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GISTAU, CUARTANGO, GARCI Y ANTONIO HEREDIA
Vientos de estraperlo

Ser amado, ser temido

Siempre se tiende a pensar que todo en la vida, la propia, la ajena y la que tenga que venir, ya estaba dicho, pensado, escrito, vivido y de tal forma ejecutado que nadie podrá a venir a mejorarlo. En -mal- resumidas cuentas, que de todo bueno malo hace 20 años siempre. Pocas veces se tiende a parar, a contemporizar, a analizar qué tiempo ha pasado, y pasó sin remedio. De aquél sábado de invierno, de ese invierno de aquí en que el jersey basta y tras un largo paseo sobra, recuerdo un verso de Gerbasi que hace que cualquier firme en cualquier checkpoint para sellar su pasaporte con nacionalidad y vecindad civil en la oscuridad, «El hombre es de la noche que lo sigue´´.

A pesar de todos sus miedos, bien conscientes o inconscientes, David Gistau era feliz cuando se fue, y el mayor de todos ellos -repetido una y otra vez durante esta semana- era el dejar demasiado pronto a sus hijos como su padre lo dejó a él siendo demasiado joven como para enfrentar a golpes la vida. Cuando estudiaba la carrera, esa carrera que cuando acabé comprendí que no me gustó el camino por la tendencia peligrosa y autodestructiva que inyectaban los profesores queriendo hacernos propensos a la investigación y la observación de nubes de «ciencia jurídica, empecé a leer ensayos, unos útiles, los clásicos y otros inútiles, los actuales, que no contemporáneos. En aquellos entonces años jóvenes descubrí a Gistau, quizás demasiado tarde, quizás no tan pronto, probablemente al tiempo que Dios y la Razón quisieron que lo conociera.

Por entonces, año 2011 que estaba siendo sucedido ya por el 2012, cuando a esta parte se le estaba poniendo ya cara de que a muchas cosas hay que decirles «adiós´´, decidí sin saberlo o querer comprenderlo dejar de lado el ensayo y leer sólo y exclusivamente novela y columna. Era y es ahí cuando los hombres empezamos a enamorarnos, a enamorarnos de verdad, a querer, a aguantar la herida en la mañana cuando el confeti no vuela, la fiesta hace horas que acabó y quien quieres que esté ya no está y más no estará. Es en los albores de los 20 cuando un hombre empieza a hacerse y yo empecé a hacerme con Gistau y sus columnas. El formato en el que escribe un columnista le hace ser esclavo gustoso del límite de caracteres, es el columnista ese esclavo noble y sabio que ha de enseñar al amo para que no acabe arruinado. Gistau, que en el cielo mora, golpeaba como una avispa y no bailaba como una mariposa, movía con sus alas la tierra provocando un terremoto con cada una de sus piezas y de todas ellas, quizás mi favorita -de entre muchas otras- sea aquella en la que hablaba de un partido de fútbol que enfrentaba a jóvenes y en medio del fragor de la batalla el niño portero soltó lacónico “¿Habéis visto qué bonito atardecer?”.

Las siguientes líneas contaban cómo el resto de padres presentes en la grada empezaron a fijarse en el atardecer. Probablemente, David, no terminó de contarlo, aquél joven acabaría con su portería agujereada una o dos veces, las que fueren, igual da, indiferente es, pero a cambio enseñó a quienes allí estaban que incluso en la peor y más tensa de las horas hay que agarrarse a la belleza. Si, tal y como dice Foreman, ser actor se resumen a que te vean interesante, escribir debe resumirse a que el resto del mundo no sepa ni pueda vivir sin ti aún sin saber quién eres. Tiene esta parte dos lemas en la vida, uno: siempre hacer para no arrepentirme de no haber hecho. Dos: a la vida hemos venido a veranear. Este segundo fue acuñado por el propio Gistau y no pocas veces lo repetía en radio y era un hombre tan tremendamente modesto que no dudaba en continuarlo diciendo «(…) como dice un buen amigo´´. La frase es de David Gistau, aunque él se empeñase en no reconocerlo, y es que siempre ocurre que quien perpetra algo que no puede ser mejorado siente miedo y necesidad de endosar su creación a otros por miedo a ser tachado de frívolo.

En sus columnas y sus libros David Gistau destacaba por ser elegante sin rozar la frivolidad, sabio, inteligente y habilidoso sin ser pedante. Recuerdo la tarde luminosa de invierno en que compré su libro de relatos, Gente que se fue, un libro que comienza con una novela corta en la que muchos nos hemos visto identificados en su protagonista, un joven que sin saberlo tiene Madrid a sus pies y que va a bares en los que los que los que parecen felices no están bien vistos. En uno de los relatos, dos guardias civiles departen con un noble venido a más, frívolo y haragán, que no sabe conducir y al que su acompañante conductora deja tirado por sus malas formas. «Lo mejor sería que entrara en el hostal y pidiera una cama. Por la mañana habrá menos oscuridad. En su alma no se, pero en Segovia seguro´´, concluye uno de los guardias dejando claro el plan de fuga al golfo entrañable y necesario.

Lo mejor de todo quizás sea saber que la gente feliz que mora en los libros esconde inseguridades, son gente mal vista en los bares, como si hubieran entrado en bermudas, y esa lección nos la impartió Gistau a quienes nos deja huérfanos y con ganas de más. Se fue en domingo, con nocturnidad, como cerrando un buen siglo pero cerrando mal un ciclo, de la peor forma posible, porque jamás se debe olvidar a quienes merecen ser imposibles de olvidar, y David lo era, lo demostraba con cada letra que despedía directa al rostro de la vida y de la actualidad. Después de todo, los buenos momentos pasan por siempre a ser una quimera que mora en una cueva que coge el color de los relojes antiguos, color tropical que lo llaman los coleccionistas, una cueva en la que de casi todo siempre hace veinte años, como dijo el poeta, y con Gistau yéndose nos queda cada vez más claro aquello que glosaba Kadaré, sólo nos falta la miseria para ser invencibles. Pero, ¿qué mayor desgracia que despedir tan temprano a un padre, al marido, al amante que huye sin querer ser huido en la mañana en la que ellas despiertan como jamás volverán a despertarse?

Zafón nos descubrió el secreto de que lo bueno de los corazones rotos es que sólo pueden romperse de verdad una vez, y lo siguiente sólo serán rasguños. David Gistau se va cuando era amado y era temido; amado porque nadie escribía como él, a golpes con su yo del pasado y a caricias con el boxeador del presente que amaba y criaba a sus hijos. Temido porque nadie de su generación le igualará, nadie de su generación lo superará, nadie de los que están por venir irán a quedar por encima de él. El boxeo, tan amado y bien glosado por Gistau, es el arte de quitarse el hambre a golpes, como decía Alcántara, y tiene ese riesgo hipnótico que atrae por sabernos incapaces de asumirlo. En la tarde luminosa, desde dónde empieza todo, el muelle del Marbella Club, es consciente quien suscribe de que Gistau se bajó del cuadrilatero siendo el mejor de su generación libra por libra y ahora nos dejó en la vida listos para golpear y seguir veraneando.

Sobre el autor

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Jaime Fernández-Mijares

Nacido en 1989 en Sevilla. Licenciado en Derecho por la Universidad de Sevilla y Máster en Tributación y Asesoría Fiscal por la Universidad Loyola Andalucía. Forma parte de 'Andaluces, Regeneraos', proyecto centrado en la redacción de artículos para la regeneración política, económica y cultural de Andalucía. Le interesa la historia y las relaciones internacionales.

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