El tiempo que no fue
Vientos de estraperlo

El tiempo que no fue

Si, se corre ese riesgo, no hay que arrepentirse por vivir en un tiempo que no es. Se pasa del frío al calor en un abrir y cerrar de ventanas que dura 48 días, como ese pestañeo eterno de un sábado de feria de hace 11 años, exactamente igual, ni más ni menos. Pestañeo que deslumbra, noquea, y se queda en la memoria tatuado para dejar cuenta de que se es débil y que contra todo se puede salvo contra los recuerdos, porque todo tiene que volver si está de Dios y nuestra mano que vuelva a encontrarse. Hay vínculos con el pasado que enganchan y hay pasados vínculos inesperados que atan, no hay más, estamos sentenciados por el tiempo, por el que vivimos y por el que es, que es el tiempo que fue. Esa morada a la que huimos queriendo, a la que huimos si sabemos huir, que no todo el mundo sabe huir, ya se sabe. No sabemos cuánto tiempo invertimos en ser quienes queremos ser, tampoco sabemos bien quién somos o cómo queremos ser, no da tiempo a pararse a pensarlo, no se puede, quizás no debamos, o más bien pasó ya la época de preguntarse o saber quien se quiere ser.

Recuerda esta parte cuando levantando pocos palmos del suelo preguntó al abuelo qué pasaría si el tiempo no existiera, si las horas no pasaran, si los minutos no existieran, si los segundos no fueran hojas de naranjos verdes que nunca jamás tocan el suelo, que vuelan. La respuesta fue sencilla, y aún sigo sin comprenderla con el paso de los años, «Que esa pregunta no estarías haciéndomela´´. Las preguntas tienen siempre una razón de ser, la necesidad, la necesidad de saciar la curiosidad. La curiosidad siempre es curiosidad, a veces obligada si pretendemos alcanzar un objetivo, otras veces es innecesaria, cuando es mejor no preguntar porque la respuesta puede ser más dolorosa de lo que buena y humanamente se pueda soportar.

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Si somos es porque nos da la sombra, no porque nos alumbre el sol, jamás porque nos deslumbre el sol, siempre porque nos protegeremos de él, bien tarde o peor temprano. Viendo The last dance fui a toparme con otro de esos fantasmas de los que una vez me hablaron, Sam Bowie. Todos en la vida tenemos esa luz verde inalcanzable en la otra orilla, igual que Gatsby. Todos tendemos a presumir de ellas, a decir que con esos personajes que moran en esa luz verde nos tomaríamos una copa, u dos, quizás la botella entera, pero ahí es donde vive y muere la apariencia, el no querer saber más. Pasa con los escritores, de uno especialmente cogen su prólogo y absolutamente nada más, como si fuera unas maracas y únicamente sirviera para agitarlo convenientemente señalando que ahí está esa tercera nación cuando de sobra sabemos que no está. Ese otro nosotros, ese fantasma que observa desde la esquina fumando con garbo mientras con cada pestañeo dispara un «Tú crees que sabes, muchacho, si supieras yo no estaría aquí´´.

El draft de la NBA de 1984 fue probablemente el mejor de la historia, algo que aquél año ignoraban, no que no sabían, ignoraban, porque siempre ignora quien vive y no sabe quien se aburre. Entre ellos estaba Hakeem Olajuwon, no entre ellos, fue el número uno, no dio opción a sorpresas y por detrás le seguían Sam Bowie y otro jovencito cuya madre tenía un nombre tan melódico como Deloris Jordan, pero eso es otra historia de la que podemos destacar que en un partido contra los Celtics llegó a encestar 63 puntos que sólo sirvieron para que a aquellos Celtics de Larry Bird aquella victoria le supiera a algo pírrico y no a algo grande. Isaiah Thomas, Patrick Ewing eran otros que también estaban sentados a la mesa. Ahí estaba la brigada pesada cargando contra los cañones del tiempo. De Bowie mucho se recuerda, lo principal que sus piernas eran de una extraña aleación de cristal, porcelana y terciopelo. Siempre se nos recuerda por lo que hay de dolorosamente anecdótico tras de la brillante cortina de la apariencia de hierro que nos viste, y a Sam Bowie se le recuerda por la fragilidad de sus piernas. Sus tres graves lesiones de rodilla, su rotura de tibia por stress, aquél martillazo rutinario en la rodilla con el que el médico te pregunta si duele, Bowie estoico respondiendo que no, que no había lugar en su vida para el dolor. Intermitencia en el dolor, en el éxito, «es mejor que yo´´ decían todos, porque todos coincidían para reconocerle, y es que es en la derrota de Bowie donde se reconoce el material del que los hombres están hechos.

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Llegó un momento en que no pudo más ya, todo estaba dicho entonces, no podía, sus piernas no querían ya , hasta ahí llegó; ahí tenía la gran derrota, sin él saberlo estaba derrotado, y es ahí donde reside la grandeza, en saber cuándo hay que planchar la camiseta para guardarla en el estante del que no ha de salir más. Leyendo y buscando encontré que Bowie vive hoy plácidamente retirado en Kentucky dedicado completamente a la cría de caballos de carreras volcado en la Milla Roja de Lexington. No puedo evitar sonreír al imaginar a Sam Bowie como si fuera el John Wayne de El hombre tranquilo de John Ford, un alma enigmática centrada en los caballos de carreras, un buen hombre paciente y feliz dedicado a encontrar su Secretariat, su Cuartetera, y en medio a recordar que un día fue mejor que Michael Jordan.

Al tener un firme compromiso con el pasado, por el simple hecho de ser un tiempo que no fue porque no vivo en él, recuerda quien suscribe los martes en que visitaba a su mentor en su despacho de la facultad. «¿Recuerdas a Mark Spitz?´´, me decía creyendo en su ingenuidad que vi nadar a Spitz en Munich, «Pues era dentista, y después de ganar los siete oros tuvo sus cameos en la tele y volvió al ejercicio de su profesión. Por eso triunfó, por saber en qué momento tenía que volver a ser, porque sus siete oros ya pasaron a ser el tiempo que no era´´. El pasado es como un marinero ebrio, what shall we do with a drunken sailor?, como dice Álvaro Pombo por boca del Vizconde de la Granja, nadie sabe qué hacer con él, con las cenizas, volviendo a los compañeros de juerga de Bowie, siempre me pregunté qué dijo Abdul-Jabbar al ver que el fuego se llevó una colección de discos de vinilo de Jazz de valor incalculable. De haber sido yo, probablemente sería débil y no sabría dejar de preguntarme cuándo comenzaría a avanzar este tiempo que no parece y no quiere ser, no dejaría de beberme las lágrimas propias creyendo que son una pócima secreta que me devolverían al tiempo del que nos creemos guardianes.

Sobre el autor

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Jaime Fernández-Mijares

Nacido en 1989 en Sevilla. Licenciado en Derecho por la Universidad de Sevilla y Máster en Tributación y Asesoría Fiscal por la Universidad Loyola Andalucía. Forma parte de 'Andaluces, Regeneraos', proyecto centrado en la redacción de artículos para la regeneración política, económica y cultural de Andalucía. Le interesa la historia y las relaciones internacionales.

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