Opinión Vientos de estraperlo Civilización
Marqués de Larios / Jaime Fernández-Mijares
Vientos de estraperlo

Civilización

En el ir y bailar de las sombras con el sol infantil de primera luz se va dibujando la evidencia: el invierno sin remedio. Mientras al pie del Marbella Club el muelle quiere ser el último eslabón del eterno verano las jóvenes aún no empezaron a desperezarse sacando brillo a la belleza provocando terremotos con el golpe y aleteo de las pestañas.

El verano es la primera señal inequívoca de que la civilización, lo poco que nos queda que se pueda admirar, se va terminando. ¿A quién le puede gustar que anochezca más tarde de las 9? Un anochecer más tarde de esa hora es una tristeza y una ordinariez. Punto, ni falta hace explicar porqué. Por fortuna y por el bien del resto del mundo, espero y deseo que sólo tal menester se de en España.

De esta semana, la segunda del año, quizás la primera, destacaría poco. La renuncia a casi nada del príncipe sin corona hijo del príncipe Carlos. Harry tiene gesto de boxeador que llega hasta arriba desde la nada batiéndose a golpes con el muro más duro de Irlanda. Lo mejor que hizo en su vida fue casarse con el uniforme del regimiento de los Blues and Royals. Su mejor golpe, diría uno que el más destacable. Si uno se da un paseo por Savile Row la vida merece la pena, en Gieves and Hawkes pueden verse y tocarse uniformes militares de otras épocas y lucidos en sitios como Ascott y sangrados en Waterloo.

Bien debiere haber, o alguien debiere tener a bien en hacer, un pasillo subterráneo que llevase de Savile Row hacia la galería de la guerra del Palacio de Invierno de San Petersburgo. Si por algo destaca el siglo XXI es porque no existe la tragedia, pero existe el gusto por inventar la tragedia, el honor es tildado de arcaico, sencillamente porque nadie tiene ganas de saber qué es el honor. Si alguna vez se tiene la oportunidad ha de visitarse Savile Row tras haber degustado una nube de Earl Grey y tras los años perderse en los pasillos del Hermitage hasta llegar a la galería de la Guerra en la que las regias patillas de quienes allí moran inmortalizados nos llevarán en volandas a conocer el honor.

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Lo malo de la rutina es que pesa, lo mejor de la rutina es que pesa, rasga el cielo azul que tiene un tono inocente de color, sobre todo en la ciudad porteña, la de anchas calles y avenidas que conducen hacia donde tienen que conducir: al mar. La estatua del marqués de Larios da la espalda al mar, mira al infinito. Le reposa el honor en una misma mano, bastón y sombrero a su diestra, y desnuda la izquierda por si ha de salvar el honor que quede para otros. El marqués es peinado por las nubes rasgadas mientras observa la calle que llega hacia el mar que Strachan proyectó, y es ahí donde queda uno de los pocos rastros de civilización del siglo XXI, la dignidad del marqués de Larios dándole la espalda a Poseidón. Emperadores romanos declarando la guerra al mar y un hombre del XIX es quien vence a Poseidón habiendo resucitado de entre las mismas aguas hasta las que fue arrastrado en su día.

El duque de Windsor, Eduardo VIII, David en su familia, vivió la parte más interesante de su vida contemplando desde una ventana la niebla ciñéndose a la hierba. Derek Jacobi borda el invierno de la vida del rey breve, incluso ya en la senectud propia de Jacobi puede verse cómo los actores británicos en ocasiones fenecen devorados por el personaje, placentera muerte. Jacobi sólo se levanta de la cama para recibir al emperador de Japón en un capítulo en el que el propio emperador recela del otrora rey y a la postre puntual consejero de su sobrina y para recibir lustroso a la reina que da sentido a su menoscabada nobleza.

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Curioso el detalle que sólo hubiere un Mountbatten que no quisiera reinar a su debido momento renunciando con ello a todo de forma consecuente. En cierta ocasión a Juan de Borbón se le ofreció el trono de España a modo de figura decorativa -decorativa por mor de la circunstancia de la felonía patética de quien ponía un banquete para elevarse en el balcón del palacio real en el que reinaron reyes y mandaron con peor fortuna presidentes de la II república-, pero el hijo de Alfonso XIII renunció lacónico el ofrecimiento, “en mi familia los reyes si no trabajan no cobran´´. Sumada su negativa el entusiasmo de animadoras de instituto que tenía la CIA en aquellos años con Franco “pero si este hombre no parece un dictador. ¿qué pretenden que hagamos aquí?´´. El duque de Sussex viene por las callejas más triste que Alfonso en busca de Mercedes, se sabe triunfante el boxeador porque en un puño sostiene la honra invisible y en el otro el corazón de la mujer que le da fuerza.

La tía Margaret derramó manantiales por el caballerizo y capitán Townsend, y Harry aprendió la lección: hay que saber no renunciar a la buena vida si de amor se trata la amargura. Antes de ayer un buen amigo periodista me decía “ella ya sabe lo que es ser celebrity y royal, y sabe qué es más difícil”, y lo cierto y bella noticia para la duquesa es que si no se apellida Livanos nada en la vida le será difícil. Es curioso cómo nos afectan o cómo afecta a la sociedad la noticia o buena o peor ventura de las gentes a las que vasallaje debemos, de las gentes cuyo menester es representar, ser ejemplo, no molestar y vivir de vacaciones dando la apariencia de que no viven de vacaciones, porque en eterno verano de verdad sólo viven tres o cuatro. Pero los duques rebeldes quieren vivir a caballo entre Londres y el otro lado del Atlántico, y el verano es como Napoleón: dura lo que tiene que durar y no conviene poner un pie en un sitio y el otro en otro para intentar ganar una guerra que de antemano se sabe perdida.

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El tío Eduardo no sabía ni quiso reinar, Lady Snowdon no sabía vivir sin no molestar en un eterno verano en el que algo dentro de ella se sabía roto, y Harry no sabe cómo querer hacerlo. Dicen que quien no decide que corriente tomar acaba arrastrado por la peor de las corrientes. Si antaño las revoluciones se sustentaban en serios pilares, nobles y serios pilares, hoy aún subsisten. Dios, Patria y Rey. Pan, Pueblo y Justicia; todas con un patrón ideal común: la idea de que a todos nos gusta lo bueno, y nada mejor hay que el reconocimiento ajeno. Quien suscribe sigue abrigado en la continua reflexión de la tríada de la segura revolución: Café, Copa y Puro. Café para ilusionarse, copa para despertar y puro para no querer saber.

Si el Duque se va, nadie gritará May long he reign, porque los duques no reinan, sólo figuran y saben vivir de vacaciones. Si el duque se va bien harían en volver los manteles a las mesas, el honor a las conciencias y el sentido de la estética a las normas imprescindibles del saber vivir. Entre tanto, ahí quedará guardando el honor y la civilización la estatua peinada por las nubes rasgadas mientras el Melillero viene y va abrigado por una cortina de mar como no hay otra.

Sobre el autor

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Jaime Fernández-Mijares

Nacido en 1989 en Sevilla. Licenciado en Derecho por la Universidad de Sevilla y Máster en Tributación y Asesoría Fiscal por la Universidad Loyola Andalucía. Forma parte de 'Andaluces, Regeneraos', proyecto centrado en la redacción de artículos para la regeneración política, económica y cultural de Andalucía. Le interesa la historia y las relaciones internacionales.

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