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Juan Luis Galiardo en una escena de Gran Hotel, serie dirigida por Ramón Campos.
Vientos de estraperlo

Huellas de despedida

Recordar es condenarse a ser feliz, ser feliz es no saber que sólo se es feliz si se recuerda y sólo se puede ser feliz a posteriori, mientras se recuerda, rara vez en el momento, nunca en el momento.

De los años de universidad recuerda todo esta parte, el principal recuerdo es haber ido cayendo en la cuenta con el tiempo que tal cómo estaba configurada la licenciatura no me gustó lo que estudiaba. El dogmatismo exagerado y la querencia de parte del profesorado por querer teorizar en exceso algo eminentemente práctico como es el Derecho acabaron por hacer que odiase las aulas.

Hoy recuerdo entre risas esa ocurrencia vehemente de la curia del profesorado por creer a pies juntillas que la «ciencia jurídica´´ existe como tal, y sobre esto pueden llamarme ignorante quien esto lea, lo admitiré, pero no puede ser ciencia lo que sencillamente es humanismo por mucho que la metodología seguida para enseñar haya bebido únicamente del método científico de investigación. Si vuelvo la vista atrás, si volvemos la vista atrás, mientras voy casando a amigos compañeros de carrera, mientras voy viendo cómo van trayendo al mundo a pajarillos que el día de mañana buscarán su mano mientras el azahar les acaricia, sólo puede estar quien suscribe agradecido por todas las personas a las que conoció.

Si se vuelve la vista al tiempo pasado, que no necesariamente tuvo que ser mejor, no puedo estar agradecido por haber descubierto un método de enseñanza que da de lado el hecho indiscutible de que el Derecho es una disciplina eminentemente practica y nada dogmática, en todo caso, sorprendido, por no decir apesadumbrado, pero jamás decepcionado. La filosofía siempre era filosofía, pero el Derecho no podía ser filosofía y estudio de un pensamiento y esa mentalidad exclusivamente teórica, esa creencia en que el derecho sólo puede pensarse o no es Derecho, y no ejercerse, hacía y hace que los alumnos fueran grandes expertos en memorizar y no entender. Encontré en mis años de universidad a más profesores empeñados en crear investigadores de vela prendida y pluma en ristre, encontré en mis años de joven nonchalant a pocos profesores conscientes de que lo que tenían que hacer era alumbrar y no tallar en las piedras del alma de quienes enseñaban.

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Y así, muchos profesores, admirable su oficio por otra parte -el que más-, se empeñaron y se empeñan sin saberlo en que la gente pase por la universidad desdeñando algo fundamental: que la Universidad tiene que pasar por la gente. ¿Y después? ¿Qué venía después? La vida, claro está; pues nadie sabía vivir. Pocos recuerdan, o no recuerdan ya, que la razón práctica es fundamental respecto a las otras capacidades, porque permite determinar cuál es el grado óptimo o virtuoso de realización de una capacidad. Que la razón práctica es fundamental para el ejercicio es algo que sólo nos enseñaban en Filosofía del Derecho, y lo hacían como un aviso. Que todo era real, que todo iba a ser de verdad, que no sabíamos a lo que nos enfrentábamos y que los golpes vendrían fuertes y sin poder esquivarlos.

Pero el resto de disciplinas tenían a caballeros de toga blanca inmaculada centrados en la «ciencia jurídica», porque nada había más importante que el estudio. Se nos extendió, a mi modo de ver, una concepción errónea basada en el imperativo de que el ejercicio era una aspiración banal por burguesa frente a lo correcto, que era el estudio -sin comprensión- de la norma que llevaba hacia un punto de difícil retorno en el que vale lo mismo observar nubes que dedicar tres horas a teorizar sobre una diferenciación tan básica y sencilla como es el tipo y la tipicidad. En aquellos años la conocí. Era difícil, complicado, enamorarse de algo perfecto, es difícil enamorarse de una mujer bella, porque una cosa es una mujer perfecta y dos cosas son una mujer perfecta y una mujer bella, ella tenía las dos cosas. La recuerdo como una mujer de acción, fuerte como una columna, tanto en el carácter como en lo físico, y no lo sabe, nunca se lo conté después de acabar, pero aprobé una parte de la disciplina a la que me dedico gracias a ella. Es sencilla, no necesita artificios, y cuando nos dimos cuenta nos hicimos amigos sin preguntarnos quiénes éramos.

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De su padre decían que era el Mastroianni español, pero realmente aquello era al revés, Mastroianni era el Galiardo italiano. Pisaba fuerte por donde pasaba y con su presencia se llenaba todo y todo estaba ya, ella es y era en aquellos años el punto y final, como su padre. Cómo decía, es difícil enamorarse de una mujer perfecta, porque es imposible, y María era y es tan perfecta y sencilla que es difícil no ser su amigo. De ser, muchos querríamos ser muchas cosas. No se por dónde va la lista de todos los otros yo que he sido o he querido ser, pero de todas las cosas, la que más, me gustaría mirar como él. En estos días extraños, en los que da igual que salga el sol y es indiferente que sea de noche, he rescatado una delicia de serie como es Gran Hotel.

Cuán grande mi sorpresa al verlo aparecer y recordar que fue de sus últimas apariciones que tuvo en la ficción. Llegaba a lomos de una moto, quemando el suelo y llenando el vacío de la perfección de la naturaleza cuando pocos se atrevían en la época en la que vive su personaje, Ernesto Valera, a domar una moto y que le quedase como si de una extensión mas de su cuerpo se tratase. Si la serie es una delicia es gracias en buena parte a él, a su forma de interpretar, su forma de hacer que el personaje se vista de él y no al revés. No hay otros iguales, tampoco que le superen, y en eso padre hija son iguales: jamás conoceré a nadie como ella, es muy difícil, y con gran orgullo puedo decir que a pesar de los años de por medio nos sabemos amigos el uno del otro.

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El rostro perfecto, el gesto de los ojos como de haber visto más allá de nuestro presente y saber bien qué queda detrás, sabiendo que se es feliz cuanto mas se recuerda. EL duelo entre ese monstruo y Concha Velasco en los capítulos de la serie en que aparece es magnífico y cómico a la vez, una Concha Velasco que se resiste al caballero sin espada ni armadura que desarmado anda porque dejó el corazón colgado en el embrague de su moto. Tuve la oportunidad de verle sobre las tablas en El Avaro, de Molière, antes de que partiera y desde entonces no ha vuelto quien suscribe al teatro de tanta impresión. Estos fines de semana atrás volví a encontrarme con él, no sabe que acostumbro a perderme en las calles del pueblo donde nació, no está ya. Dejó las huellas de su moto en el camino el padre de María, y ojalá todos supiéramos mirar con ese gesto con que siempre miraba, ojalá saber llenarlo todo con la presencia como hacía Juan Luis Galiardo.

Sobre el autor

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Jaime Fernández-Mijares

Nacido en 1989 en Sevilla. Licenciado en Derecho por la Universidad de Sevilla y Máster en Tributación y Asesoría Fiscal por la Universidad Loyola Andalucía. Forma parte de 'Andaluces, Regeneraos', proyecto centrado en la redacción de artículos para la regeneración política, económica y cultural de Andalucía. Le interesa la historia y las relaciones internacionales.

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