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AMENAZA DE NAUFRAGIO. JOSÉ NAVARRO LLORENS
Vientos de estraperlo

Apocalipsis y Éxodo

Hace frío, no es novedad porque es Invierno, la mejor estación de todas cuantas hay, en mi caso me dieron a conocer cinco; Primavera, Verano, Otoño, Invierno y Alekhine, siendo ésta última un estado de ánimo, pues cuando levantaba pocos palmos del suelo e intentaron enseñar a esta parte a defenderse en el nobilísimo arte del ajedrez, durante las largas tardes lluviosas de domingo en las que los hombres buenos y los menos buenos de Ford hacían lo mismo en la pantalla, cumplir con su deber, escuchaba de la voz sabia, «En Primavera verás color, en Verano hace calor, en Otoño las hojas se caen, en Invierno estamos aquí encerrados pero tienes que ser como Alexandr Alekhine, que inventó una estación más que duró lo mismo que su reinado como campeón del mundo, 17 años». Y es que los ojos de Alekhine helaban más que una respuesta negativa de los labios deseados, más incluso que el orbayo que sufría en las navidad de mi -segunda- pequeña ciudad burguesa y vetusta.

Hace frío, no es novedad porque siempre es Invierno. Se esté dónde se esté, y en ocasiones el ser humano acude a refugios propios, a veces inventados, a veces imaginarios, otras ocasiones reales, de los que solo uno sabe y en los que sólo uno habita. Uno es dueño de su tiempo, sus refugios y sus demonios sin que nadie tenga por qué saberlo, como el joven que entra en eso que de en llamarse hogar día tras día y vea en un rincón y en otro distintas versiones de sí mismo. El serio, impertérrito y silente, que no piensa, que actúa. El ingenuo, que vive en un hedonismo cuasi criminal. El que siempre está buscando en el espejo impurezas dentro si mismo mientras mira al huésped intruso espetándole «no somos eternos pero, mientras tanto, estamos en la vida para creernos eternos». Finalmente, el que ordena los libros por autor y editorial abandonado de todo y de todos, el que se sabe vencedor y abandonado. Frío, pero se mitiga, porque el corazón abriga pero ahoga, juega con el aire y firme se mantiene.

Lo mejor del frío y del invierno son los domingos. Personalmente, empezó uno a coger gusto por este día de la semana cuando vivía -aún no me fui de allí- en la ciudad porteña, el lugar en el que mientras se trabaja -cayendo el sol- pueden escucharse las golondrinas acariciar la bocina del Melillero. Uno no empieza a comprender qué es el frío hasta que no se va del hogar, lo empieza a entender cuando la madre de mañana lo despide, cuando aún el sol no dio sus primeros pasos de luz infantil, para no volver a verlo en dos semanas o más. Uno empieza a entender qué es vivir cuando abre las alas y el frío cala hasta el último rincón de piel. Para mitigar eso gustaba de pasear largo por entonces, aquellos inocentes años del inicio del vivir, por la cortina marina de la ciudad. Desde la Farola hasta Baños del Carmen las calles se tornan y tornaban en infinito universo, melódico. De la Farola daba un rodeo hacia Reding, espiaba a los muertos que moraban en el cementerio inglés, seguía por Paseo de Sancha admirando una espléndida alameda de sabor inglés con su tinte cantábrico y sólo unos pasos más adelante las calles me devolvían al Mar, o a la Mar. No consigo a día de hoy distinguir el género de aquél a quien Calígula declaró la guerra; no estaba hecha la guerra imposible para los Emperadores que todo lo podían.

Tras los muchos pasos buscando el sol del oriente que no iba a volver, decidía dar la vuelta en calle Bolivia, y era entonces cuando el sol se iba acechando para sorprender al día siguiente a la vuelta de la esquina de la vida que había dejado atrás. No se puede comer, no hay tiempo, tampoco aquél joven tiene ganas de comer. Los pasos me llevan hacia dónde señalaba Alcántara, concurso entre sirenas y delfines, y cuando la tarde joven iba cayendo se va quien suscribe a abrigarse al Museo Revello de Toro. Domingo tras domingo desarrollaba una suerte de complicidad y amistad con cada uno de los retratos de Revello de Toro. Tímido con sus mujeres retratadas, no cabía más belleza en aquellos lienzos y el rostro y los ojos jóvenes aunque poco inocentes ya se amilanan y postran desarmados ante tanta pureza. El retrato del Notario Mezquita del Cacho le parecía a quién suscribe imponente. Regio, decidido, determinado, con todo hecho pero mostrando que aún tiene todo por hacer y decir. Semana tras semana, domingo tras domingo, tras ir de camino a los museos recitando para sí los versos de siempre del Ricardo III de Shakespeare, iba corriendo como el niño que siempre vuelve a la fuente a buscar aquellos retratos. Saludaba al retrato del Notario como el marqués de Villaviciosa se descubría ante el Urrieyu.

Lo cierto y verdad, es que hacía cola en domingo para entrar a los museos, algo que horrorizaría -en caso de que lo supiera- a mi tío y amigo Curro. Tras rendir la debida pleitesía a las bellas vírgenes maduras y a los Dioses mortales de Revello de Toro iban guiándome mis pasos por Alcazabilla dando un buen rodeo hasta acabar con mis ojos clavados en la calle Compañía para hacer la cola correspondiente en el Thyssen. No toma conciencia uno de la dimensión de los maestros valencianos hasta que conoce el Thyssen. En cierta ocasión una vigilante de sala vino a avisarme que llevaba más de cuarenta minutos frente a un cuadro para saber si dolía de algo. Amenaza de naufragio sabía a domingo. Aquél lienzo majestuoso no le iba a la zaga a mi favorito, El juramento de los Horacios, un cuadro que no se si veré algún día de los muchos que me quedan.

El niño -o quizás un joven- de Navarro Llorens observa una nave entre varada y peleona con los elementos, como luchando contra lo evidente y lo que se sabe que pasará, el fin irremediable. Todos miran al mar embravecido haciendo cábalas sobre cómo acabará lo que tiene que venir, una madre calma a su neonato llevando a su hija mayor a su vera. Los viejos lobos de mar esperan a saber qué hacer, si lanzar el salvavidas perdiéndose ellos y dando sentido a lo que son o esperar el desenlace para contarlo a sus nietos al día siguiente. El fin cerca está y hay que pisar y contar las hojas caídas y que la noche llegue, siendo cierto y evidente que todo lo malo vendrá. Frente a Amenaza de naufragio uno no echa de menos nada que no tenga que echar de menos, lo pasado, lo perdido y lo que no se sabe que tendrá que pasar. Cuando todo venga, cuando todo pase o no, tocará soltar el salvavidas y dejar que todo pase, el éxodo de la naturalidad, irremediable, y con la belleza y decisión de las mujeres  y dioses de Revello de Toro llegará lo evidente; ese apocalipsis de Navarro Llorens, y si llega el Fin tendrá como desenlace el mismo epílogo que un amanecer, porque si llega el fin, huimos.

Sobre el autor

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Jaime Fernández-Mijares

Nacido en 1989 en Sevilla. Licenciado en Derecho por la Universidad de Sevilla y Máster en Tributación y Asesoría Fiscal por la Universidad Loyola Andalucía. Forma parte de 'Andaluces, Regeneraos', proyecto centrado en la redacción de artículos para la regeneración política, económica y cultural de Andalucía. Le interesa la historia y las relaciones internacionales.

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