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Cayetana Álvarez de Toledo en una entrevista a Vanity Fair / Vanity Fair
Vientos de estraperlo

Todas llevan su nombre

A la deriva, así estaba, mejor dicho, se estaba, se tenía porque el estado de ánimo es una posesión cuando nada que perder se tiene, tener o no tener y si lo necesitaba silbaba, como si ella vestida de Lauren Bacall le hubiera cambiado el papel a Humphrey Bogart. No le importa estar a la deriva, buenamente pasaba más tiempo esperando el momento y oportunidad indicados que gastando ese momento y oportunidad marcados; pintando las mañanas con sus pies, con sus manos. Con su pestañeo de color a medio camino entre su trozo de Atlantico y California, como su pelo.

El perfil de Cayetana Álvarez de Toledo encaja en cualquier carácter femenino del Hollywood dorado de los 50, su porte regio encaja al lado de cualquier palabra del diccionario que rime en definición con el hielo. La noble argentina y española no encaja en el cajón buenista, no gusta a los hombres que entienden la política como un juego de ceder.

A Cayetana no le gusta que le enlaten el slogan, tampoco que le manden que lo diga, no es mujer que vaya a seguir siendo cómplice de la disonancia cognitiva en la que se nos ha sumido la mano izquierda del reino de Aragón. Es un soldado de la brigada ligera que no vino a quejarse ni a agradar. Probablemente no vino a quedarse.

No se había visto una mujer en política con semejante mirada de adiós desde Carmen Díez de Ribera, y el punto en común entre ambas quizás sea la vida apasionante que a sus espaldas llevan. Un árbol genealógico cuyos hitos sólo pueden explicarse sentados y con café, copa y puro.

Si Cayetana no fuera noble debería gritarnos a todos ‘¿qué queréis entonces que sea?’, y es que hay mujeres que nacieron para reinar y mujeres -y aliados- que nacieron para decirle a otras que son menos mujeres por ser ambiciosas. Lo segundo no es sentido existencial, es la máxima expresión del patetismo.

‘¿Pero dónde va, si es marquesa?’ preguntan los aliados antes de sacar a pasear su paternalismo impostado pontificando sobre la mujer que es menos si milita o piensa una cosa o la otra. Bien haría más de un academicista en ponerse en bucle la escena de la sobremesa de Gigante en la que Liz Taylor se ríe de todo Texas. Alguien cercano me decía esta semana que es terrible, que es como mucha gente, que debería rebajar el tono.

Cierren los parlamentos, que resulta que es verdad que la política es ficción. O ‘verdá’ dicho así con acento madrileño de Madrí. El hecho más palmario es que unos tienen por fin el monstruo que llevan años banalizando dibujándolo en la piel de quienes eran corderos acomplejados, y ahora llega el miedo al monstruo banalizado. No obstante, nada pasa, el partido de letras verdes tiene el mismo peligro que las risas en un circo.

Cayetana Álvarez de Toledo ha llegado a la política y no entiendo porqué, como jamás entiendo cómo las personas inteligentes llegan a la política o quieren estar en política. No la tendrán en cuenta más que como tótem y solo unos pocos recordarán que viene de Oxford y lleva a John Elliot en la mirada.

La nueva gacela de mirada de adiós durará en los foros -por desgracia- Lo mismo que su antecesora: bastará una traición para que huya. Su legado, que el parlamento español será ese amante de mil nombres que sentado se quedará ante la ida de la mujer. A los mortales nos quedará el consuelo de saber qué Cayetana no es distinta, porque todas llevan en su viento escrito su nombre.

Sobre el autor

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Jaime Fernández-Mijares

Nacido en 1989 en Sevilla. Licenciado en Derecho por la Universidad de Sevilla y Máster en Tributación y Asesoría Fiscal por la Universidad Loyola Andalucía. Forma parte de 'Andaluces, Regeneraos', proyecto centrado en la redacción de artículos para la regeneración política, económica y cultural de Andalucía. Le interesa la historia y las relaciones internacionales.

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