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Puerto de Algeciras / Jaime Fernández-Mijares
Vientos de estraperlo

La luz prendida

Una luz, varias, todas, una a una dibujando una línea que no es mas que la continuidad de lo destacable; un destello, varios destellos en la noche que no molestan con su reflejo sólo por ser la mejor muestra de cordura de todo lo artificial, la armonía entre la naturaleza perfecta -cambiada mucho ha- y la artificialidad imperfecta.

Probablemente, la probabilidad es igual a 0, las luces con su destello y su baile fijo con el viento sea lo último que vaya a ver en, sólo Dios lo sabe, bastante tiempo. Prefiere quien suscribe recrearse en el instante, en la soledad, el aislamiento, isolation -dicho en inglés-, nadie molesta, nadie incordia con la presencia, sólo la noche y uno y todo lo que tenga que venir y pasar vendrá y no cambiará el vivir.

De lo poco que sabemos, y lo poco que sabemos es todo aquello que no se puede decir, es que lo que tenemos encima que nos acecha viene de lejos y por la sana aunque mas que cuestionable costumbre de comer sopas regadas con efluvios de murciélagos. Por supuesto no es intención de quien suscribe cuestionar o censurar ciertas actitudes, fuere a ser que luego a los liberales se nos eche en cara que si tanta libertad pregonamos no cuestionemos lo que los demás hagan. Lo que si queda claro es que llama la atención es que la Organización Internacional, sujeto de derecho internacional público, encargada de velar por la salud de la practica totalidad del planeta, eche sus enojos sobre el resto del mundo y no sobre el sujeto que lo provocó todo, que algo de responsabilidad tendrá aún habiendo contenido el virus después de tiempo, o eso dicen, que es bueno saber también que el mito de su sólido mercado de valores radica en que el gobierno sólo permite que su mercado bursátil sólo baje diez puntos. Y ya se sabe, cuando un gobierno dice «permite´´ quiere decir «da a conocer´´, la realidad siempre es más atractiva.

La mejor adquisición hecha últimamente, previo al estado de alarma que nos cobija, fue un ambientador llamado Conversations at 10 PM. Un nombre o título a modo de aviso, de prólogo y o epílogo, como queriendo decir que todo empieza y acaba a una hora determinada en la noche, en el oscuro aislamiento que es la noche, noche en la que los destellos salen de un pestañeo, de un roce, de un gesto inconsciente, de un reflejo certero que mata lenta aunque efectivamente. Luz prendida, perpetua, que al final acaba desprendiéndose dando paso a la natural oscuridad. En todo esto del estado de alarma que vivimos, o soportamos, hay algo de infeliz consecuencia. Existe una rara especie de ser que gusta de estar en casa llegado el fin de semana, de machacar las piernas por mor del maratón en la mañana de sábados y domingos y llenar la tarde con largos paseos acompañado de un libro. Pues esa especie ha encontrado su fin, bien harían en interiorizar para siempre aquello de tener precaución con lo que se desea.

Isolation is Good, que solían repetir los malditos de la primera mitad del siglo XX,  pues aquí tenemos lo que creíamos desear. Es recomendable que durante estos quince días de aislamiento no tratemos de crear inspirados en lo que ya existe, Proust solo hubo uno y las virtudes del aislamiento ya quedaron descubiertas, y descubrir -valga la redundancia- sólo puede hacerse una vez, no más. Mi editor no lo sabrá, aunque se lo digo yo mediante la presente, no envié para su publicación este artículo a la hora a la que acostumbro normalmente pues necesitaba ver cómo eran las calles mientras estábamos aislados, necesitaba el apercibimiento de que había que colaborar y estar encerrados por el bien de todos. En la mañana de hoy no tuve más remedio que salir a la calle, todo por simple necesidad accesoria, es decir, podía prescindir del tabaco, probablemente mi cuerpo me lo agradecería, no obstante una parte de mi anda centrada en demostrarse a sí misma que se pueden correr maratones y fumar puros a la vez, que no riñe el estar en forma con darse a los pilares de la revolución propia: Café, Copa y Puro. Una buena amiga quiso asegurarse anoche de si estaba bien abastecido. Lo cierto es que nunca estamos lo suficientemente bien abastecidos, nunca tenemos suficiente. Nunca es demasiado, aunque es difícil volverle la car a lo evidente, a lo que dicho dejó el poeta, que nuestra naturaleza fría se va volviendo mientras más vive y lo que para el resto de la gente no es normal para nosotros es insignificante, y nunca llueve lo suficiente, nunca se ama lo suficiente, nunca lo complejo es suficientemente duro, y hay que golpear hasta nunca desfallecer.

No hay que forzar en esta cuarentena el trato cercano, no es necesario, que el hombre es un animal social nos lo han dejado claro, no lo tenemos claro, no lo sabemos, nos lo han dicho, se nos ha dado a saber y nos lo hemos creído, y como buenos socráticos hemos adoptado como propia una verdad unánime, que no universal, si bien queremos hacerla universal a fuerza de grabárnosla a fuego. Con toda seguridad, probablemente -porque nunca alguien está seguro del todo de algo- sea el tiempo también de buscar respuestas allá donde creemos que no las hay: el silencio. Ganaría el hombre en estos días de encierro no tratando ser Proust, somos una generación, la nuestra, que no ha tenido tragedias, lo cual es de agradecer, nos faltan guerras, nos sobra sangre y necesitamos golpes que deberían ser recibidos cada mañana en cada uno de los treinta y un costados del cuerpo. Si bien, ya sabemos, que este siglo merece la pena porque podemos reírnos de todos aquellos que hicieron de su vida algo que es una tragedia inventada porque su vivir burgués a ello les obliga, a vivir una tragedia que no es porque no existe, o a vivir en una movida madrileña de nuevo cuño que no es porque tampoco existe.

¿Cómo pasar el aislamiento sin volverse loco? Hay que leer, beber vino, hacer tablas de abdominales y burpees diarias, comer como se hace normalmente, no como hienas en una boda, recitar al menos una vez cada dos días el Tomorrow, and tomorrow and tomorrow de Macbeth. Recordemos que no tenemos tragedia, que nadie nos pidió que fuéramos a la guerra, al contrario que como hicieron con nuestros abuelos mientras sus padres esperaban con las luces encendidas, los héroes están fuera de nuestras casas, no esperan reconocimiento, probablemente no lo necesiten, lo único que necesitan es que no hagamos. Y el no hacer implica seguir siendo lo que hemos sido hasta hora, no es necesario vestir nuestra vida aislados de lo que no es, no debe ser nuestra vida una bella mentira, si no una hermosa evidencia. Es tiempo de respuestas, y las respuestas siempre esperan una pregunta que les tienda la mano, como las luces del puerto que estaban esperando a que en esta noche las observase un cazador que no gusta de gastar mas de una bala que despidan sus ojos cautivos de la noche.

Sobre el autor

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Jaime Fernández-Mijares

Nacido en 1989 en Sevilla. Licenciado en Derecho por la Universidad de Sevilla y Máster en Tributación y Asesoría Fiscal por la Universidad Loyola Andalucía. Forma parte de 'Andaluces, Regeneraos', proyecto centrado en la redacción de artículos para la regeneración política, económica y cultural de Andalucía. Le interesa la historia y las relaciones internacionales.

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