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Lena Headey fotografiada por Stefano Galuzzi.
Vientos de estraperlo

Rugidos a media noche

Cree recordar quien suscribe que fue Dostoievski quien escribía sobre la parte mala de no tener miedo. El promiscuo boyardo decía que temía el día en que llegase a no tener a la muerte, porque entonces a algo habría de temerle. Lo tenía difícil el hombre que estuvo muerto.

La dureza de Siberia se le metió en la sangre, algo que patente quedó en toda su obra. La gran tragedia de uno de los cuatro pilares de la literatura universal fue no saber para qué vivía. No fue la ruina, la muerte de su mujer María o su detención y condena a muerte por estar en el lugar menos indicado.

Sin saberlo, Dostoievski vivía en, con y por el propósito inconsciente de no temer a la muerte. Es sabido que los propósitos vitales de los hombres pasan de largo ante nuestros ojos y se convierten -sin saberlo nosotros- en nuestro sentido existencial, y el del hombre que estuvo muerto era vivir en la tormenta. Lena Headey, ignorándolo, tiene un hilo invisible con el maestro ruso. El hilo invisible queda proclamado como aquello que uno hace diferenciado de lo que otros hicieron.

Se supo, semanas atrás, que Harvey Weinstein frenó en seco la carrera de Le a Headey al esta negarse a aceptar las proposiciones poco nobles y decentes del orondo y exitoso productor. El ego de Weinstein era y es tan grande como su grasiento latifundio corporal, y hoy purga y camufla su vicio fingiendo una adicción al sexo que no es tal para aparecer ante sus otrora admiradores como un enfermo.

‘Nena, yo soy tu aliado para conseguir tu Oscar’, habrá dicho en más de una ocasión. Y la mano de Weinstein se alargaba para algo más que para el Oscar.

Todos asistimos palmando con las orejas a ese empoderamiento impostado por las hembras de Hollywood dirigidas por Opprah y Meryl Streep. The time is up, decían; la una compadreaba con el ogro, la otra le aclamaba como un Dios. Tuvo que llegar Glenn Close no mucho ha para poner un poco menos de cordura y decir que las mujeres entre ellas se celebran, que no hay envidia.

Afortunadamente los únicos que no tienen los pies en la tierra y creen esto último son los llamados aliados masculinos que lo arreglan todo con un ‘brava’ para arrimar las armas a las ‘protegidas’.

Ya dije hace unas semanas que decirle a una mujer de qué tiene que tener miedo es lo más paternalista que existe, básicamente porque el ser más inteligente que existe no necesita de un hombre para protegerse. Ellas mismas se valen, con que nosotros no molestemos es más que suficiente.

Resulta que Weinstein también truncó la carrera de Mira Sorvino. Y si no paso porque le revienten la carrera a Headey, menos pasaré porque se la trunquen a Sorvino. Siendo niño, una noche en la ciudad, cuando aún me guiaba la mano de la madre por las calles, me sorprendió paseando por la Calle de la Mar Mira Sorvino junto a Peter Berling.

Creo que fue en ese instante cuando comprendí todos los hombres que sería y todos los que no sería. Si sería un hombre que se quedaría prendado de la belleza al instante. Aún siendo un infante me dejó fascinado la belleza de Mira Sorvino. Ella, de vuelta de todo, con un Oscar, y ya entonces -Yo ignorante- con su carrera truncada por un monstruo que va llorando dándoselas de enfermito mental.

La heroína no era Streep, ni Opprah. Las heroínas eran Sorvino, Headey o Judd, quienes en silencio se reponían y dentellaban a la vida a la que las condenaron. Las heroínas eran y son esas bellas jovencitas llegadas de Iowa o Minnesota y con su sueldo de camareras en Los Ángeles salían adelante intentando cumplir su sueño en el cine, negándose a las proposiciones indecentes de babosos sin escrúpulos que prometían papeles a cambio de noches negras.

Recuerdo a Sorvino caminando como lo que es: un león que ruge con un pestañeo. El personaje de Headey es una villana que a medida que avanza la serie daña más con la mirada que con las manos. Sufre, no cae, se repone, vuelve a caer, lo reduce todo a cenizas y se hace grande. El lema de su familia es Hear me roar. Óyeme rugir.

Weinstein languidece hoy encerrado en si mismo, y lo que le queda, y en la vida real Headey reina sin una sola palabra de más. Parece que el lema Lannister estaba hecho para ella. No, no se puede ser aliado, como mucho se puede ser paternalista, algo de lo que alguno hizo su negocio; porque no sabemos rugir. Eso solo lo hacen bien ellas. Antes que presumir de aliados, dejémoslas rugir, no nos dieron permiso para hacer el payaso mientras nos dan una lección sobre cómo se reina en esta jungla que es el mundo.

Sobre el autor

Jaime Fernández-Mijares

Nacido en 1989 en Sevilla. Licenciado en Derecho por la Universidad de Sevilla y Máster en Tributación y Asesoría Fiscal por la Universidad Loyola Andalucía. Forma parte de 'Andaluces, Regeneraos', proyecto centrado en la redacción de artículos para la regeneración política, económica y cultural de Andalucía. Le interesa la historia y las relaciones internacionales.

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