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Vientos de estraperlo

Yo, que tantos hombres no fui

Yo, que tantos hombres no fui, siempre volví el rostro a la evidencia de que antes que los dioses ya estabas tú ahí. Huyes corriendo a tu primavera, la que empieza en miércoles y acaba en día cualquiera.  Deja que La Luz venga, que se vaya, que nos deje estar y la noche nos coja por sorpresa recogidos en la curva más bella de tus calles. Mirémonos, engañémonos diciéndonos la verdad, que nos amamos y no te irás, que no amanecerá y me dejarás creciendo huérfano en el frío abrigo de tus rincones. Mátame cuando me toques, que de tanto odiarnos y querernos hace tiempo que le ganamos la batalla a la eternidad.
A ti he nacido sin saberlo, en ti he crecido cuando me hablabas de tus otros amores. De los poetas que te tiraban versos desde los tejados, de emperadores de medio día, de los hombres que viven en un duelo con la muerte. Yo encontraba la Alegría hasta en tus días malos y te llego a amar sin merecerlo, porque muero en tus mañanas, cuando las miradas amargas de despedida entre sábanas matan.

Tú misterio es el lugar al que voy a romperme para abrirme a ti. Me embrujas con tu rostro de Noviembre, porque, reina, tú y yo sabemos que eres para mí, pero hicimos el pacto de vivirte sin tenerte. Desde la lontananza en la que la vida y los días me mantienen. Soledad en la noche cuando guardas silencio y empezamos la guerra con nuestros ojos. En el despertar me cuentas de dónde vienen los dioses, mientras con tus cadenas dejas mi corazón cautivo. En el camino que va de tus manos a tus piernas se pierde mi conciencia… y caemos en la cuenta -entonces- de que sobra el paraguas, que la lluvia es agua que me hace crecer y morir en tu rostro encalado.

Ya se va yendo tú luz y la noche nos dice que saquemos pasaporte a los cielos perdidos que reposan en tus pies. Rendido, muerto en tus manos, te pido permiso para un último beso; y todo es ahora una batalla entre tus sábanas. Ese aroma desvelado de lavanda de tus labios que cae en mi será el nombre que pondré a los vientos que te revuelven el pelo al que me agarro siendo un náufrago sin patria. Recuerdo el amor de una noche de viernes en la que Cristo iba muriendo camino al arrabal, su nombre significaba ‘la que libera’, y aun habiéndose marchado tiempo ha, aún seguimos los dos abrigados cerca de la plaza en la que los hombres bailan con la muerte.

Como el niño que no dejé de ser, duermes, despierto en ti. Observar tus brazos, acariciarte y ser todos los que te aman: Ese cómico que fumaba con garbo y carita de adiós, aquellos hombres que se abrigaban la muerte en el pecho, los otros que -como yo- te veían amanecer. Ya se está bajando el telón de otra de mis vidas. Soy el cazador en tu noche, así que, recreada en tu belleza, explícame qué es el amor y qué el odio. Mi guía en el mar, batida y nunca sumergida, mi brújula en el desierto.

-¿Me entregarás tu reino?
-No regalo a quien pide permiso para amarme.

La mañana te va atravesando y te viste desnuda al sol, sin prisa. Y es ahora cuando sé que esa pureza virginal en los estertores de la mañana es el nuevo sentido de esta existencia tan de los dos. Te prometo ser ese niño que sale corriendo a gritar callándome tu nombre, hoy y por siempre. Y si amanece, nos vamos. Tú por tu lado, yo por el mío, que es donde tú vayas. Regálame tu nombre, ponlo en mi alma y respira dentro de mi. Te buscaré llamándote mientras me pierdo en tus calles, y con el rubor de los vencejos encontraré el camino que lleva a ti. Eso era el amor, tú nombre de ciudad.

Sobre el autor

Jaime Fernández-Mijares

Nacido en 1989 en Sevilla. Licenciado en Derecho por la Universidad de Sevilla y Máster en Tributación y Asesoría Fiscal por la Universidad Loyola Andalucía. Forma parte de 'Andaluces, Regeneraos', proyecto centrado en la redacción de artículos para la regeneración política, económica y cultural de Andalucía. Le interesa la historia y las relaciones internacionales.

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