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Kate Moss fotografiada por Peter Lindbergh
Vientos de estraperlo

Aquel verano me enamoré peligrosamente

Aquel verano me enamoré peligrosamente, y lo recuerdo bien porque no era verano. Ni si quiera hacía calor, era más bien Diciembre, y se plantaba en los pies ese frío que es peor que una bofetada de realidad, porque el frío que cala los pies es peor que el frío que cala el alma, las cosas como son.

Me viene esto que me pasó a la cabeza mientras recorro el camino empedrado que lleva a las canchas principales del Santa María Polo Club, y al final de ese camino hay que pagar un peaje nuevo, como todo en la vida, si, de acuerdo, pero  este peaje diario de siete euros es nuevo, y no duele aunque duele porque la vida está llena de peajes y nada pasa si por haber venido a la vida a veranear –ya lo dijo Gistau- hay que pagar peajes de vez en cuando.

Lo cierto es que la vida se detiene de año en año en finca Los Pinos. Luis Domecq y Pascual Sainz de Vicuña siguen siendo los Robert Redford y Paul Newman del Polo español. No tienen rival y para el gusto de quien suscribe son dos de los mejores jugadores del circuito, un punto por encima Pascual, quien disfruta de ser el jugador español con mayor hándicap. Por lo demás, la cosa fenece un poco a dos años del 50 aniversario.

Cambiaso ya no cena aquí, parece estar resfriado, como Sinatra en aquella pieza de Talese. Nero, Stirling y Polito Pieres ponen el color y la fuerza del carácter. Si una vez hubo un Juan Carlos Harriott que inventó un golpeo de tennis el día de mañana contaré a mis hijos que una vez vi a un polista acomodarse la bocha con un approach al aire y acabar golpeando de backhander –espaldas- para anotarse un gol que jamás volveré a ver en lo que me resta de vida.

En definitiva, cuando me vienen a golpear los recuerdos en  Sotogrande ya no estoy en el Santa María Polo Club si no en el puerto dando cuenta de más de un Aperol mientras el sol es empujado por el Terral para poner rojo el atardecer. Y los recuerdos golpean. Es iluso pensarlo, es fantasioso llegar a concluirlo, pero sólo nos queda el amor, y poco no es.

-¿Y qué oficio tienes? No es propio de caballeros tener oficio.

Si me preguntasen esto, al modo en que se lo preguntaron y respondió propiamente el conde Rostov, pensaría y haría saber que estoy mi oficio es la búsqueda constante de la tranquilidad, tranquilidad concebida como felicidad. Y ambas cosas suponen tener bajo un mínimo control todo lo que forma parte de la vida de uno. No estar leyendo más de un libro a la vez, cargar el mechero una vez a la semana, desanudar siempre las corbatas al quitarlas, nunca –importante- soltar más de dos hielos, dar dos golpes por cada cara de la pitillera antes de pecar, abrir las botellas de vino con un sacacorchos duro.

Afeitarse con cuchilla de rosca manual, porque la sangre sienta bien, raspar al besar, correr por correr, raspar al besar otra vez. Nimiedades que dan paso a tramas más importantes que no contará quien suscribe por no aburrir más de lo necesario. Al sentarme al poniente de agosto infernal a escribir pensé en escribir sobre el 50 aniversario de la llegada del hombre a la luna, porque, como dice un buen amigo escritor, nada gusta más a la gente que un aniversario.

Pensé en escribir sobre Slim Aarons, pero me tacharían de frívolo. Y al final me veo y confieso escribiendo sobre la nada aparente, de cuándo me enamoré peligrosamente en verano no siendo verano. Es que soy de los que creo que las cosas pasan no cuando pasan, si no cuando nuestra memoria decide cargar con la brigada pesada y acribillarnos con fuego de recuerdo.

La realidad es que cuando un hombre va a enamorarse tiene a favor el viento, pero los miedos en contra, los suyos y los de la otra parte. Ella y esta parte teníamos el viento a favor y sus miedos en contra, y no conozco a marinero alguno que haya sacado provecho del miedo en contra. Lo cierto es que al recordar a veces me cae mal, por lo intereseante que es, es la mujer más interesante que hasta entonces había conocido -con permiso de Annie Leibovitz, a quien conocí en un avión y con quien me tocó compartir asiento-.

¿Puede decirse que era la mujer de mi vida? En ese momento por supuesto que si, porque me caía mal, la odiaba, por imperfecta, magnética e irresistiblemente increíble que me resultaba. Tenía nombre de mujer del viento, aunque también podría llamarse Berta. En todas las novelas de Marías hay una Berta, en todas tiene el mismo carácter, en todas me parece admirable; creo que por eso llamaré a una de mis hijas Berta.

La navidad golpeaba mi hombro, nuestros hombros, y durante una tarde decidimos bañarnos en pacharán y abrirnos los ojos contándonos qué había sido nuestra vida en los últimos cuatro años. Idas, venidas, peajes, el momento en que algo cae dentro y hace `crack´, el amor, y de escenario: una ciudad que se desplegaba como océano insondable que o te traga o te encumbra porque es de los valientes.

Pero los valientes deben ir en moto cuando una reina como aquella calza un Mercedes, y yo no podía ni puedo conquistarle una ciudad. «Tu y yo de ser algo seríamos como Dido y Eneas pero escondería mi espada y me quedaría contigo en Cartago´´, le dije cuando ya era tarde. Al poco partía a París, quién puede irse a París en pleno invierno cuando el amor lo tiene en frente, y desde la ciudad nunca sumergida me preguntó sobre porqué no la besé cuando pude.

Ciertamente, llevo 30 años arrepintiéndome de muchas cosas, y en esa ocasión, al momento de la cuestión, me arrepentí por no haber hecho el hecho. Siempre el miedo, temblaban las piernas, el estar como un niño. Al menos nos quedamos con eso, me gusta acordarme de ella apoyada en la puerta de su coche, del «nos vemos justo a mi vuelta», de sus manos. Pero acabó resultando que el «nos vemos justo a mi vuelta» llevaba implícito que ella no iba a volver de dónde estaba… y la cosa está en arrepentirse sin arrepentirse, pues con beso todo hubiere acabado igual. Berta no leerá esto, pero ha sido en una tarde noche de poniente, al abrigo del puerto de Sotogrande mientras miro abrigarse en la noche al Peñón, cuando he decidido dejar que el recuerdo pueda conmigo, porque hubo un Diciembre cuándo no era verano en que me enamoré peligrosamente y todavía no se me ha pasado el frío del peaje.

Sobre el autor

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Jaime Fernández-Mijares

Nacido en 1989 en Sevilla. Licenciado en Derecho por la Universidad de Sevilla y Máster en Tributación y Asesoría Fiscal por la Universidad Loyola Andalucía. Forma parte de 'Andaluces, Regeneraos', proyecto centrado en la redacción de artículos para la regeneración política, económica y cultural de Andalucía. Le interesa la historia y las relaciones internacionales.

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