Manifiesto del Mediterráneo Moral
Vientos de estraperlo

Manifiesto del Mediterráneo Moral

Sin más compañía que la de una nube de Earl-Grey y sin mejor reunión que la de los cojines que bambolean con el viento mientras se dejan acariciar por el humo veo estrictamente necesario, a la luz de la observación y el acuerdo en constante discusión sobre el propio contenido, venir a sentar que el curso de la vida tal y como algunos egoístas presos del posmodernismo quisieron sentar debe romperse y reformularse por pura necesidad, derecho y decencia propias.

El hombre Mediterráneo Moral no tendrá mas dios que Manuel Alcántara, ni menos demonio que el Mar. Porque ambos son el alfa y la omega, porque nada hay peor que el observar al segundo envenenado, carcomido por la nostalgia y he ahí donde el Mediterráneo Moral verá colmadas sus aspiraciones: en la observación del mar pestañeando y tiroteando a las olas que vienen a morir a él no yendo a morir a las olas, porque el hombre sabe que es del mar cuando va al encuentro de este y no al revés. El querer vivir aprisa y sin reflexión no garantiza el derecho de los hombres a hacer las cosas bien obteniendo un resultado complejo para el entendimiento de los demás y a fin de garantizar este vivir y forma de proceder se instituye el Mediterráneo Moral como faro de este siglo sin pretender -en modo alguno- ser el que todo lo sabe.

Cuando quiera que una forma de vivir se haga destructora del primer principio elemental del Mediterráneo Moral, la intención de querer saber vivir bien, este tiene el derecho legítimo a cuestionar su propia existencia y abolirla en aras de alcanzar su seguridad y felicidad propia y de quienes le rodean. El hombre no debe estar dispuesto a padecer lo más mínimo o tolerable y se hará a sí mismo justicia desterrando de su juicio cualquier posible respuesta rápida y comprensible a una cuestión compleja. El Mediterráneo Moral se ve hoy en la encrucijada entre permanecer sentado u observar el mar sentado -su mayor enemigo, porque todos quieren ser mar- mientras pensando la vida como tiene que pensarse: de forma pausada y sabiendo que nada existe contra el resto de la universalidad.

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El Mediterráneo Moral es todos los hombres que pueden caber en un cuerpo y sus 64 costados y sombras. Ese niño que corre por las calles desprendido de la mano de la madre sin temor a perderse, el joven que vive de sus primeros e inocentes tragos en los espigones de Pedregalejo, el veinteañero que roza la treintena que pasea observando como el Este quedó huérfano de sol en la tarde que va durmiéndose tímida con sus colores, el hombre que vive el otoño de su vida con pasos lentos y que al ser preguntado si le pasa algo responde con la mirada, «No quieras saber, porque yo no quise saber y acabé sabiendo que todo esto sin querer ya lo vivimos y solo quiero volver a vivir, pero esta vez haciéndolo bien: disfrutando de aquellos mismos errores´´.

El Mediterráneo Moral es esa mujer y hombre oprimidos en sus maneras y pensamientos, así como en su forma de pensar el mundo. Nunca pidió algo que le salvase o le recompensare y la respuesta a su amargura oculta ha sido el pensamiento de colmena que queda señalado como arma blandida por tiranos de la palabra que viven disfrazados de revolucionarios cuando no son más indios ciegos guiados por una misma flecha de pensamiento. Es hoy, más que nunca, cuando se hace necesario resaltar, proclamar y defender la existencia del Mediterráneo Moral como una especie que no está en peligro pero que merece ser respetada ante el agravio de la corriente imperante que no deja reflexionar ante la cuestión más compleja que el tiempo siempre nos dio: Vivir.

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No pocas han sido las señales de hartazgo que como Mediterráneos Morales hemos lanzado, viéndonos y siendo conscientes del hecho indiscutible de que hablamos, pensamos y vivimos a expensas de un público que no existe y a contracorriente siempre de cualquier forma de vida definida como «normal´´. Como efebos y féminas libres el Mediterráneo Moral proclama su derecho a la vida aislada en la propia comunidad sin que haya lugar a cuestionamiento cómico respecto de la misma, el derecho a encerrarse en conversaciones con el mar mientras el resto del mundo a su alrededor sigue girando o directamente se desmorona.

Podrá llover fuego, secarse el mar, dejar de crecer manzanas en los árboles, y el Mediterráneo Moral seguirá yendo por la vida con pleno derecho y legitimación para vivir, comer, sufrir, reír como un personaje de novela que sabe cómo todo acabará, porque el final de todo escrito está de hace tiempo por mucho que se empeñaran en hacer creer que a vivir se aprende aprendiendo frases vacías pintadas en tazas de café. El Mediterráneo Moral vive eternamente enamorado, y a la vez con el corazón roto, siendo consciente de todo lo que no ha vivido y todo  lo que ha quedado atrás, vive echando siempre de menos y refugiado en esos centímetros que hay entre su boca el cielo dibujado en las pestañas de quien en frente tiene. No es la intención del Mediterráneo Moral el hacer justicia si no conjurarse al solo efecto de que le dejen vivir como hay que vivir: lenta y pausadamente con el derecho a no responder lo que no se quiere.

No sirven de nada hoy ya tanto ad verecundiam enlatado, tanta risa impostada. El Mediterráneo Moral se erige y se quiere erigir como faro útil de este siglo disfrutando su existencia despreocupado por lo que piense quien a su frente vive o por las maneras de quien a su frente odia. El Mediterráneo Moral viene a vivir sin importar qué piensen los demás de su modo pausado, llega para quedarse en el sol que huye de su mar y refugiarse en ese jinete que besa la orilla. El Mediterráneo Moral se encomienda a la utilidad como base de todo: no necesita que sea útil para los demás lo que es útil a sus ojos, porque sólo ellos lo saben. Vivirá el Mediterráneo Moral como siempre vivió; en la absoluta confianza de que es imprescindible vivir contra ese todo que es la nada del juicio ajeno que cuestiona hasta lo que no debe cuando sabe que no debe, en la evidencia de que el amor no es ni debe ser democrático y en la certeza de que sólo este éxodo interior que se refleja en la sombra de la mirada nos salvará.

Sobre el autor

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Jaime Fernández-Mijares

Nacido en 1989 en Sevilla. Licenciado en Derecho por la Universidad de Sevilla y Máster en Tributación y Asesoría Fiscal por la Universidad Loyola Andalucía. Forma parte de 'Andaluces, Regeneraos', proyecto centrado en la redacción de artículos para la regeneración política, económica y cultural de Andalucía. Le interesa la historia y las relaciones internacionales.

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