Opinión Vientos de estraperlo Horas de sol
Burt Lancaster en una escena de El nadador, película de Sidney Pollack y Frank Perry.
Vientos de estraperlo

Horas de sol

Frente al estanco, frente al escaparate del estanco. Ahí es dónde la vida muere y deja de tener sentido, pues es triste mirar escaparates, ilusionarse con lo que se podría tener y alguna vez no se tiene, pero cuando uno está frente al escaparate de un estanco mira hacia todas direcciones mientras observa lo que tiene delante, un plantel de cosas recomendables entre todo lo que no puede ser recomendable del maravilloso mundo del tabaco. Sea como fuere, esta parte se niega a cambiar de pitillera. Grabada, o troquelada, no sabría bien definir los dibujos que tiene, si son cardos o directamente líneas curvas que tratan de embellecer lo amargo, de ponerle algún apellido a través de accesorios que tienen vida útil definida, porque todo va y viene, más si se trata del fuego, que quema, pocas veces purifica, porque no purifica lo que destruye ni es virtud el sobrevivir o resistir. Pues quien sobrevive y resiste acaba quedándose sin fuerzas.

Los cascos de los potros al trotar no se escuchan, no lo suficiente. Es esta la época en la que esta parte superficial de la Atlántida empieza a despertar, pues la arena empieza a quemar, el agua se empieza a volver azul, un azul distinto, indescriptible, como si el mar se enfadase sin esos gritos que en el lenguaje del mar vienen a ser las olas. Las lunas vienen y van y traen mareas de oleaje que rompe fuerte y alto en la orilla desplazando el escalón que todo lo sostiene, el del Mediterráneo, esa columna dura que siempre sorprende, que incluso resiste a las certezas -como diría el poeta-. Sotogrande, al fin, va despertando, pero no va despertando como estamos acostumbrados, peligra el Polo de cada año, y si eso peligra quiere decir que no bajará a visitarnos Dios personificado en las diosas que parecen ir levitando tocadas con sombreros y vestidos vaporosos.

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El muelle de Marbella Club sigue resistiendo, y resistirá, al poniente, sin luz verde, ni falta le hace y hacia él -desde el oeste- miran las dos montañas, la que tiene forma de león paciente y la que tiene forma de mujer recostada, como dormida, que no muerta. En verdad, admite quien suscribe, no se sabe si este tiempo va a ser igual que todos con retardo, pero si nos queda la esperanza de que nosotros no cambiaremos. En las calles de paredes blancas encaladas siguen escuchándose los murmullos de los pájaros confundiéndose con los susurros de los jóvenes que siguen enamorándose una vez ha pasado la primavera. Ya no es amor, porque el sol salió y se escondió, ya hablamos de complicidad, y en la noche, en esa pugna que se ve desde el mirador entre dos mundos que siglos ha que decidieron deshacerse y hundirse para que hablásemos de ellos, caen en la cuenta de no saber que viven en el mejor sitio del mundo.

Me hice la promesa de no hablar de lo evidente, de no mencionar las oportunas palabras, de no caer en el falso optimismo, ese seppukuplenamente consciente que la opinión general y la inconsciencia imperante ha dado y acordado y tenido a bien en inocularnos o pretender inocularnos con el fin de ver que todo ha sido un chiste, que la tragedia no ha sido tal si los protagonistas son simpáticos o si toda expresión de patria o democracia queda reducida a un aplauso en balcones a una hora determinada.

Es cierto que todo lo que tenemos cambió, pero para desgracia de politólogos y para suerte de antropólogos, seguiremos siendo los mismos, no cambiaremos, seguiremos siendo conscientes de lo que nos digan, inconscientes de lo que queramos y ajenos a todo, porque es lo conveniente, si bien se ha dado últimamente la deliciosa casualidad de que un gigante mediático tenga a bien en erigirse como la televisión de un gran país. Porque las Españas son un gran país ahora, no antes, antes no, jamás lo fue, lo es ahora. Ahora que el vestirse con complejos y sentarse en tribunas de culpas placenteras por ser y existir y querer ser y existir bien está de moda, ahora que hay que abrazar todo lo exótico si se trata de indignarse, ahora que hay que revisar la historia pasada porque siglos atrás no pensaban como pensamos hoy. Bien haría más de un mandarín en viajar al pasado para buscar a Eneas e interpelarle de forma infantilmente valiente con un, “eh, por lo menos podías haberte despedido de Dido diciéndole <<no te preocupes, que yo te llamo>>´´, porque de todo lo acomplejadamente -y exóticamente- cuestionablelo más divertido de cuestionar son las formas de amar que la mitología nos regaló.

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Porque escrito está que el relato hay que ganarlo, tiene que ser uniforme para después vestirlo de revolucionario, de distinto, rompedor. Y no puede ser rompedor o ir contracorriente aquello que se fabrica para mayor gloria del pensamiento colmena. Aunque el sol salga y se vaya a las horas siempre permanece, y los hombres de hoy tienden a olvidar que son prescindibles en todo lugar en el que se les requiera, no son lo mas importante. El estuario del Guadiaro es ya mar, no necesita querer ser, directamente es y va echando de menos el ruido silente de lo que sabe que tendría que venir, y no sabemos si este verano volverán a venir esos caballos que vienen en avión porque su dueño piensa que se marean en barco, si volverá el heredero de Brunei o si las jóvenes cariátides poblarán las gradas dando contenido al concepto de verano mientras observan todo con esa pose a medio camino entre la serenidad y la melancolía. Puede ser que no pase, pero será cierto que seguirán siendo como son después de todo.

Desde el mirador se observa esa incesante y eterna batalla a deshoras y a horas entre los dos mundos que terremotos y maremotos en una noche y un día hicieron antagonistas. Los jóvenes pueblan los bancos observando lo que les enseñaron a observar desde que nacieron y no se saben vencedores. Sus pieles dan cuenta de las horas de sol del día y van necesitando de esa brisa que entra débil desde el levante. No son conscientes de que nacieron en el mejor lugar del mundo, y mejor que así sea siempre, pues de saberlo las calles estarían huérfanas como Jack Lemmon asomado al muelle. África duerme, encierra el magnetismo entre sábanas de desierto y es mejor no pestañear. Ya quisieran los Pirineos que África estuviere a su lado, porque está y estará siempre de nuestro lado.

Sobre el autor

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Jaime Fernández-Mijares

Nacido en 1989 en Sevilla. Licenciado en Derecho por la Universidad de Sevilla y Máster en Tributación y Asesoría Fiscal por la Universidad Loyola Andalucía. Forma parte de 'Andaluces, Regeneraos', proyecto centrado en la redacción de artículos para la regeneración política, económica y cultural de Andalucía. Le interesa la historia y las relaciones internacionales.

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