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Roman Vasyanov, y es Brad Pitt en el set de rodaje de Corazones de acero
Vientos de estraperlo

Envejecer: la triste historia de los Dandys españoles

La noche, las estrellas. Algo normal a primera luz. Observar la noche mientras la humedad golpea el acerado y el asfalto de una avenida abierta en canal que ni una sola gota de sangre lleva a estas horas de la noche. Tiempo ha leí/vi una viñeta mágica del New Yorker en la que unos mafiosos discutían sobre cómo torturar a su víctima hasta que el jefe ‘dio en el clavo’: dejémosle sentado bajo las estrellas, para que así vea lo insignificante que es. Ciertamente al leer tal cosa uno siente una mezcla de miedo y resignación. Miedo de tanta insignificancia, resignación ante la toma de conciencia de la propia insignificancia.

Si algo empieza a apreciar uno en la insignificancia es salir tarde de trabajar. Ya en la noche. Pesan las horas, si, el cuerpo, el alma, los golpes; pero pesa más la satisfacción de poder plantarse en esa avenida, observar a derechas e izquierdas y arriba, a las estrellas, y entonces, tomar cuenta de la insignificancia propia mientras se observan las estrellas -cegadas por la luz- peleando con el humo, y el rocío empeña el alma en enfriar los callejones de la memoria. Esa Avenida lleva por nombre el de un hombre que no solo vivió de mujeres, ni tampoco murió de tantas ellas -parafraseando a González Ruano-. Ricardo Soriano y Scholtz von Hermensdorff, hay que recitar -que no decir- sus apellidos, da nombre a la vía principal de cierta villa porteña pegada al Mediterráneo, coqueta a destiempo y embelesada ante su espejo presente y pasado. A don Ricardo le fueron a nacer en Salamanca, pero vivió y cumplió el mejor propósito de un caballero en la villa a cuya arteria principal da nombre.

Inventor, aviador, deportista, socarrón… después de esa semblanza plena saltaría como un resorte ‘bueno, también soy Marqués de Ivanrey’. Como inventor se le atribuye la invención de la moto de nieve y la cosa no queda ahí, revolucionó el bosleigh fabricando uno de acero, hoy categoría olímpica de invierno. Mención aparte que otro dandy, Alfonso Cabeza de Vaca y Leighton -marqués de Portago- , Gonzalo Taboada, Luis Muñoz Cabrera y Vicente Sartorius consiguieron en dicha categoría el primer diploma olímpico en unos Juegos Olímpicos de Invierno para España. De hecho, la única medalla mundial de España en esta categoría la conquistaría Portago junto a Muñoz Cabrera en 1957. Y hasta hoy.

Soriano quiso también revolucionar el motor y decidió que sería buena idea separar la caja de cambios del motor y unida al eje diferencial. El marqués de ascendencia teutona no se conformó con todo eso, también se decantó por la producción cinematográfica y a él se le debe el Perro andaluz, de Buñuel, pues fue quien financió la cinta. A Soriano, dandy nonchalant, también le debemos que Normandía sea recordada como el principio del fin de Hitler. La revolución planteada con su invención en el motor fueraborda fue vital para la creación de las lanchas Storm del ejército de Estados Unidos. Entretanto don Ricardo también moría por las mujeres, vivía por ellas, quizá no lo suficiente o quizá más allá de lo necesario. Leyendas van y vienen diciendo que tenía una colección de vellos púbicos femeninos, dato último que Berlanga recogió en La escopeta nacional.

Si Soriano tuvo por tragedia envejecer, Portago no tuvo tal suerte trágica. Alfonso Cabeza de Vaca y Leighton fallecía compitiendo en la Mille Miglia a los mandos de un Ferrari. El Marqués de Portago murió en 1957 dejando desolada a la última persona que le vio kilómetros antes de estrellarse: Linda Christian. Portago tenía tantos… portagos que decidió parar su coche cuando iba en buena posición para besar a su chica. El resto es historia. Portago es considerado hoy como el último Gentleman driver, una época de la fórmula 1 en la que los pilotos debían ese apelativo a su hidalguía y blasones. Portago murió, pero Soriano vivió, amó, inventó por los dos.

Podría decir la mala lengua que Soriano vino al mundo a estar de vacaciones por ser noble y rico de cuna, pero don Ricardo -en su devenir apasionante- decidió empezar a inventarse la villa a la que regaló su nombre para ser arteria principal. Fue entonces cuando, en este paseo desde el que escribo -que entonces no era paseo-, desembarcaron James Hunt, Sofía Loren, Rock Hudson, Kim Novack, Gina Lollobrigida, Rainiero de Mónaco, Grace Kelly, James Stewart, Ava Gardner, Brigitte Bardot, Audrey Hepburn, Mel Ferrer, Gianni Agnelli y Deborah Kerr entre otros.

El genio inventó, vivió, no fue ajeno a los placeres y se dejó deslumbrar por las estrellas que lo abrigaban cada noche. Murió  con casi 90 años y rozando la ruina pero fuere probablemente de esa clase de caballeros que, llegado el momento del noble propósito, no se arrepienten y se arrodillan ante el creador.  Mientras recuerdo al abrigo del café al dandy entre dandis de entre todos los caballeros las Españas observo la belleza inmutable. Sentada, mientras, sus dedos juegan con su barbilla, y su pelo -recogido con un lazo blanco- juega como una balanza que decide entre el todo o la nada. Al reparar la dama en la mirada ajena, uno sale corriendo, huyendo al hogar y de paso por la avenida Ricardo Soriano para buscar abrigo de la razón bajo las estrellas. Si alguna vez visitan la avenida Ricardo Soriano, háganlo de noche y quédense unos minutos en la franja que va del número 12 al 20. Sentirán lo insignificantes que somos bajo las estrellas que no podrán ver por mor de las luces que hoy, gracias a un dandy que quiso ser más, nos deslumbran.

Sobre el autor

Jaime Fernández-Mijares

Jaime Fernández-Mijares

Nacido en 1989 en Sevilla. Licenciado en Derecho por la Universidad de Sevilla y Máster en Tributación y Asesoría Fiscal por la Universidad Loyola Andalucía. Forma parte de 'Andaluces, Regeneraos', proyecto centrado en la redacción de artículos para la regeneración política, económica y cultural de Andalucía. Le interesa la historia y las relaciones internacionales.

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