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Vientos de estraperlo

Blanco y negro

En lo que va del mes de brumas del pasado año a este brumario que va entrando -esto es, el año natural que a uno le viene en gana- hay o hubo, no sé, una definición y una anécdota que le cambian a uno los modos de pensar. Por un lado, la definición del jamón de Aracena que tiene mi muy admirado y leído vecino Paco Correal, “un Stradivarius con cuerdas de bellota”. 

In the other hand, que dirían los ingleses, está la anécdota en Estados Unidos de mi amiga Setefilla Madrigal. La invitaron de improviso a una fiesta en las alturas de Las Vegas y cuando salió del ascensor no podía creer la escena: su canción favorita de Kanye West sonando. Ni planeándolo sale mejor. Ella ante el escaparate del American way of life. Es lo que tienen los recuerdos y las definiciones, que ni planeándolos salen mejor, y siempre -siempre- se ve todo en blanco y negro. Porque aquello que nos dio felicidad ha de verse en blanco y negro.

Felicidad multiplicada por 88. 88 teclas que tiene un piano. El de Ryuichi Sakamoto, quien llegó a plantearse dejar la música a cuentas de un cancer de faringe. Sakamoto parece hacerlo todo sin querer: tocar el piano sin querer, hacer las cosas bien sin querer, dirigir a la orquesta sinfónica de Tokyo mientras interpreta Blu. Y todo bien. Como un emperador de La Luz, hace iluminar la escena en la que aparece la orquesta sinfónica de Tokyo,- Mª que dirige con una maestría que abruma. Enfermo, sano, da igual. Sakamoto parece preparado para cualquier guerra y en el blanco y negro borda una obra maestra prácticamente perfecta.

Gala, un personaje redondo de Garci, dice que solo hay una cosa que una mujer hace mejor que mirar el mar: mirar escaparates. Y es que, qué duda cabe, es siempre una Diosa la que nos pone frente al escaparate de nuestras vidas. No un Dios, porque Dios no es sensible a la felicidad, solo dispone los medios para ser feliz, ergo, Dios es una mujer.

Las calles, con el frío que va llegando y yéndose, se antojan como un confesionario del creyente que se despoja de deidades. Y mira al cielo, azul, con las nubes manchando con su pureza La Luz virginal que la ciudad se creyó conocer. El cielo proyecta y la ciudad es su reflejo, y aquí los mortales rezando en blanco y negro, recordando la felicidad, como canta Enrique Heredia ‘no te olvides del amor que me juraste porque sé que las promesas se las lleva el aire’. Y el pensamiento queda muerto en el recuerdo, estático, porque los pensamientos muertos sirven de nada. Así, tanta justicia poética tiene la guerra como la mente humana.

Y todo acaba en la misma plaza, el mismo bar. El que en otras épocas se llamaba Mi Lord y en el que los corazones solo se rompían las veces que pueden romperse para poder seguir adelante: ni una sola. ¿No se es demasiado joven para sentarse frente a un Rioja -un Stradivarius con cuerdas líquidas- ? Jamás, pues lo indecente debe disfrutarse con color para recordarlo mañana en blanco y negro mientras nos alumbra el destello de las luces de los escaparates de nuestra vida.

Sobre el autor

Jaime Fernández-Mijares

Jaime Fernández-Mijares

Nacido en 1989 en Sevilla. Licenciado en Derecho por la Universidad de Sevilla y Máster en Tributación y Asesoría Fiscal por la Universidad Loyola Andalucía. Forma parte de 'Andaluces, Regeneraos', proyecto centrado en la redacción de artículos para la regeneración política, económica y cultural de Andalucía. Le interesa la historia y las relaciones internacionales.

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