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Vientos de estraperlo

Lo que se guardó el aire

Guardo extremo, reverencial, cauteloso y prudente respeto por las gentes que vinieron al mundo a estar de vacaciones, y si de preferir se trata o de adivinar estamos hablando, preguntaremos a un niño qué pesa más, una bola de un kilo madera o una bola de un kilo de plomo, preguntaremos también qué prefiere: salir en el BOE o salir en el ¡HOLA! Por fortuna el niño no sabe qué es mejor, de igual forma que nosotros jamás sabemos qué necesitamos, no obstante queremos creer que sí lo sabemos cuando de sobra está claro que al ser vencedores no sabemos qué necesitamos. Con la distancia que da una noche cualquiera de entre semana, un sábado cualquiera por la mañana, ese momento en que uno cree que todas las tareas están hechas, leo, «¡Por supuesto que tengo asignaturas pendientes! La primera es seguir disfrutando de la vida´´, y no puedo evitar acordarme de aquél rockero de estudiara pose que se dirigía a su interlocutor más seguro de quien tenía en frente que de él mismo, «pues tengo muchos proyectos en la cabeza, tengo que contártelos; vamos, que no tengo ninguno´´. A los ecos de sociedad he de agradecerles que traten de convencerme -con éxito- de que la gente que vive de vacaciones tiene siempre la misma asignatura pendiente: Vivir. 

Atendiendo a un criterio práctico, pragmático, cualquiera, incluidos los niños que se debaten entre la madera o el plomo, elegiría la estructuralidad del BOE, ese aura que se dibuja tras de las cabezas de quienes triunfan y todos saben que triunfan porque lo vieron en el BOE. Recuerdo mientras escribo la presente un café normal, una mesa normal en el mismo, ante una vista imponente, el Duero yendo a morirse al Océano Atlántico y un extraño que pidió permiso para sentarse mientras el sol quería deslumbrarme mientras por mis oídos entraba Roxy Music como queriendo pintar el paisaje con ojos cerrados. Me habló sobre el hermano de cierto general de tan alta graduación, ese hombre que escribía libros con seudónimos fuere a ser que las gentes de entonces creyeren que realmente estaba dado a la bohemia antes que al «deber´´. Llegó una mañana en que al general le fueron exhibidas unas fotos de su hermano en una playa de Estoril rodeado de bellas cariátides mientras el buen hombre se daba a la vida, ni buena ni mala, la vida. « Ciertamente Nicolás se está poniendo muy gordo. Vamos a tener que decirle que no coma tanto´´, me cuenta el extraño que balbuceó el general. Su muy graduadísima excelencia no pensaba en retirar a su hermano de la embajada en Portugal, sólo pensaba en librar a su hermano de ciertos placeres que devienen en tentaciones, porque ya se sabe que todo aquello que pueda matarnos puede ser tan catastrófico como placentero. 

El extraño que me abordó me comentaba que le impresionaba como el general se interesaba por el estado y la impresión de su hermano y no por lo que el hermanísimo hablare con las jóvenes. « Não há rosas sem espinhos´´, me dijo el extraño a modo de resumen. Y es que no deja quien suscribe de imaginarse a Nicolás guardando secretos a la vez que los suelta en voz baja con el sol de testigo. Un hombre susurrando a los oídos de una mujer es un preso condenándose a morir siendo feliz, y es que mañana podía amanecer sin ser embajador, pero en su fuero interno Nicolás ignoraba que amanecería con un plan de dieta para que su hermano no quedase tan petrificado por la impresión de verle pasado de kilos. Lo que Nicolás y las jóvenes compartían el aire de Estoril se lo guardó, y probablemente ignoraba tener como asignatura pendiente el seguir viviendo y conspirando. 

Los ríos impresionan, todos son distintos, ni uno es igual que el anterior, cada orilla es distinta, pero lo que más impresiona de un río es esa seguridad en el discurrir, esa dignidad que tiene como epicentro la esperanza -que no es esperanza si no ignorancia- de ser eterno, una dignidad que acaba mutando en obligada asunción de un destino que le es dado por descuido a unas aguas que creen ser mar y que van a morir al mar sabiéndose invencibles incluso después de que todo acabe. Los ríos impresionan, el Duero impresiona porque avanza fuerte, con corriente de hierro aunque a veces de en no notarse, impávido, frío, firme, con un destino que le es inefable, un río no está hecho para morir en el mar o en un océano, está hecho para lo vean discurrir, para ser testigo de lágrimas, risas, copas de vino que caen al suelo, lunas que vienen y van que la posmodernidad cae en llamar «superlunas´´. Un río está hecho para quedarse en él y para que se quede en otros. 

Con un río de testigo nos pueden pasar muchas cosas aunque acabe por ser un almiforero de momentos especiales que acaban dejando de ser nuestros por nuestra ingenuidad, nuestra incapacidad de saber guardar momentos que en el futuro necesitaremos recordar y no sabremos. Y al final, siempre al final, caemos y caeremos siempre en la cuenta de que nuestra mente acaba siendo tan exangüe como un río, fuerte en apariencia, débil en su ser sin saberse dueña de tal debilidad. Aunque el sol va resplandeciendo con eximiedad va tomando conciencia en este tiempo de su debilidad sin las diosas que deberían andar despertándose por la orilla del Marbella Club a su luz y paso. No tiene este sol luz si no tiene de quién ser testigo. El muelle fenece sólo sin compañía, pues las olas van a romperse en él, no tiene quién le pise, no tiene que prometa ni quien ame. No tiene acompañantes. El padre que riñe a su hijo por haberse caído, la joven que pasea pestañeando de forma parsimoniosa mientras sostiene su móvil como si fuera una tostada y cuenta secretos a su interlocutor que sólo ella y el viento saben, la joven pareja a la que el amor empieza a hacérsele grande porque todo empieza con mirar buscando el oeste, África como concepto, el joven nonchalant que fuma pretendiendo saber qué está tramando el mar. Nadie, nobody, ninguem, es ahora el aire quién se quedó todos los secretos para sí, igual que en cierta ocasión.

A cualquiera pueden pintarle el paisaje como idílico, ciertamente lo es, sólo que sufriríamos la misma decepción que Katharine Hepburn en Locuras de verano en el caso de que vayamos a nacer mañana y tengamos que descubrir que hubo cosas que no dijimos que tendrían que haberse dicho. Había y hay ocasión en que las noches son doradas, las luces flotan en la inmensidad del pequeño espacio, bailan, y las miradas se cruzan, nada se dice y todo queda donde no tiene que tener hogar: el olvido del momento. Y los años pasan y esas noches cobran sentido ahora más que antes, porque aquellos ojos quizás vinieron a quedarse, once, diez, los años que sean, después. Y es en ese momento, con un río al este de testigo, once años atrás, cuando todo cobra sentido, un sentido que sólo seremos capaces de entender ahora, cuando el tiempo decide que lo que se quedó en el aire tenga que ser sentido y vivido perdiéndose uno en aquellos ojos que escondían el secreto de algo especial.

Sobre el autor

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Jaime Fernández-Mijares

Nacido en 1989 en Sevilla. Licenciado en Derecho por la Universidad de Sevilla y Máster en Tributación y Asesoría Fiscal por la Universidad Loyola Andalucía. Forma parte de 'Andaluces, Regeneraos', proyecto centrado en la redacción de artículos para la regeneración política, económica y cultural de Andalucía. Le interesa la historia y las relaciones internacionales.

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