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Ralph y Ricky Lauren / Susan Wood
Vientos de estraperlo

Un hombre

En ocasiones nos equivocamos, las que más, y una primera impresión es también la última, la definitiva, no admite Segunda oportunidad; no me parece injusto que no quepa Segunda oportunidad para enmendar una primera impresión.

De poder ser posible no se hubiera inventado el escribir a pluma, el escribir a máquina y directamente se hubiere inventado el ordenador hace siglos. PC, o laptop, como dicen los yupis venidos a más que moran en estas Españas liberales que son cada calle a las 8:30 am de cada mañana con café malo en cartón y airpods que dan la sensación de abrigar del frío que cala hasta el alma como los besos que no se dieron, como decía Sabina. No como los que no se dan, el no hacer viene de un no querer, el no haber hecho viene de un haberlo intentado.

Una de las cosas buenas del siglo XXI es la fantasía, habita en todos lados, dónde más en la lista de la compra semanal. Apunta uno Fairy y el friegaplatos es marcablanca y jamás genuino, y ese es solo un ejemplo. Otro lugar dónde habita la fantasía es el discurrir diario, uno puede navegar entre frases lanzadas como cuchillos, ‘eh, espinacas, rúcula y tomate; ¿traes eso en una bolsa de plástico? Lo mío sí que es real food’, escucho sin poder aguantar el esbozo de una media sonrisa. La realidad y la rutina son la misma cosa, una matiz de la otra, otra consecuencia de la una y todo necesario siempre. La vida a veces se presenta como algo que plantea incertidumbre en su ejercicio; ¿estaré haciéndolo bien? ¿Tiene el pequeño gesto consecuencias para el resto?

De las últimas joyas estrenadas destacaría el documental Ralph Lauren: el hombre detrás de la marca. Ralph Lauren no era Lauren, como Sergio Dalma no es Sergio Dalma, o como Audrey Hepburn no es Hepburn. Al final el arte es tan voluble que solo Tino Casal era Tino Casal. Los artistas creen que la vida es eterna, como heredada, como si ocuparen un puesto rotatorio entre los hombres consumidos durante siglos por la eternidad para mantener firmes las costumbres. Muchos hombres, por ejemplo, somos los mismos durante décadas que bajaremos de Ricardo Soriano hacia el pirulí en una noche de otoño en la que el frío acuchilla hasta los sentimientos. A los escrúpulos los mata.

Ralph Lauren no era Lauren, pero quiso crear, quiso ser capaz de crear. Se asomó a su propio embarcadero, miró la luz verde y dijo que su vida tenía que ser así. Y fue así. Creo un estilo de vida que podía estar al alcance de todos e inauguró un nuevo American way of life, convirtiéndose en el Superman que debería velar por los pecados capitales del mundo de la moda, del querer ser. A los caprichosos adolescentes nacidos en la noche de los 80, los padres fundadores del estilo Ivy League nos enseñaron que podemos ser propietarios de un final de tarde y de noche que duraría más de una vida. Da igual el dinero o la edad pletórica, nacimos para ser salvajes aunque creamos en al rectitud, pues el orden natural de las cosas es el desorden y el caos un sentido ordenado que no abandona lo salvaje.

Hay mieles de triunfo que jamás quedan amargadas, incluso las inexistentes. A menudo, a quienes somos esclavos conscientes y gustosos de la corbata de lunes a viernes, se nos reprocha una altivez inexistente, una vida y personalidad que no es; todo por no saber, la ignorancia es atrevida, como la gente, y el querer saber estar y acabar estando es algo que pocas veces se puede. Que Zuckerberg va sin corbata, que Bill Gates va sin corbata, que Richard Branson va sin corbata, si. Pero jamás recibirían a alguien sin corbata. Puede resultar un planteamiento egoísta, elitista, pero quien necesite alguien en quien confiar necesitará a alguien con seguridad, y a Ralph Lauren y su arte en la publicidad le debemos toda enseñanza sobre seguridad cuando nuestros padres habían culminado sus lecciones de vida con enseñarnos en apurado y el four in hand.

Si encuentro identidad entre el yo de quién suscribe de 17 años y el yo de la treintena es el mismo ansia revolucionaria, ¿o quizás es misma?, qué sabré. El caso es que con 17 años soñaba con vivir bien, con 30 sigo soñando lo mismo, si bien todo va macerado con una tríada ideal: café, copa y puro. El Dios, patria y rey pueden esperar. Ralph Lauren sigue soñando la vida que tiene, como si aún tuviera que conseguirla. En su casa de los Hamptons, su rancho de Colorado o su casa de Manhattan. Ahí está lo que define la ambición, el nunca conformarse y siempre buscar una vida mejor y todo centrado en mejorar la belleza mientras las ciudades observan nuestro existir con más o menos principios. Aunque como me dijo una mujer no mucho ha, ‘Chico, en esta ciudad, los principios matan más que el tabaco’.

Sobre el autor

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Jaime Fernández-Mijares

Nacido en 1989 en Sevilla. Licenciado en Derecho por la Universidad de Sevilla y Máster en Tributación y Asesoría Fiscal por la Universidad Loyola Andalucía. Forma parte de 'Andaluces, Regeneraos', proyecto centrado en la redacción de artículos para la regeneración política, económica y cultural de Andalucía. Le interesa la historia y las relaciones internacionales.

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