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Gregory Peck e Ingrid Bergman en Recuerda, película de Alfred Hitchcock.
Vientos de estraperlo

Gente corriente

Sin querer llegar pero llegando, dos extraños dan con la torre. Ella sonríe, otea el mar, sostiene su móvil en la mano con la cierta intención de ir a hacer una foto y el extraño pregunta al joven en un inglés germanizado si lo que tiene ante sí es la Roca que jamás fue conquistada por el enemigo. El joven le explica que a la izquierda tiene la roca y a la derecha el monte de la mujer muerta, asi llamado por la semejanza con el perfil de una mujer yacente. Lo cierto es que ambas montañas tienen nombres antagónicos, dos generales árabes que no eran precisamente amigos y que ponían todo en contra del otro, en este caso llevaron su enfrentamiento a la propia naturaleza. Qué puede haber más épico que condenarse eternamente a mirarse a los ojos siendo enemigos.

La Roca, ciertamente, fue conquistada jamás, ni si quiera el primer enemigo fue capaz. Sólo el viento es capaz, unas veces el Levante, otra el Poniente, pero el polvo siempre queda suspendido en el aire, y siempre que veamos suspendido el polvo en el aire ese es el sitio donde terminó una historia. Creo que leí eso último en un poema de Lewis, no lo recuerda esta parte, no va a hacer por recordarlo, no va a investigar si fue Lewis quien lo escribió; prefiere vivir quien suscribe en el potencial error a vivir en la cómoda certeza. El riesgo de estar equivocado siempre atrae.

He vuelto, en este mes, a leer Un mundo deslumbrante, una novela de Siri Hustvedt en la que la protagonista hace que la gente crea que sus cuadros son de otros artistas con el consiguiente resultado de que se venden mejor que si son de ella. Digo que he vuelto a leer porque lo leí en su día y no me gustó. De Hustvedt había leído Elegía para un americano y fui feliz con ese libro y ya se sabe de lo que dicen de las retiradas: retírate cuando creas que no puedes ser más feliz con algo. La primera vez cogí con ilusión Un mundo deslumbrante y acabé confundido, me resultó un libro extraño que ahora, habiéndolo leído de nuevo, he disfrutado como pocas veces disfruto con un libro. Porque el siglo XXI es ese momento temporal en que todos tienen miedo y todo o es una obra maestra o es infumable, y no, ciertamente la mayoría de las cosas que hago o que me gustan no me gustan por absoluto, y de ser así viviríamos contando nubes.

Tras unos escasos minutos observando los dos extraños el horizonte, él saca sus manos de los bolsillos y la abraza por la espalda rodeando con sus brazos su cuello. No es extraño lo que dice esta parte, pero Dios debió concebir los horizontes para que la gente, los extraños, se abrace mientras la mirada se pierde en lo cierto y en lo incierto. ¿Qué atractivo tiene un horizonte para un ser solitario si no hay alguien cerca con quien compartir que se está ante algo grandioso? ¿Porqué sabemos lo que sabemos y no sabemos lo que ignoramos? De alguna forma todo tiende y acaba por ser manejable, y si no lo es acaba por serlo. Ya en la noche, la rutina de la noche está el asomarse con vistas a un océano venido a menos, que es el Mediterráneo. He acabado por interiorizar que lo mejor que hicieron los romanos, lo único que les hace destacables, es que -además de haber sido conquistados por otros conquistados- llamaron a un mar de la única forma que se puede llamar algo que nadie antes cayó en llamar de alguna forma porque todo el mundo era lo suficientemente buena persona como para no calmar su ego: mare NOSTRVM.

Algo normal, corriente. Lo corriente para unos es normal para otros, extravagante para los más, frívolo para los menos pero corriente. Onassis, cuando le preguntaban qué hizo para llegar a dónde llegó respondía siempre de la misma forma, ‘Ser Onassis’. Personalmente Max ese hombrecillo siempre le pareció a quien suscribe alguien gris, tan gris como su pelo, alguien gris con un Rolex Oyster, si se quiere, pero gris. De no haber tenido a Stavros Niarchos en frente, como La Roca y el Monte de la mujer muerta se tienen, Onassis no estaría siendo venerado hoy por los nuevos yupis que van disfrazados en su mente de Gordon Gecko. El ser, no ser algo más. Las manos del mismo color pero el corazón tan blanco, y en el pecado la penitencia, el placer culpable, el ‘siempre se puede más’ .

Y, ¿hasta dónde? El consuelo o victoria que queda al final de todo es observar en la lejanía del este el faro del pueblo próximo, el faro del pueblo menos próximo y más al este y la luz verde de entrada al puerto. Una galería de objetos especiales que pierden esa clasificación de especial si de cerca se observan. Realmente llegados a esta línea uno no sabe qué está escribiendo, eso es el siglo XXI, tener miedo y hastío ante la normalidad y deviene en interesante el observar en la torre de la sal a dos extraños e imaginar su vida próxima. Imagino a los dos extraños en una noche de fin de año, preparándose para celebrar lo que viene sin prisas, sabiendo que lo mejor que está por venir no son premios u oportunidades, si no que lo mejor que vendrá es lo que el uno lleva dentro sin saber y las contradicciones que la otra con naturalidad cabalga siendo conscientes del destino afortunado que es vivir.

Sobre el autor

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Jaime Fernández-Mijares

Nacido en 1989 en Sevilla. Licenciado en Derecho por la Universidad de Sevilla y Máster en Tributación y Asesoría Fiscal por la Universidad Loyola Andalucía. Forma parte de 'Andaluces, Regeneraos', proyecto centrado en la redacción de artículos para la regeneración política, económica y cultural de Andalucía. Le interesa la historia y las relaciones internacionales.

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