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Vicente Aleixandre / Alberto Schommer
Vientos de estraperlo

Imperiosa circunstancialidad

Los recuerdos son una nación en la que se habita sin saber que se vive en ellos. Por recordar recuerdo días, cuando aún era joven -porque sólo se es joven si se tiene un mínimo afán idealista, aunque por aquellos días se me estaba curando el idealismo que padecía y todo iba tornando en pragmatismo idealista; acaso lo mismo lo primero que lo segundo-, en los que iba calando la primavera en la ciudad.

Seis años casi cinco van desde entonces hasta ahora. Dos meses antes de aquellos días el amor se me había roto, se nos había roto, y ya sólo me quedarían recuerdos de amaneceres en el Porvenir, recuerdos a los que siempre vuelve uno, en la noche. Qué curioso, querer que sea un día de amanecida del pasado; la realidad y el propio deseo en la noche que es y que en horas ya no será.

Dos meses después se cruzó en el camino de esta parte un ejemplar a medio ajar de Divagando por la ciudad de la gracia, de José María Izquierdo. Del idealismo liberal transité hacia un activismo liberal regionalista que entendí bien gracias a quien hoy es uno de mis mejores amigos, un pragmatismo que era y sigue siendo, si bien por mor de la edad y las circunstancias es algo que llevo sólo dentro y que nadie puede conocer. Devoré aquél libro con avidez, pero más importante era devorarlo con convicción. Con la convicción de que estaba ante algo distinto. De Ocnos hay que leer todos los pasajes dos veces, salvo el dedicado a José María Izquierdo. Cernuda destaca su porte enjuto pero espigado, enigmático, oscuro -quizás obscuro-, oculto o guardado tras sus patillas de chispero.

Cernuda se supo o se creyó consciente de la imposibilidad de pergeñar obra análoga a la de José María Izquierdo. Cernuda nunca supo que él remató el ideal de la ciudad, pero si tuvo claro que José María inventó la ciudad desde la propia nostalgia que le abrigaba, como el conquistador que no sabe que conquista, o el amante que amanece sin saberse amado. Chaves Nogales, con La Ciudad, fue capaz de ser los pies en el suelo del niño que todo habitante lleva en la mente, un nonchalant estudiadamente desgarbado revestido de un arraigo espiritual del que nadie tendría a bien en ser capaz de desposeerle.

Sin saberlo, desde la tardía adolescencia me abrigaban unas patillas de chispero y -sabiéndolo- un amor no correspondido que podía haberse corregido con un amor que se gastó en aquella primavera de hace cinco años casi seis. A Izquierdo no le correspondió en el amor Alejandrina, aquella a quien dedicó el libro que vino a buscarme en el Jueves de la Calle Feria, y siempre tiende el hombre razonable a vestirse con las galas del amor no correspondido, a buscar luces de guía que a ninguna parte llevarán. Si Gatsby tenía la luz verde, Izquierdo tenía el río.

Lo que ocurrió en aquella primavera de hace cinco años es algo que ojalá tuviere a bien en volver a pasar ahora. Le escribí en aquellos días de abril un mail al profesor Rogelio Reyes, filólogo y excelso conocedor de Izquierdo, al efecto de saber qué fue lo que se llevó a José María. El profesor, educadamente, me confesó que sabía más de su obra que de su vida y no obstante me premió con la revelación de que fue amortajado con la túnica del señor de Pasión y que la noticia fue recibida con sorpresa en general, recomendando a aquél joven otro libro sobre la vida de Izquierdo. Al poco, mi curiosidad me llevó a descubrir la causa última de la muerte, si bien la misma no la contaré, pues prefiere esta parte quedarse con que de todo fue causa un error de amor a la ciudad.

La cuestión es que, con los años, cinco o seis reporteros abarrotaban la villa de Velintonia en la que un profesor de Derecho Mercantil acababa de recibir la noticia de que la Academia Sueca le concedía el Nobel de Literatura. Al momento de preguntarle Jaime Peñafiel sobre las impresiones por semejante reconocimiento, don Vicente Aleixandre espetó «pero, ¿al «¡Hola!´´ también le interesa la Literatura?´´. Don Vicente se asombró sobre el interés de una publicación que -siendo de mis favoritas- relata de forma brillante el ir y venir de las cosas que vienen y van, y las cosas que vienen y van son la simple circunstancia del vivir, y es que Aleixandre era un faro que veía la vida pasar sin saberse gigante; es puro y sereno arrasarse en la dicha de fluir y perderse, dejó dicho el poeta aquél día de Diciembre en que recibía el Nobel, destacando la normalidad que hay en vivir y dejarse perder en lo que el resto de la gente ve anormal, o no ve normal. Si el Boletín Oficial del Estado es algo estructural, publicaciones sobre la crónica social son pura circunstancialidad, no obstante, aquél 6 de octubre en que la Academia Sueca reconoció el valor de la Generación del 27 Aleixandre hizo de la crónica social algo así como la estructura circunstancial, otorgándole a lo que se presume frívolo -el oficio de contar- una categoría de permanencia y eternidad.

Si de joven tomé la costumbre de perderme en las calles de la ciudad cuando la tarde iba cayendo preso de la miopía que siempre con gusto padeceré, ahora que empiezo a otear otra estación vital no he dejado de lado esa costumbre -ni buena ni mala- de, cada vez que quien suscribe vuelve, perderme por las calles buscando las mismas sombras. Cierra esta parte los ojos en la noche y busco en la bajada de San Gregorio la esquina de Yanduri, donde estaba el palacio de los Vicentelo, en la que seguro el Aleixandre niño buscaba escondido el azul del cielo con sus ojos claros de inocencia. Sigue uno aún buscando a Izquierdo por Santa María la Blanca, confieso haberlo visto alguna vez, o a él al humo de sus cigarrillos que acariciaban sus patillas. Sigue esta parte cayendo queriendo sin querer por Acetres al efecto de comprobar si el niño Albanio de Cernuda descorre las cortinas para que la luz lo inunde todo.

Ya en la noche, cuando la mecha prende -no se sabe si del amor o de la nostalgia, acaso lo mismo lo primero y lo segundo-, prende también el nudo en la garganta del joven paseante. Se llega el nonchalant a la plaza de san Lorenzo dejando atrás la casa en la que vivió Romero Murube y en el banco lindante a la estatua de Juan de Mesa siempre acabo encontrando sentado a Chaves Nogales, fuma con garbo, un pelo desgarbado con control, impecable. Siempre se me aparece repitiendo lo mismo, la misma expresión como de cansancio. Certero. «¡ Qué coraje !´´. He comprendido ya a qué se refieren las sombras. El coraje de perder las ganas de no querer mentar un nombre por hacer como que se guarda el tesoro de saber el nombre que nadie sabe. El Levante del Otoño baila con el pelo y el humo del joven que recuerda todo en el muelle del Marbella Club, el Edén al que bajó Slim Aarons a contar la vida que no pasa, y el nombre de Sevilla ya se nos quedó descubierto mientras va amaneciendo dónde no toca.

Sobre el autor

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Jaime Fernández-Mijares

Nacido en 1989 en Sevilla. Licenciado en Derecho por la Universidad de Sevilla y Máster en Tributación y Asesoría Fiscal por la Universidad Loyola Andalucía. Forma parte de 'Andaluces, Regeneraos', proyecto centrado en la redacción de artículos para la regeneración política, económica y cultural de Andalucía. Le interesa la historia y las relaciones internacionales.

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