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Vientos de estraperlo

Buenos días

Es cierto que hay cosas que llegan a nuestra vida cuando menos lo estamos esperando, lo que no es verdad es que lleguen por sorpresa , pues no es lo mismo no esperar algo que recibirlo una bofetada de realidad, porque la bofetada de realidad llega cuando menos se espera, con mayor o con menor fuerza, con diminuto o con superior vigor, así cae en la cuenta esta parte de que es sábado y que después del entrenamiento matutino, el preceptivo de cinco días en semana por mor del maratón, el constante maratón, llega la tarde de sábado, la de la costumbre que es costumbre discontinua e irregular, de vestir en la muñeca la misma pulsera de plata de siempre pero esta vez acompañada -sólo los fines de semana- de un brazalete de plata creación de mi apreciado y siempre necesario, imprescindible, José María Lacort.

Sábado. Pienso que, de ocurrir cosas buenas, todas las cosas buenas deben y tienen que ocurrir en sábado, quizás Sábado, en mayúsculas, siempre dudo al escribir los días de la semana, al ponerles cuerpo, dudo si el cuerpo de los días de la semana sobre el papel debe ser en minúscula o en mayúscula. Y uno decide que el sábado es Sábado, o el lunes es Lunes, los meses siempre van con cuerpo fuerte, guardo esa costumbre desde aquél verano en Oxford, a menudo intentaron corregirme esa costumbre de escribir los meses en mayúscula y siempre dije que no, que lo hacía y lo hago queriendo, al igual que las comillas, están las latinas y las inglesas y al gusto utilizo unas u otras, aunque en la piel llevo las inglesas invertidas cerrando el círculo de una frase del Ricardo III de Shakespeare.

En línea con todo, todo lo bueno -como decía- debe ocurrir en Sábado, y tras el entrenamiento matutino, tras las labores de cocina típicas de un Sábado uno requiere de la compañía de un digestivo y siempre suele ser el mismo, o el MG clásico que lleva a los veranos de la infancia o el Seagram´s dela madurez. Y aunque uno haya pasado por todos los estadios, al final es lo de siempre y siempre será mañana y todavía, un constante volver a empezar. Pero, ¿Qué pasa cuando no hay tónica? ¿Qué ha pasado cuando no hubo tónica en el momento indicado? Cuento con la fortuna de correr maratones, de desgastar el cuerpo hasta el punto de preguntarse uno si todavía hay fuerzas para seguir hacia adelante o es mejor soltar amarras y tomar la nave del naufragio que lleva al puerto seguro, cuento -por consiguiente- con la fortuna de tener a mano pastillas de magnesio con sabor naranja, aunque siempre me sonó mejor ese `laranjas´ como decía Belmonte, y pastillas de glucosa sabor limón.

Con el atuendo todo se tiene, sin el acompañante nada está claro ni completo, ¿qué puede acompañar al atuendo? Naturalmente, una pastilla de magnesio sabor naranja es mejor acompañante que la glucosa limón. No calificaría el hecho de necesidad, si no de frivolidad, ¿Quién necesita maridar tónica un sábado? ¿quién tiene tal necesidad? ¿A qué atiende tal gusto más allá de las ganas de probar algo distinto a la rutina semanal? El caso es que esta parte ha creado -ay, esos aires de grandeza- un nuevo cóctel, o combinado, porque los combinados son la burguesía de la «bebeduría´´, ni si quiera se si existe esa palabra, en inglés vendría a traducirlo como «beverage´´, palabra melódica, no tan melódica como Discombobulate, mi palabra favorita en inglés, palabra cuya traducción me guardaré, por lo que conmino a través de la presente  a todos aquellos ingenuos que me lean -que serán pocos pero felices- no ya a que busquen su significado si no a que le encuentren sentido personal. Pues siempre se prefiere ver la confusión o el desconcierto como algo negativo, cuando es algo atractivo, el no saber elegir, el agobio por encontrarse inmerso en una confusión, una puerta aparentemente sin salida, aunque me esmeraré siempre en creer que cuando Dios hila fino para cerrar una puerta está cerrando unos cuantos nudos en esquinas opuestas para distintas y atractivas salidas.

Pero qué es lo correcto. Siempre he sido de preguntar sin poner la interrogación al principio ni al final. El querer ser correcto nos conmina quizás a ser tan inclusivos como se pueda o quizás se quiera, esa idea constante, ñoña, de no discriminar mediante la palabra o idea, el avergonzarnos de nosotros mismos es una tendencia actual un tanto confusa, desconcertante, y ello me resulta bastante atractivo, esa tendencia al flagelo de nuestra forma de vivir sólo por el hecho de vivir, esa condena a todo lo que se nos ha dado, a los modos que hacen al hombre, una falsa empatía que nos lleva a querer ser lo que no somos, una condena que tiene como base la misma nada, pues el ser humano no tiene nada de lo que arrepentirse, porque el arrepentimiento sólo puede y tiene que llegar en la hora más oscura, en la partida, no antes. Lo único correcto, seguro y necesario es un «Buenos días´´.

Cada mañana, cuando el sol ya ha despuntado y va entrando en esta bahía va llegando esta parte a su despacho y cada mañana encuentra esa misma salutación, ese mismo deseo, esa necesaria necesidad continua de los cinco días de la semana, porque ya sabemos que la semana tiene cinco días, no siete, cinco días de dureza y bofetadas obligadas y siempre necesarias e imprescindibles, un día para la reflexión y creación y uno para el descanso. Cada mañana, mientras el muelle del Marbella Club sigue durmiendo esperando a que vengan las cariátides del verano a despertarlo, entretanto las olas van llegando a morir a este espejo con forma de villa eternamente joven, la misma persona me da los buenos días. No importa la lluvia, el sol, la niebla, el frío, el día al derecho, al revés, siempre está ahí, el mismo gesto y el mismo modal que hacen que un hombre se vista por los pies.

Cada mañana esta parte recibe los buenos días de la misma persona cuyo nombre no conoce, cuya vida desconoce, cuyas circunstancias le son ajenas pero no tanto. Cada mañana soy feliz cuando ese mismo joven me da los buenos días, y es estrictamente necesario sentirse feliz por los mismos buenos detalles que no pasan de moda. Ese «buenos días´´ que me desliza cada mañana ese frutero es el gesto que necesito para sentir que aunque todo pueda caerse siempre hay que decir «buenos días´´, con todo lo que ello entraña. Que nada nos va a ser ajeno, que todo es obligado, que dolerá, pero siempre el día será medianamente bueno porque alguien estará ahí para velar por ello. Empecé hablando de cómo maridar la ginebra con algo cuando nada hay, más que pastillas de magnesio sabor naranja, y a esa creación que precisamente mal no sabe y hace recordar el buen valor de las pequeñas diarias necesarias cosas sólo podré llamarla Buenos días. Ahí, en cada mañana, está ese verano, estación y tiempo, como concepto vital.

Sobre el autor

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Jaime Fernández-Mijares

Nacido en 1989 en Sevilla. Licenciado en Derecho por la Universidad de Sevilla y Máster en Tributación y Asesoría Fiscal por la Universidad Loyola Andalucía. Forma parte de 'Andaluces, Regeneraos', proyecto centrado en la redacción de artículos para la regeneración política, económica y cultural de Andalucía. Le interesa la historia y las relaciones internacionales.

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