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Errol Flynn en Gentleman Jim, película dirigida por Raoul Walsh.
Vientos de estraperlo

Golpes

Esta vez hablaré de golpes, porque la vida siempre está llena de gente que sabe esperar y cuya paciencia hace florecer dulces consecuencias. Sin Michael Collins no podrían existir hombres buenos, no podríamos soportar la verdad «You cannot handle the truth´´, que grita el personaje de Jack Nicholson en Algunos hombre buenos. Mientras dos hombres estaban dando saltos sobre su destino en la luna, sin apenas combustible, Michael Collins orbitaba alrededor de la luna sentado, pendiente de todo, deseando no sobrevivir si Armstrong y Aldrin no lograban salir vivos de su paseo por la luna. En aquellos años 90 me impresionaba que alguien pudiere llamarse Tyrone y Power de apellido, me impresionaba que alguien así pudiera morir, aún hoy me pregunto cómo fue posible que Tyrone Power muriese y lo hiciera vestido de Rey Salomón. Ahí la lírica de la justicia de la evidencia, que la muerte nos es igual aún encarnando al hombre justo entre los justos.

A Michael Collins le angustiaba nada, salvo la idea de volver vivo a la tierra sin Armstrong y Aldrin. Dos habrían muerto, uno habría vivido para contarlo. Pero nadie dijo que la historia la escriban los supervivientes, porque no es lo mismo un vencedor que un superviviente, como tampoco es lo mismo una supervivencia épica que una derrota honrosa. Mohamed Ali sobrevivió a los golpes, pero no tuvo una derrota honrosa frente al púgil mas fuerte: Oriana Fallaci. Si me preguntan, pocas veces dudo entre admirar a Mohamed Ali o sacar sus puños ensangrentados a la calle. El boxeo siempre me pareció un «deporte´´ de gente de reputación más que cuestionable, claro que con el tiempo esta concepción cambia por mor de las circunstancias y los lugares.

Que no existe lugar más triste que una estación de autobús está fuera de toda duda, que no existe lugar más triste en el mundo que la estación de Méndez Álvaro es incuestionable, que no existe alguien mas triste que un boxeador retirado es un mandamiento.

«¿Y tú de verdad crees que un boxeador se puede encomendar a la divina providencia, chico? Son golpes, golpes secos, bajos, que no esperas, ningún golpe lo esperas, porque lo bueno y lo malo se parecen precisamente en eso: en que jamás puedes esperar que algo salga como un desenlace natural. Lo que de Dios depende está condenado a que salga al revés´´, me dice un parroquiano mientras en la pantalla del bar, dos horas más allá de la media noche, veo a Pacquiao repartir estopa contra Thurman, un efebo de ébano cuyo nombre no recordaré más allá de esta semana que acaba. Pacquiao despide la fuerza desde el pulgar derecho de su pie hasta la última de sus pestañas, baila como una mariposa, levita sobre la lona, pero golpea igual que un mazo, por momentos resulta imparable, por momentos vulnerable porque Thurman baja su guardia pero también despide golpes desde el orgullo, que es el peor lugar desde donde golpear.

Thurman llegó 192 veces a la cabeza de Pacquiao, yo con dos estaría ya suplicando clemencia. Decía, digo, mantengo, que el boxeo era concebido por mí como lo peor, y sigue siendo lo peor por el poder hipnótico que tiene. Y después sólo queda el amor, todo el odio que parece se tienen dos hombres golpeándose muta después del combate en un gesto de admiración como es un abrazo. Thurman y Pacquiao están condenados, Thurman por haber perdido ante Pacquiao y Pacquiao condenado en el futuro a padecer las consecuencias de tantos vaivenes entre puños. Algo que puede parecer absurdo, golpear y dejarse golpear. Si a Pacquiao o a cualquier boxeador se le preguntase porqué todo a buen seguro responderían «por la vida, ¿Se ve que tú vives poco, tienes cara de relajado´´. Esto lo se porque en estas gradas en cierta ocasión me encontré a un personaje británico con un punto controladamente estrafalario antiguo mecánico de Formula 1, quien me confesó el secreto de lo magnético de los pilotos, «mira, esos tíos un día están aquí y al siguiente puede que no. Esos tíos no son como ese maniquí de gimnasio que hacen como que enseñan a las muchachitas a hacer un ejercicio con máquinas y así arrimar. Los pilotos un día viven y al otro pueden estar muertos y el día que viven hacen todo como si fuese la última vez. Comen como si fuera acabarse la comida del mundo entero, besan como si fuesen Paul Newman. Beber no, ya no beben, todo se lo bebieron Jimmy Hunt y Raikkonen y no queda bien que te guste el alcohol. Ahora dime alguna mujer a quien le gusten las monjas del siglo XXI que corren maratones como tú´´.

He visto cómo se le hincha el pecho a un torero antiguo al pasar por la calle un joven se vuelve y le lanza «Adios, Maestro´´, pero aún no tuve la dulce ocasión de cruzarme con un boxeador y decirle «Adios, Campeón´´. El día que eso pase creo que un boxeador se volverá y con lágrimas en los ojos dirá a esta parte, «Yo te enseñaré qué es la vida, tu vas a enseñarme qué es el verano; no hay trato que valga´´. La tristeza de los toreros y los boxeadores es comparable a nada, como a nada es comparable la sonrisa de los golfistas. Si aún le guardaba respeto al boxeo, hasta la noche del pasado martes, era por un ínfimo detalle. No era por Rocky Balboa. De Jim «Cinderella Man´´ Braddock se recuerda que levantó el ánimo de un país entero, lo que poco se recuerda es que ayudó a llevar a cabo una de las últimas gestas de la humanidad: la construcción del Puente Verrazano. En el puente Verrazano empieza y acaba todo, el maratón y la vida. Una mole construida por hombres con las manos desnudas, en su mayoría indios que cada fin de semana conducían 600 kilómetros hasta sus casas.

De ser insensible dejaría que me rompiesen el corazón o me dijesen «Si´´ en dos sitios: el Faro de Luces y en el Shore Road Promenade con vistas al Puente Verrazano, en un sitio de día y en otro en la noche, no hay lugar.

Si hasta entonces guardaba cortesía al boxeo, ahora guardo reverencia. Es el reflejo de la vida misma, dolor. Y a la expresión del dolor hay que acudir de corbata. Por el boxeo guardaba cortesía, y ternura; ternura porque una vez escuché cierta historia sobre un hombre que, en el invierno de 1967, llegó tarde al parto de su hija y esta ya había nacido cuando aquél caballero apareció. Ese caballero velaba armas para convertirse en padre mientras disfrutaba en una velada clandestina de boxeo y por culpa del boxeo llegó tarde a conocer a su hija. Los boxeadores son perros sin collar que nos enseñan al resto que somos como ellos cuando nos creemos que alguien cuida por nosotros a lo largo de la vida, volviendo la cara a la evidencia que marca que vivir duele y nada te prepara para el golpe. Aquél hombre que en 1967 llegó tarde a conocer a su hija era mi abuelo, aquella niña mi madre. Con el tiempo he aprendido que todo el mundo te prepara para la felicidad, pero es necesaria una ración de golpes que enseñen que lo duro viene justo después de la felicidad: en ese momento en que todo cae y nadie escucha.

Sobre el autor

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Jaime Fernández-Mijares

Nacido en 1989 en Sevilla. Licenciado en Derecho por la Universidad de Sevilla y Máster en Tributación y Asesoría Fiscal por la Universidad Loyola Andalucía. Forma parte de 'Andaluces, Regeneraos', proyecto centrado en la redacción de artículos para la regeneración política, económica y cultural de Andalucía. Le interesa la historia y las relaciones internacionales.

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