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Fotografía: Javier Carabias
Vientos de estraperlo

Los tres cielos de su nombre

Se supusieron que lo aprendería. Nadie me dijo: riega a la alegría. A Manuel Alcántara nadie le dijo que iba a venir al mundo a vivir, un hombre de mil golpes, él, que empezó como cronista de boxeo, me hubiera gustado hablarle de aquel hombre que llegó tarde a conocer a su hija recién nacida porque estaba en una velada clandestina de boxeo. De Alcántara asombra a esta parte la habilidad de quedarse donde toca, en el eterno curso segundo de jazmines. Porque los jazmines enseñan que las esencias están siempre donde y como tienen que estar, en la Ciudad que vive en los adentros de los hombres. Como el olor a café y naranjas de las calles de la infancia.

Se fue un mayo de justo 25 años ha Ayrton Senna. Aquel hombre que desbancó en fama en Japón al mismísimo emperador. Akihito, o Heisei, porque nadie conoce el nombre verdadero en vida del Emperador de Japón, porque no es necesario conocer el nombre de quien está unido al poder terrenal a través de una joya, una espada y un espejo. Pero todos saben que cuando muera será Heisei. La Paz ilustrada da paso a la era Reiwa, o la de la Bella armonía, porque la virtud siempre está en el equilibrio; el equilibrio entre el miedo y la responsabilidad. 

Se retira Santi Acevedo y se va sin hacer ruido, cortó su coleta y se fue. Probablemente -Nadie sabe- Santi, una bellísima persona con el misterio de la belleza en la sonrisa, ha perdido el miedo y el ser humano no puede ser virtud si no hay miedo que nos imprima el peso del mundo y del pecado original de vivir. Mirar la muerte a los ojos cada tarde, bailar con las manos la niebla, y la vida desmayada. Saberse cercano a la muerte cada tarde supone vivir con miedo y el miedo lleva a una gran responsabilidad pero de nada sirve la responsabilidad si no hay miedo, y luego viene la seriedad. Y todos los caminos alumbrados. 

Muchas veces descolgaba el teléfono y me preguntaba Bernardo cómo estaba, si corría y qué tal iba para el maratón. El corazón se le rompió hace días mientras entrenaba. Un Iron Man, un maratoniano; probablemente no sabía yo que soy maratoniano por él. Ahora lo sé, y la vida ha tenido que llevarse a Bernardo Castro para darme cuenta de que nunca correremos solos en la noche. Los hombres vivimos en la conciencia de lo invencible, ignorando que cualquier azar puede acabar con nosotros. La tarde en que murió le lloré, le guardé duelo mientras corría y lloré, lloraba corriendo al abrigo de la Concha mientras volvía la cara a las diosas jóvenes que empiezan a poblar  los clubs de playa de la milla de oro y que observan el sol que jamás se pone sin saberse cariatides portadoras de un mundo que pequeño les venía. La vida era eso, fugaz y sorpresa y aún no quiero ver que un amigo se me ha ido y nos dejó solos a quienes por la noche corremos sin compañía. 

En medio un suspiro, entre su vientre y el animal, la naturaleza. Cinco años hacía que lo descubrí allá en la tierra de Bambino, cuando aún danzaba entre las sombras del rostro del toro sin caballos. Ya entonces era un martillo que clavaba los meses con la panza de su muleta y los pasaba a natural y derechazo como quien besa despacio y con la vida desmayada. Pablo Aguado es todos nosotros con todos los miedos, un hombre que sueña y vive lo que los demás no nos atrevemos porque nos dio miedo ser toreros. De tal forma se metió a la ciudad en el nudo de su corbatín que todavía dicen que está terminando de dar un natural. 

Pero, ¿ahí en medio qué hay? Un suspiro, abuelo, entre su vientre y la naturaleza está y cabe la vida entera por los años de los años. Esto lo ha puesto del revés en un festival salvaje en el que los pitones volaban a la velocidad de lo irreal, las muñecas y las caderas se rompían tejiendo lo inmutable y el toro acariciaba con sus ojos la tela, la piel del otro. No queremos ver que amanecerá de nuevo y todo tendrá que volver a acabar, porque eso es vivir: un continuo volver a acabar que se cierra al amanecer cuando entre sábanas la ciudad se despierta poco virgen porque tiene el Príncipe que deseaba. Siempre lo tuvo. Morante limpia lágrimas al toro, o sangre, o las dos cosas y todos somos esa lágrima, todos somos ese cielo que da y quita. Es un escándalo vivir con tanto misterio dentro y saber que lo que se creará jamás se olvidará. Pablo Aguado es muy y mucho de él y siempre fue su momento. Engaña al toro diciéndole la verdad. No sé si esa frase era de Fernández de Córdoba o de quién, pero no se me ocurre mejor declaración de amor que esa. Mirar a los ojos y contarle los engaños desnudando la verdad. Aún tiene los pies clavados en el albero, aún está la capa volando, aún está mirando al cielo el torero porque sabe que es suyo, pero su obra no tiene nombre. ¿Qué nombre tiene el cielo?

Sobre el autor

Jaime Fernández-Mijares

Nacido en 1989 en Sevilla. Licenciado en Derecho por la Universidad de Sevilla y Máster en Tributación y Asesoría Fiscal por la Universidad Loyola Andalucía. Forma parte de 'Andaluces, Regeneraos', proyecto centrado en la redacción de artículos para la regeneración política, económica y cultural de Andalucía. Le interesa la historia y las relaciones internacionales.

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