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LOLA HERRERA / JAMES RAJOTTE
Vientos de estraperlo

20 horas sin Lola

¿Cuánto dura? Esa es la cuestión. No adquirimos bienes muebles sin pensar primero en su duración, no hoy, no en este mundo que nos cayó encima. A la hora de comprar un teléfono móvil nos preguntamos en primer lugar cuánto dura, y no preguntamos cuánto dura lo bueno que no se mide en porcentaje de batería… un pestañeo, una media sonrisa de esa mujer que está ahí pero que está por llegar y nunca termina de llegar. Lo importante es la batería.

Lo cierto es que si preguntan a esta parte si tiene esperanza en los Millenials siempre responde que no, ¿la razón? Por la batería. Si no tienen batería hacen nada o lo hacen sin ganas, acaso la misma cosa. Si bien ahora el fandom por la politología y el periodismo de datos, es decir, el humo rellenando folios, dio en crear una nueva generación siempre amparando esa génesis de la nada en la falacia ad verecundiam de que todo ha sido creación de la sociología.

La muerte es un producto de la sociología, la vida es una consecuencia de la sociología, las desgracias son y tienen sentido si las explica la sociología. Stephen Hawking estaba equivocado y Dios no siguió las leyes de la ciencia sin saberlo para crear el universo, estaba siguiendo las leyes de la sociología. Leía con su dosis de estupor hace pocos días una pieza trufada de «datos´´ dando barniz de elocuencia y madurez a una nueva generación, la generación Z. El artículo en cuestión empieza con confeti, «Mucha gente está convencida de que los jóvenes de ahora son perezosos, irresponsables o unos gamberros. Otros creen que serán la generación destrozada por los teléfonos móviles, o piensan que están en peligro por motivos de todo tipo´´. Y es que nada como una generalización para procurar tapar la evidencia. No es que pensemos que los quinceañeros de ahora sean perezosos, irresponsables o gamberros, sólo hace falta darse un paseo por youtube para ver en qué emplean su tiempo algunos, no sacará esta parte conclusiones, si bien tiene las propias.

No negará esta parte que la poca o nula fe en los millenials o Zenialls, o Xenialls le viene por mor de la actitud. Reconoce uno ser una persona no demasiado volcada hacia el pasado, si no volcada con el pasado, directamente. Cualquier tiempo pasado fue mejor, simplemente porque nadie va a ser capaz de hacerlo mejor. Absolutamente nadie. El único que glosó bien una generación con su sangre, vicios y errores fue Bret Easton Ellis, únicamente celebrado por American Psycho, no lo suficientemente valorado por Los confidentes, Suites Imperiales y/o Menos que cero, obra esta última que tuvo un cameo en Los Simpsons.

Aún recuerdo el horror por ver a dos jóvenes en su facultad de periodismo confundiendo a Manuel Chaves Nogales con otro Manuel y otro Chaves. Aún así esos jóvenes no me hacían perder la esperanza del todo, no tanto, o no tan fuerte, puede decirse que la esperanza se me fuga también con los jóvenes que blanden y arrojan el prólogo de A sangre y fuego siendo lo único que han leído de Chaves Nogales. Sólo ese prólogo. Un Chaves Nogales que estuvo enterrado a conveniencia de los de siempre y por gusto de los de siempre por ser ecuánime, no de esa tercera España que ahora nos hemos dado en inventar y que a veces en sueños me da por crear y preguntar dónde queda:

Exterior atardeciendo y la joven se agarra con fuerza al brazo del caballero mientras bajan caminando por Serrano a la vez que ella habla con entusiasmo preguntándose el acompañante porqué- sobre Alberto Santos Dumont. En ese paseo les asalta un transeúnte.

-Oiga, joven, ¿sabe dónde queda la tercera España?

-Si, señor, perdida entre Jorge Juan y Claudio Coello.

Cuando se está huérfano de ideas, apático de pensamiento surge la necesidad de crear una tercera nación inexistente en la que sólo vive uno, porque la primera nación causa disgusto y la segunda complejo. Es exactamente lo mismo que ocurre con la tecnología, nada nos disgusta. Aquí estamos, aunque no todo es tan malo, «Cuando de casi todo hace ya veinte años´´ que escribía el poeta, y las baterías duran en torno a las veinte horas y cargamos con los artefactos para hacer la más mínima foto de hálito de realidad, yo el primero. No se me ocurriría entrar, invadir, un teatro cometiendo la osadía de llevar el móvil encendido. He visto a Galiardo interpretando como nadie El avaro de Molière, a José María Pou dejándome temblar encarnándose de Rey Lear. Nunca reuní los arrestos suficientes -bien por miedo, bien por falta de tiempo- para ver a Lola Herrera en su monólogo de Cinco horas con Mario. Ella con su vida a cuestas junto a Daniel Dicenta, la Elizabeth Taylor y Richard Burton patrios. Sería ver algo con el mismo sentimiento con el que el Gloucester ciego de Shakespeare ve el mundo.

Lola Herrera tuvo que abandonar en 1989 las representaciones de Cinco horas con Mario por prescripción médica, Carmen Sotillo se estaba comiendo a Lola Herrera, y tras distintas idas y venidas acabó de nuevo abrazando al personaje. Lástima que en ocasiones, en este siglo, sólo en este siglo, salte un teléfono móvil sonando en medio de una escena. Todo mejora cuando el culpable pide perdón. Aunque no es tan malo cuando en otra ocasión un individuo respondió a la llamada y al colgar se excusó con un «pero que no es para tanto, que estamos viendo una comedia´´. Que le suene a alguien el móvil en medio de una función de teatro tiene tanta disculpa como que le suene durante el oficio del su sagrado matrimonio: no tiene disculpa. Ni si quiera su incapacidad para enterarse del sonido del mismo, y si nadie anejo le avisa es que quienes le rodean son incapaces.

Lola herrera tuvo la gallardía de abandonar el escenario momentáneamente para luego volver a retomar la interpretación en el mismo punto, algo que es difícil, pero lo hizo. Gestas así sólo están al alcance de gente que vino a la vida a algo mas que a vestirse. Porque habrá victorias pírricas pero hay derrotas grandes, como decía Lister con su voz grave tomada por el humo, y doña Lola Herrera se supo derrotada por el siglo XXI por un momento para acabar por encima de él con gran habilidad. La tercera España -la que existe hoy- es la que no se entera, no ya del móvil, la que directamente no se entera por no tener interés ni querer saber estar. No querer saber estar viendo Cinco horas con Mario mientras tiene sus 20 horas de batería para decir lo malo que es viajar en avión, lo buena que es la soja y que hay que el buen obrero de hoy no puede ser bueno si es pobre. La tercera España es la que tiene veinte horas sin Lola.

Sobre el autor

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Jaime Fernández-Mijares

Nacido en 1989 en Sevilla. Licenciado en Derecho por la Universidad de Sevilla y Máster en Tributación y Asesoría Fiscal por la Universidad Loyola Andalucía. Forma parte de 'Andaluces, Regeneraos', proyecto centrado en la redacción de artículos para la regeneración política, económica y cultural de Andalucía. Le interesa la historia y las relaciones internacionales.

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