecto centrado en la redacción de artículos para la regeneración política, económica y cultural de Andalucía. Le interesa la historia y las relaciones internacionales.

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