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Vientos de estraperlo

Revoluciones pendientes

Creo que van a matarme, creo que voy a morir, y si no estoy ni en lo primero ni en lo otro es porque estoy en una de las dos cosas. En el último mes, sin que los editores de esta parte lo supiesen o supieren, hice la prueba de estar un mes sin escribir. Un mes sin molestar, porque no molesta quien quiere si no quien se molesta en hacer como que no puede, y ahí, entre la página en blanco y la gana de escribir de mil y otra mil cosas me situé: sin coger la pluma más que para firmar el pie de una foto instantánea en una boda. De estas bodas del siglo XXI a medio camino entre el espectáculo y la tristeza por una despedida que no es, o que al menos no fue ya, acaso cosas distintas. You can´t keep me away from where I was born, canta Gregory Porter intentando buscar el camino que le lleve de vuelta a Harlem, y de alguna forma todos buscamos el camino con peor e imposible suerte. 

Entre approaches, backhanders y el tintineo del cigarro contra la bocha en fin de semana -el sexto día, el día en que Dios decidió que ya estaba todo lo suficientemente pagado- escucho a mis espaldas una de tantas lecciones que oigo en la cancha principal del Santa María. Ver polo es como sentarse a comer en la Feria, observar, ser visto, ser abrazado efusivamente, por el que ve sin querer encontrarse y no querer saber del otro, con un «malegroverte´´ protocolario -Gragera que estás en la tierra- y hablar de cosas absurdas mientras el color y la vida fluyen camino a un orgiástico futuro que retrocede y avanza sin remedio ante nosotros. Nosotros, meros espectadores. «Hace tanto calor que es imposible que todo esto siga en pie sin derretirse. Ese polista necesita nada, salvo morir, muriendo será invencible´´, dice el huésped no invitado. Intenta sorprender a quien escucha al lado, lo consigue, y lo cierto es que ya lo dijo el poeta, que solo nos queda la miseria para ser invencibles. Aunque Arturo Fernandez solo necesitaba y quería un último pedazo para completar su corazón.

Había que disfrutar el camino, no el final, no el trono, lo que importaba y lo que importa, lo bello, era y es el medio, el como. El final todos sabemos cómo será, el obstáculo pendiente e inesperado es lo que importa. Disfrutar el misterio que habita en la mirada ajena, lo que nadie ve y pocas tienen. De algún modo nos hemos concentrado en encontrar o querer encontrar ese último pedazo de corazón en distintos lugares o días. El de esta parte eran los viernes noche y una botella de Rivera y repetir en bucle la frase favorita de la historia del cine clásico, un diálogo interior, una historia que no será, porque eso es en el fondo hablar con uno mismo y pelear por conocerse: una historia que no es, que no va a ser. 

-Dígame, señor Lawrence, ¿Porqué le atrae el desierto?

-¡Porque está limpio!

Ahí estriba todo, en la sencillez al describir, y es que describir es vivir. Por atraer, siempre me atrajo la gente que hizo de su vida un sentido estático de revolución constante, y lo constante es lo que no avanza, lo que permanece. En cierta ocasión conocí a uno de esos jóvenes, que ya no son tan jóvenes, que estuvieron en las calles del París del 68. Me habló de cómo todo le pilló allí de casualidad, de las buenas ideas que tenían y como convencer a «quienes venían desde abajo´´ para hacerlas realidad. Siempre causa ternura esa expresión de «convencer a quienes vienen desde abajo´´, es como el niño que no quiere comerse las lentejas, como esta parte cuando empezó a odiar el chorizo después de tantas tardes de verano del cantábrico astur bajo el Hórreo con un bocadillo de chorizo que sobraba desde la primera vista. 

Un buen amigo poeta me dijo en cierta ocasión, «Desengáñate, las ideas no se comparten o se respetan, eso es una cursilada. Las ideas o se ratifican o se refutan´´. Y así es, así se ve, así tiene que verse; son cuestiones meridiana y diametralmente distintas el compartir o respetar. No hay porqué respetar lo ilógico, si no refutarlo y respetar el derecho a poder expresarlo, pues el respeto no estiba en asentir si no en admirar el derecho a vivir en batalla idealista, para ello fuimos creados; para batallar y querer ser felices mientras nos creemos infelices. El París de 1968 era un jardín de niños ricos que jugaban a ser rebeldes, no había otra explicación, de bellos efebos y espléndidas damas con cara de verano eterno en Comillas o Biarritz y tentempié ocasional de invierno en Puerta del Hierro mientras muestran pesar por la vida que les ha tocado.

París era el océano atlántico, Berlín el Mediterráneo, y ya se sabe por Berlanga que hay que desengañarse, que el Mediterráneo es un mar de pobres. El muro expirando y la Unión Soviética, con una república satélite como la Alemania Democrática -a medio camino entre lo Kitsch y lo histriónico-, eran la cadena que ahogaba a gente que fue obligada a ser gris. Los jóvenes «burguesotes´´ no iban a Berlín, porque los burgueses no van a batirse el cobre donde saben que no hay color ni favores. 

Desengáñate, las revoluciones en mi época las hacíamos los que veníamos del elitismo. 

-¿Y qué sentido tenía todo? 

-El sentido de enseñarles a los otros que podían vivir mejor, vivir como nosotros, y ya de paso hacíamos culpables a nuestros padres, que no estaba del todo mal. Para que haya ángeles revolucionarios debe haber demonios reaccionarios con caspa, aunque papá murió bien peinado y con pocas canas. 

-¿Y hacían lo que querían?

-Claro, muchacho, lo que queríamos y más, porque teníamos dinero. Yo entonces era Libertario, tanto que era frívolo. Ahora soy comunista, he decidido que quiero que todo el mundo viva igual de bien que yo, con el mar ahí cerca como lo tienes tú, un Dios de permiso al que le hablas como si fuere la mujer de tu vida que va a completarte el corazón. 

En ocasiones se piensa que el mundo pasa por delante sin reparar en nosotros. En no ser motor, ser estatua. Y todos somos estatuas de humo en un jardín de hojas muertas, muertas y bellas. Lo furtivo a cierta edad era perseguir ardillas que birlaban barquillos, lo normal a otra infundir ilusión de revolución. Lo triste, al fin, es que todo es finito: el verde de la juventud es una almohada y el asfalto una bofetada de realidad. Y lo único real que queda es el desierto, lo único limpio, como los pies de la cama; ese lugar perfecto para guardar cada noche la buena reputación. 

Sobre el autor

Jaime Fernández-Mijares

Nacido en 1989 en Sevilla. Licenciado en Derecho por la Universidad de Sevilla y Máster en Tributación y Asesoría Fiscal por la Universidad Loyola Andalucía. Forma parte de 'Andaluces, Regeneraos', proyecto centrado en la redacción de artículos para la regeneración política, económica y cultural de Andalucía. Le interesa la historia y las relaciones internacionales.

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