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Alejandra Alonso / Quentin de Briey
Vientos de estraperlo

Explicaciones y escrúpulos

Para vivir el día siguiente es necesario haber habitado la última noche, haber transitado caminos, siempre iluminados por la oscuridad; siempre dudando de si así se escribe o se escribe ‘obscuridad’.

A uno le atrae la noche como también le atrae el vericueto de dudar de si la vida es subrealista o surrealista; la duda, la duda del lenguaje, porque la vida es dudar mientras se habla y las palabras dan forma a los hechos. Digo esto mientras recuerdo una escena de hace dos semanas, no sé si ajena, no sé si real, los recuerdos tienen forma cuando se cuentan y de lo pensado a lo dicho hay una vida y dos tiempos: el pasado perfecto y lo corriente, que como todo es gris con sol que baila con hielos.

El caso es que mientras en esa escena de hace dos semanas se observa a dos jóvenes, sentados el uno junto al otro, junto, no frente a frente, que hablan, departen, se cuentan, sonríen, que no es lo mismo que reír. Los dos tienen algo, ella algo roto y él unos cuantos capítulos cerrados que no hubiera gustado de iniciar. Quizás dos corazones solitarios de esos que se rompieron pero que tienen algo bueno: que el corazón sólo se rompe una vez. En otra escena paralela, doy un sorbo de té a las 7 am de un jueves mientras ojeo en el iPad -con un dolor de ojos por mor del sueño digno de un bebé- un artículo en el que una periodista de 24 años cuenta cómo se infiltró en un programa en el que ellas buscan un él y ellos buscan un bote salvavidas.

-¿Por mi serías vegano una vez a la semana, Carlos?

-Sin ningún problema.

El acto segundo de esa otra escena paralela es quién suscribe cogiendo la fregona por culpa de la risa que provoca la ocurrencia de alguien de querer ser más que quien tiene en frente, más papista que el papá, más vegano que la nada y más verde que los prados que circundan el faro de Lluces, ese sitio en el que tengo por costumbre estrellarme mientras a lo lejos diviso Tazones. Aún infiltrándose la periodista quiere en su ficción a alguien sumiso, si algo nos enseñan programas de este formato es que hombres y mujeres coincidimos en la misma identidad: una toxicidad que tiende a obviar que lo más excepcional que puede hacerse para que la vida cambie es nada, como decía McEwan -no recuerdo si- en Amsterdam.

Me viene a la cabeza aquel recuerdo de juventud de Carmen Martín Gaite en el que recitaba un fox-trot:

Un novio le ha salido a Socorrito

La mar de rebonito,

un joven ideal.

Se ondula, juega al tennis, bebe soda,

Y solo con la modal

Se gasta un dineral…,

El hogar que formaron Martín Gaite y Sánchez Ferlosio pudo ser todo y sin embargo no pudo ser normal, pues no todas las mujeres tienen un marido que alabe tanto la virtud de la paciencia, “Carmen es como una viuda que tuviera el muerto en casa”; y es que Ferlosio no era plano como el resto de los hombres, no era normal, no era igual que su compañera de vida porque ella quisiere que fuere igual a ella. Es lo que tiene la inteligencia, que siempre mujeres -más las mujeres- se encargan de sembrar la semilla de la discordia que hace que la complicidad en la pareja sea una batalla en pos de la felicidad, pues el amor y la guerra coinciden en otra falsa identidad: quién esté en el amor o la guerra perderá los escrúpulos y rara vez los volverá a recuperar, nadie con escrúpulos puede ser feliz en mayor o menor medida.

Mientras los dos jóvenes hablan más que degustan, pues el sushi no va a enfriarse más y las gyozas pueden esperar, se explican qué ha pasado sin saberse explicar. No dar vueltas, porque las vidas -como todas- solamente están y esperan y eso es todo lo que ha pasado. Un ‘esto no va a pasar… no va a pasar’, otro ‘no tiene porqué pasar nada’ y en el recuerdo del acuerdo caen en la cuenta de la doble negación que viene a ser noble también sin querer, el armisticio en la oscuridad entre brazos que están hechos para todo menos para lo malo. Y al final, ‘da igual, tú estás así, yo estoy así, ya lo sabemos’ y la noche se cierra y queda revestida de su propio nombre, el terreno y el tiempo ganados quedan en nada y las vidas quedan para lo que valen, estar y esperar, como todas. Pero no todas las vidas guardan momentos así, el color de ojos a oscuras y cien cosas más que jamas se deben olvidar.

Estuve en la cárcel de Panamá cuatro meses por tráfico de drogas.

La periodista jovencísima del relato confiesa el mayor riesgo que corrió en su vida. Es una confesión inventada, una treta, filfa que ha de servirle para su posterior artículo; de chica bien que baja por Serrano buscando con los ojos un último verano y alguien que no le perdone el partirle el corazón. A toro pasado, el

joven vuelve a repasar en su cabeza cada detalle de la última noche, aquella exhortación en la mañana, ‘cuéntame qué pasó’. La caída de ojos macerada con la media sonrisa escondiendo la cara entre el pelo y ambos han vencido al día siguiente porque la noche, aquella noche, fue la última noche. Se ríen de quién ve el amor y la vida como campo de pruebas; verlo así es no querer ver que es un necesario campo de minas. Porque como todo lo furtivo y salvaje la vida debe estar llena de cicatrices y heridas que no cierren, de pecados perdonables y de noches hechas para estar y esperar a que llegue el día siguiente en el que todo y nada debe ser explicado.

Sobre el autor

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Jaime Fernández-Mijares

Nacido en 1989 en Sevilla. Licenciado en Derecho por la Universidad de Sevilla y Máster en Tributación y Asesoría Fiscal por la Universidad Loyola Andalucía. Forma parte de 'Andaluces, Regeneraos', proyecto centrado en la redacción de artículos para la regeneración política, económica y cultural de Andalucía. Le interesa la historia y las relaciones internacionales.

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