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Vientos de estraperlo

Resol y ocaso

Se puede, se debe, creer en el destino; pues creer en él es creer en la muerte, pues sólo con la muerte se alcanza el destino, y no se sabe qué sino nos espera hasta que morimos, y llegados el día no somos conscientes del mismo. Truena -tronaba, pero tan presente lo veo que creo que fue ayer u hoy mismo- y apura en su sillón la picadura en su pipa de madera como siendo consciente del placer que le espera con el aspirar y paladeo del tabaco.

Como los viejos lobos de mar, un lobo de mar que observa el mar como si observara a la hija que se le fue, como si observara al nieto que se le fue -al menos esto último no tuvo que vivirlo-. Tras pocas palabras y pestañear rápido observando a través del cristal emitía su juicio definitivo, ‘va a seguir así, y mañana lloverá, aunque hará resol, pero hará malo’. Notaba los ojos que espiaban detrás de mi, no levantando dos palmos del suelo ni siendo consciente del destino inmediato seguro que me esperaba: estrellarme contra alguno de los dientes del timón convertido en mesa para aquel salón. Y entonces si, ya había dado con los huevos en la ceniza, como otras veces escuché años más tarde.

Y de cura, mientras tronaba, los besos con aroma a colonia tan fuerte como la voluntad de un náufrago en tierra y pipa de espuma de mar. Hablar del tiempo a menudo se tilda de patético o ridículo, a esta parte y a mis alturas no me resulta alguna de las dos cosas. Al contrario, vengo de una tierra en la que el tiempo es muy importante. Si llueve se sale y si no también, y las mismas risas hay. Siempre me ponían de mal humor las noticias sobre el tiempo. Oh, sorpresa, llueve en invierno y hace frío, hace calor en verano; la última hora de lo obvio, es como esa escena de Los caballeros de la mesa cuadrada en la que el caballero negro, sin brazos ya, dice que todas sus mutilaciones son solo un rasguño. La catarsis de lo evidente en su devenir diario y estacional.

Estamos de acuerdo en que poca gente cumple sus deseos, ya lo decía James Dean en Rebelde sin causa, cosa distinta es que veamos el lado bueno de las cosas, la buena vida aparente, las risas, el vino, pero cuando se baja el telón la historia tiene siempre el mismo guión: los vencedores estamos solos. El deseo estacional: invierno-frío-lluvia-sofá-manta-canal TCM. Por eso es bueno hablar del tiempo o tener conversaciones de ascensor o de salón. Cuando quien suscribe no guardaba idea de quién era Freddie Mercury, en la época del amanecer del tiempo, del golpe de cabeza de timón y aroma de Baron dandy mezclado con pipa de espuma de mar empezaban a asaltar los ídolos. Escuchaba en esas tardes de verano -porque el verano era así: nublado en sus mejores días y con resol del Cantábrico- las historias sobre aquél tío que se fue a Estados Unidos con una vida delante y las manos atrás, o sobre el bisabuelo que en Cuba dormía bajo el mostrador de la tienda en la que trabajaba.

Entonces asaltaban los recuerdos de los carnavales de verano, del verano de sus vidas y de la música, siempre la música. A día de hoy, en el carnaval de verano, el pinchadiscos se decanta por temas modernos como Mami Panchita, de Juan Erasmo Mochi, y de ahí al cielo mismo de la memoria joven de los nacidos en los 60: Tino Casal. ‘Era un fenómeno’, decían algunos en aquel salón aquellos días nublados de verano, ‘venía mucho por aquí’, decían otros. Tino Casal Álvarez fue un ídolo, y es hoy mito, que nada tiene que envidiar a otros de estética New romantic como Freddie Mercury o George Michael. Crecí, fui creciendo, con Casal como ídolo secreto, tan solo compartía esa idolatría ocasionalmente con mi madre, como si fuera algo furtivo adorar a otros ídolos que no fueren Dios.

Cierto es que cabrea escuchar noticias en el parte al estilo ‘en invierno hace frío y nieva’, o ‘en verano hace calor, refrésquense’, no obstante, debo a esas conversaciones sobre el tiempo, en un salón de madera donde el café y la pipa no podían enfriarse, el haber conocido la vida y la música de un genio como era y es Tino Casal. Véase, que cuando llueve no llueve, si acaso hace malo, saldrá el sol, resol, pero seguirá malo, diluviando, si bien al menos nos queda el consuelo de que en esos días no veremos el sol y con las cosas buenas nos quedaremos, al fin al cabo, como él cantaba: solo somos pobres diablos que miramos al cielo y nos preguntamos ¿qué hacemos aquí?

Sobre el autor

Jaime Fernández-Mijares

Nacido en 1989 en Sevilla. Licenciado en Derecho por la Universidad de Sevilla y Máster en Tributación y Asesoría Fiscal por la Universidad Loyola Andalucía. Forma parte de 'Andaluces, Regeneraos', proyecto centrado en la redacción de artículos para la regeneración política, económica y cultural de Andalucía. Le interesa la historia y las relaciones internacionales.

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