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Escena de Al este del Edén, película de Elia Kazan
Vientos de estraperlo

De padres e hijos 

Los mejores momentos de mi vida -hasta ahora- transcurrieron en una sala de cine. En la oscuridad. El otro ‘Yo’ de uno diría que en la parte trasera de un coche, ese sería el ‘Yo’ frívolo, que no egoísta. Una sala de cine tiene esa vertiente real e ideal de belleza, una belleza centrada en la incertidumbre ante lo que va a pasar… o lo que no. Al contrario que la belleza que guarda la parte trasera de un coche, una belleza frívola y convulsa que nace tal como muere: de forma fugaz.

Siempre centrados en lo común, pero ciertamente, lo común es distinto de lo enseñado, lo transmitido al hijo. Vio rostros que ya no verá y cuyos nombres recuerda, y yo recuerdo rostros, nombres y aromas, también cabellos entre los que me enredé; ojos de los que no quise salir y que recuerdo en ocasiones sentado en el capó del coche del tiempo que me alumbra. Por gustar, me acabó gustando la saga Alien, algo que nunca entré a discutir que pudiera gustarme. Disfrutamos juntos la saga Star Wars, y siempre ríe -ahorrándose el capón- cuando le digo que todos los cincuentones tienen por favorita El imperio contraataca o El retorno del Jedi.

Lo más que debo agradecer es la enseñanza indirecta a humanizar algo tan perfecto como una ciencia exacta, a verla como imperfecta. He leído más biografías de genios de la física y la ingeniería que de grandes Juristas. Ha leído más novelas sobre Abogados antes que otras que tuvieran por protagonistas a idealistas que desafiaban la técnica de su tiempo. Se quedó de Doce hombres sin piedad con la forma en que la mente humana es capaz de investirse de perfección y obrar el milagro de la persuasión, y cada vez que vemos juntos la tanda de penaltis que le dio al Betis su primera copa del Rey pausamos el vídeo en los vuelos de Esnaola y siempre me dice lo mismo ‘¿sabes que solo los cuerpos de masa infinita pueden viajar a la velocidad de La Luz?’, y entonces aprendo que es imposible volar, pero la teoría de la relatividad no habla de cuerpos de masa eterna, porque la eternidad del Betis nada tiene que ver con lo infinito.

De las pocas veces que lo vi emocionarse una de ellas fue mientras veíamos Lincoln, de Spielberg. Dos hombres sentados frente a frente, Lincoln y el general Grant, ‘Hemos ganado la guerra, ahora llévenos hacia adelante’. Al salir sabía que se quedó en esa escena y me miro diciéndome ahora que ya tenía la vida era la hora de librar mis propias batallas. Sabía entonces cómo no tenía que ser, tener una comedida vehemencia para no caer en la soberbia, no caer en la soberbia del general Lee, el general del sur demócrata y esclavista que no se desmonteró ante Grant cuando Grant y su compañía se descubrieron regalándole los honores que no merecían.

‘No seas como son contigo, por muchas ganas que tengas de ser despreciable de la misma forma que lo han sido contigo. Se como te gustaría que fueran contigo, solo así te ganarás el debido respeto’. Una evidencia que jamás me dijo, pero me lo advirtió. De todo, lo mejor que aprendo y aprendí de él es que la virtud -su virtud- está en el equilibrio, y en todo reside el equilibrio. Me empeñé por humanizar su mundo de ingeniero para entendernos y se empeñó por creer perfecto mi mundo de leyes y sentencias imperfectas pero comprensibles. Todo por esforzarnos por ver las cosas desde el punto de vista del otro para entender las circunstancias propias.

Durante el colegio leí El camino de Delibes con una indiferencia propia de la edad. No entendí el significado hasta bien pasados los años. La partida del hijo, el padre que espera y despide siempre. Nunca me gustaron las despedidas, mejor dicho, nunca me gustó mirar atrás después de despedirme. Cada lunes a las 6 de la mañana, cuando me despedía al pie de los escalones de la estación que diseñaron Cruz y Ortiz, para coger el primer tren camino a la nueva Atenas nos despedíamos con un abrazo y la Castilla de Delibes de la que había que partir -para mi- quedaba proyectada en ese metro cuadrado corto en el que mi padre y yo nos abrazamos. Todo lo que nos queda, la mejor lección, acaba siendo un deseo: que mi padre acabe admirándome tan solo la mitad de lo que le admiro; porque todos los hijos aspiramos a eso.

Sobre el autor

Jaime Fernández-Mijares

Jaime Fernández-Mijares

Nacido en 1989 en Sevilla. Licenciado en Derecho por la Universidad de Sevilla y Máster en Tributación y Asesoría Fiscal por la Universidad Loyola Andalucía. Forma parte de 'Andaluces, Regeneraos', proyecto centrado en la redacción de artículos para la regeneración política, económica y cultural de Andalucía. Le interesa la historia y las relaciones internacionales.

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