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PIKETTY-MANUEL BRAUN
Vientos de estraperlo

Días de Piketty y rosas

De todas las cosas que impresionan en el día a día es el miedo la más valiosa de todas. Quien tiene miedo es responsable, quien es responsable se anda con cuidado, no pide perdón, porque quien es cauto pide perdón antes que permiso; no, no es todo lo contrario, no puede ser todo lo contrario cuando de sobra se sabe que quien anda pidiendo perdón antes de hacer no sabe hacer lo que pretende.

Moverse por la vida pidiendo perdón por pensar es una suerte de paternalismo interior redundante que raya lo ridículo, una suerte de boxeador que se pega a si mismo y presume de sus autoinfligidas heridas en bares poco recomendables para frecuentar: en los que las copas no bajan de la decena de euros.

De vez en cuando el siglo XXI regala personajes importantes, personajes dignos de seguimiento, que no de admiración. Oates eligió a Tyson, y descubrió al humano, al hombre melancólico que volvería a su infancia con gafas de culo de vaso. Fallaci eligió a Ali y descubrió al mundo a uno de los hombres mas racistas que Dios dio tuvo a bien en crear. Lo mejor para Ali, o Clay, porque uno no es de su nombre legítimo si no del que le dieron sus padres, es que Fallaci se guardó para si lo lamentable del personaje que la masa dio en admirar. Y ya se sabe que el pueblo en cuanto a masa es pésimo intérprete de la verdad.

Siendo joven, no muchos años ha, quien suscribe estudiaba, hacía lo que podía, o lo que las ganas le dejaban. Mientras estudiaba la licenciatura besé la lona con gusto no pocas veces. Estuve a otras cosas, fui a parar a la radio y gané una amistad que vale más que un helado de corte cayendo la tarde mirando al este del Limonar. Lo que más echa de menos un joven de esos años son las horas no hablando de Derecho con el mentor a quien debo agradecerle haber terminado la carrera, «lo que valdrá en tu vida es la complicidad, siempre la complicidad, no lo dudes, en todas las vertientes´´. El profesor me habló de lo que necesitaba sólo durante media ahora, a cambio me regalo tres años -de los cinco de Licenciatura- disparándome consejos sobre la Vida, con mayúsculas. Una de las cosas que me recomendó fue procurar no caer en el error de juzgar el presente con los ojos de la historia pasada. «Repetir constantemente que hay que conocer la historia para no cometer errores del pasado es reconocer que vas a cometer esos mismos errores, y eso sólo lo hace la gente insegura, tú lo eres, pero está en tu mano dejar de serlo´´, me dijo el último día que nos vimos, cuando ya no éramos pupilo y mentor.

No miento si admito que Thomas Piketty es mi personaje favorito de esta década. Los 90 tuvieron a Ayrton Senna y el XXI tiene a Piketty… y a Rosalía, que no tiene cualidad alguna para ser artista y por eso es una artista, como bien apunta un amigo escritor. Piketty es una eminencia, como todo aquél que dedica su vida al estudio. Quien suscribe y piensa no dedicó su vida a la Academia o a querer escalar en el estado porque prefirió no pensar en lo aburrido que es un combate contra un abismo que está en el interior. A veces el pragmatismo obliga. Mi buen francés dice evidencias tales como que «Toda sociedad inventa una razón ideológica para justificar sus desigualdades´´; y sin despeinarse mi Doctor me deja claro que si fuéramos todos igual de pobres todo estaría bien, como Dios manda.

No diré que a Piketty le influyó el ánimo de revolución naif que sirvió de nada de 1968, la no revolución que hicieron entre otros sus padres. El caso es que a la Europa de los tardíos sesenta y setenta comenzaba a tornársele la cara en siglo XXI, es decir, este tiempo en que la gente piensa lo justo, tiene miedo y la bolsa baja demasiado, vamos, un siglo XX con mejor vino, en el que la gente rompe por whatsapp y los hombres adoptan como forma de vida la teoría de la liana.

A Piketty se le toma por anticapitalista, y realmente cuando afirma desde el pedestal que toda sociedad inventa una razón ideológica para justificar sus desigualdades únicamente está reconociendo que la fórmula de la felicidad es posible porque lo dice Coca Cola, ay, todo lo que nos gusta es inmoral. Piketty no se ríe, es sofisticado, tiene ese deje sofisticado de creer que todo lo que no se mueve es economía de manos muertas; es así como los descreídos llaman al patrimonio. Eso lo afirmaba antes, ahora lo cree, y lo admiro porque cree lo que dice, lo admiro porque como dice un buen amigo «los economistas pasamos la mitad del tiempo pronosticando qué no va a pasar y la otra mitad diciendo que podía haber sido peor´´. El bueno de mi jacobino amigo propone esta vez algo revolucionario: regalar unos cientos miles de euros desde el estado y decir a quien produce cómo va a planear su vida.

Probablemente tenga la ingenuidad de no esperarse que una empresa pueda estar administrada por otra y tomar ese hecho como algo oscuro y fraudulento, es un boxeador golpeando un saco que siempre va a estar ahí para darle de comer. Si Krugman y Stiglitz inventaron la adaptación de la Academia a las bondades del capitalismo, la venta de soluciones mágicas, ponerlas en práctica, que todo salga mal por sus mágicos planes y pasar por caja porque «realmente no salió como esperábamos, somos sólo teóricos y hemos hecho nuestro trabajo´´, Piketty ha retomado el cetro con buen tino. Y siempre en nombre del buen sino de la colectividad. Porque la propia iniciativa del hombre está viciada. Qué cosas, hombres diciéndoles a Antígona que está equivocada.

A Piketty le emocionará saber que su impuesto del 90% a las grandísimas fortunas no está pensado para generar más recursos públicos si no para acabar con un nivel de ingresos que considera demencial sin decir la palabra; lo más importante es que él mismo reconoce que esto no acabará con la productividad o el emprendimiento, porque, ya se sabe, si el caballero negro de Los caballeros de la mesa cuadrada presumía de que lo que tenía solo era un rasguño todos somos Superman trabajando para el estado que unos pocos quieren. En ese estado de esquizofrenia teórica, Piketty seguirá buscando entre las macetas su fórmula correcta y nosotros, con la cara de Lee Remick, seguiremos sabiendo la verdad: que a todos, incluso a él, nos encanta vivir bien.

Sobre el autor

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Jaime Fernández-Mijares

Nacido en 1989 en Sevilla. Licenciado en Derecho por la Universidad de Sevilla y Máster en Tributación y Asesoría Fiscal por la Universidad Loyola Andalucía. Forma parte de 'Andaluces, Regeneraos', proyecto centrado en la redacción de artículos para la regeneración política, económica y cultural de Andalucía. Le interesa la historia y las relaciones internacionales.

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