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Vientos de estraperlo

El cansancio dorado de la esperanza

Nacer, y al nacer llegué a la vida cómo creyendo que antes que yo nada había conocido el mundo y la vida. Pero la vida y el mundo son esa mujer del bolero de Vicente Rodríguez que cantaba Nat King Cole: Déjame imaginar que no existe el pasado y que nacimos el mismo instante en que nos conocimos’. He gastado más palabras de la cuenta, como buen orate, para decir que mientras alguien lee esto la vida pasa por delante de sus ojos siendo ajeno al hecho de que mañana lunes cumplo 30 años y estoy cansado.

Se critica a esta generación por tener siempre una tez de cansancio, un gesto arrastrado como de vencido en Las Ardenas de la edad. Drama no ajeno, la generación anterior experimentó lo mismo, una suerte de aviso de crisis de los 40 pero con un 4 venido a menos que es el 3, porque 3 son la santísima Trinidad: Dios Bronthe, Dios Foster y Dios  Coltrane. Quien suscribe nació el 11 de marzo de hace treinta años, el mismo día que nacieron a Astor Piazolla, quizás por mi hilo con Piazolla a veces quiero ser tan triste -es como definen algunos ser un alma libre cuando se extrañan sobre el hecho de ir a los sitios solo-.

Tras 30 años alguien puede y debe preguntarse qué ha hecho en la vida, qué tiene, por qué sería recordado si mañana sonaren por él las campanas. Qué hice: menos que otros, nada. Por qué seré recordado: mejor no hagamos daño. Qué tengo: muchas vitolas de puros guardadas, más entradas de toros de las que imaginaba a esta edad -muchas inmerecidas-, el Betis, mucho café bebido con necesidad y sin gustar y una colección de desastres y dramas en eso que llaman amor que da para una novela o poemario, de esas obras ñoñas que me niego a leer. Y es que, nuestra existencia tiene esencia en anhelar lo que otros fueron, lo malo es que el pasado acaba ocasionando dolores articulares por mor de estar constantemente mirando al pasado de otros.

Antes de los 30 Chaves Nogales había escrito La Ciudad, Hemingway había escrito Fiesta y tenía una guerra a sus espaldas, Steve Prefontaine atesoraba récords nacionales de atletismo como si se trataran de una colección de perfumes y Amelia Earhart había batido un récord de altitud en vuelo. Hoy, lo más que se tiene con 30 son golpes de los que presumir, algún viaje, aunque siempre está el mar, siempre. Se salva el día llegando y volviendo por la misma avenida, una mole de asfalto que lleva nombre de un caballerete con bastante cara y más orgullo. El momento apreciado, aún así, es la noche. La finitud del día. Estar cansado si, de la repetición, la rutina, cansado de que el vencedor siempre está solo y a nadie se le puede contar esto, más allá de los bartenders, porque es mejor decir bartender que waiter o camarero, pues los que guardan las barras enseñan a ser caballero sin pedirlo.

Pronto se cae en la cuenta de la oquedad del día soleado, de que todos, los miles de millones que habitamos el planeta somos vivos sin sabernos vivientes. ‘En días así, la gente me cuenta las heridas que tiene sin yo pedírselo. Como si fuera una monja’, me dice el bartender al otro lado de la barra. Tras él, fotos de Sinatra, Stewart, Deborah Kerr, Lola Flores, Curro Romero o Ricardo Soriano firmadas. ‘Vamos a hacer una cosa, hijo, tú me dices cómo se hace el Martini Spirit de manzana ese y el próximo día que vengas me tomo yo uno contigo, invita la casa’. No le corregí la forma de decir Apple Martini Spritz porque es mejor que como se dice correctamente. Me contó que aprendió a hacer el Dry Martini porque le enseñó Robert Deniro una noche en la que apareció ya cerrando el bar y siguió limpiando el polvo inexistente de la barra. ‘¿Sabes qué, hijo? Aquí aprendí que todos, ricos y pobres tienen heridas, pero los pobres sabemos llevar con menor dificultad la vida, pero la menor dificultad es muy traicionera’.

Al irme, ya cerrado el viernes noche, velando un manto de mis propias sombras por las calles estrechas de una ciudad porteña que acaba seduciendo sin querer, con las piernas cargadas -siempre el eterno maratón- me despide con la sonrisa de cada viernes, ‘el que viene ya vienes con 30 costados, ‘¡ojalá llegues tarde!’. ‘Muchas gracias’, le respondo. En ese momento sale al marco de la puerta y me dice, desenfundando un Ducados, que esas dos palabras y ‘buen trabajo’ son las peores palabras que pueden decirnos en nuestra vida.

Caigo en ese momento en el recuerdo de Whiplash, una película que acaba y te deja la cara como si te hubieras estado de sparring del propio Urtain de tan certeramente dura que es. En un momento de la película, JK Simmons le dice a su pupilo precisamente esas dos palabras son lo peor que pueden decirnos. Simmons en la piel del profesor Fletcher es un auténtico autócrata del Jazz que acaba redimiéndose porque se da cuenta que jamás conseguirá otro Charlie Parker. En la iridiscencia de la primavera de la vida observo ya que el buen juicio impera y que puede que en la treintena se ronde el cansancio, pero rondan también siempre las ganas de seguir, porque nada acaba hasta que no termina la pelea. Y, sinceramente, yo y mis costados siempre tenemos ganas de más, siempre tenemos ganas de más.

Sobre el autor

Jaime Fernández-Mijares

Nacido en 1989 en Sevilla. Licenciado en Derecho por la Universidad de Sevilla y Máster en Tributación y Asesoría Fiscal por la Universidad Loyola Andalucía. Forma parte de 'Andaluces, Regeneraos', proyecto centrado en la redacción de artículos para la regeneración política, económica y cultural de Andalucía. Le interesa la historia y las relaciones internacionales.

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