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Marcello Mastroianni y Jeanne Moreau en una escena de La noche, película dirigida por Michelangelo Antonioni.
Vientos de estraperlo

Así todo

Existe la creencia, nada culpable por otra parte -toda creencia es un placer culpable, dicha sea de paso la contrariedad, en que todo nos tiene que ser concedido. Existe el convencimiento indiscutible de que toda generación debe ver colmados sus deseos y sus aspiraciones sólo por el hecho de haber nacido sin tragedias y preocupaciones más allá de las banales que van llegando con la edad y que siempre tienen solución.

Creer que nos falta una guerra a la espalda para ser maduros es una frivolidad a la altura de la creencia de que todo tiene que ser concedido a cada generación sólo por el hecho de existir, pues una generación es tributaria siempre de su tiempo anterior y deudora de sus propios padres.

Digo lo antedicho porque leía el otro día a un articulista de Condé Nast pontificar sobre lo que se nos había negado a esta generación, generación por cierto con la que esta parte no se siente identificado, no se siente perteneciente, siendo honesto admitirá quien suscribe que se siente como un pulpo en un garaje cada vez que se le encasilla en esa generación Millenial. El joven articulista decía que los millenials son una generación «traumatizada» con el 11-S, vapuleada por la crisis económica del 2008 y que ahora tenía que afrontar «esta guerra mundial C» cuando ya empezaba a vislumbrar la posibilidad de crear familias. Toda ese resumen del siglo XXI, ese siglo en el que la bolsa baja mucho y todo el mundo tiene miedo, lo concluía con un estoico a la par que paternalista «hay que joderse».

El problema de las crisis de este tipo como la que estamos pasando -odio someramente tener que hablar sobre la rabiosa actualidad, si bien mas remedio no queda- es que siempre se pone de manifiesto que existen personas para las cuales siempre baja la marea y se descubre que estaban desnudas. Una de las cosas que queda de manifiesto es que siempre hay gente que sigue creyendo en esa cantinela del ser o el existir de «la generación mas preparada de la historia», pues esa teoría viene sustentada por la identificación errónea de preparación con inversión por parte del estado. Si, los nacidos en los 80 y 90 son la generación en la que más dinero ha invertido el Estado -los Estados- para que se forme, no obstante, aterra el porcentaje de personas que pasa por la universidad sin dejar que esta pase por ellas, ese porcentaje de personas que sólo se centraron y se centran en memorizar y no concluir o aportar, porque creen que todo ya estaba dicho y todo lo dejan apuntalado con una conveniente falacia ad verecundiam.

-¿Tú que piensas sobre [inserte aquí su tema de actualidad que genera opiniones encontradas y polémicas]?

-Pues como dijo [inserte nombre de pensador cuya sentencia sustenta nuestro enunciado enlazado con la actualidad noblemente descontextualizado]

Y así todo. Siempre tendemos a concluir que todo se nos ha de dar, nos ha de ser dado por existir, únicamente por el hecho de existir. El siglo XXI es bueno y cómico porque existe una generación que habla con desprecio del funcionamiento del ascensor social, pues no admiran al abuelo que cogía su vespa cada fin de semana camino de la villa costera -acordeón en ristre- para ganarse unos cuantos cuartos, él y su compadre, que gastarían en chatos y gasolina de vuelta, admiran lo que son gracias al deslomamiento -ni si quiera se si existe tal expresión aunque me es indiferente si se trata de sacar un sinónimo de sacrificio- de ese ascendiente y odian lo que fue ese abuelo porque quieren ser más para no querer ser menos -pues no sabrían ser menos- ignorando en consecuencia un pequeño detalle: que el abuelo fue más feliz que ellos porque sabía que lo que podía perder ya lo había perdido y nada le quedaba por perder. La mayor virtud de un joven nacido en los 80 y 90 es esa indiferencia frente a todo lo que puede perder, que es todo, porque no sabría ser otra cosa, pues no hubo sufrimiento, no hubo tragedia, aunque exista la tragedia de no tener tragedia.

El hombre, en ocasiones, ha olvidado que tiene la necesidad innata de alguien a su lado que le cuente algo que no sabe, que le haga saber que la vida no es tan difícil de llevar a pesar de lo sobrevenido, que la distancia por larga o grande que parezca no es inalcanzable por desconocido lo que hay al otro lado si no factible porque se sabe cuán lejos anda el objeto deseado, esa luz verde que parpadea en la noche y que siempre está en esa galería de objetos especiales de quien desde el balcón la observa con deseo, queriendo agarrarse a algo más grande que las propias aspiraciones. Si lejos se está es bueno echar siempre la vista atrás no ya por recordar las sensaciones si no por saber que una vez se fue invencible.

De todo lo interesante que se pueda traer como recuerdo le queda a esta parte un viernes bajando por Serrano sin destino conocido aunque con destino temporal y un paseo cierto por el Madrid al que le falta una «d» y que sabe mejor no por sus edificios si no por sus lugares, unos pasos perdidos por el Retiro echando la vista atrás por si aparecía quien se esperaba que apareciese y no lo hacía, el sol poniéndose dibujando rosas en el cielo que son un balón de oxígeno para el querer y saber estar. No hay que olvidad lo que antes del encierro nos hacía felices, pues siempre el ser humano es feliz con retardo, sólo es feliz quien recuerda, no quien siente.

¿Por qué es útil el tiempo si no se gasta, si no se vive? Lo importante no es lo que se nos deba si no lo haga que se nos recuerde, porque siempre lo que acaba siendo relevante es quién vino antes que nosotros a intentar cambiar el eje de rotación de la tierra. ¿Qué haremos nosotros por este siglo? Si algo bueno podemos hacer es seguir haciendo lo posible por mantener el derecho a la nostalgia, ese derecho a haber querido ser y se consciente de que no se puede hacer mejor que los que ya lo hicieron antes que nosotros. Estamos delante de la frontera, la real, la que separa la fantasía de la capacidad de dar el golpe en la mesa, y nunca hay que dejar ir, ni a ellas ni a las oportunidades, pues no es cuestión de no haber sabido ser o dar el paso al frente si no de querer, y siempre es el momento y lugar oportunos para querer ser.

Sobre el autor

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Jaime Fernández-Mijares

Nacido en 1989 en Sevilla. Licenciado en Derecho por la Universidad de Sevilla y Máster en Tributación y Asesoría Fiscal por la Universidad Loyola Andalucía. Forma parte de 'Andaluces, Regeneraos', proyecto centrado en la redacción de artículos para la regeneración política, económica y cultural de Andalucía. Le interesa la historia y las relaciones internacionales.

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