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Vientos de estraperlo

Una cuestión de honor

Allí estaban. En aquella plaza que quería ser Alameda por la que los hombres caminan y se hacen eternos en el tiempo, se sentaban el General y aquél muchacho que hacía años empezó a dejar de ser tan joven. En aquél lugar en el que se citaban a la sobremesa de cada domingo. El joven citaba al General allí porque le gustaba aquella plaza. Porque llevaba el nombre de aquél lugar donde luchó el antepasado de ambos. Aquél bar de siempre que siempre funcionaba. Había empezado, años ha, a dejar de ser tan joven, de ser muchacho, a pesar de aquel rostro aniñado y gesto de estar siempre echando de menos las raíces, o la tierra, o a Ana, aquella gacela de ojos acuáticos que su inconsciencia de la juventud desterró de su vida. A quien le escribió aquellos poemas creyéndose, ellos los dos, Zhivago y Lara. Pues sabía en esa tarde –y en todas- que la vida era eso, sufrir día a día las consecuencias de los errores de la conciencia propia.

-Tú no te acuerdas. Realmente jamás te lo conté, ignoré que estuvieses preparado para saber en qué consiste. –paladeó las palabras mientras hacía bailar con su mano la copa de oloroso-.

-¿Puedo acordarme de lo que jamás me contaste, General? –Jamás rehusaba el trato, era consciente de que eran iguales ante Dios y los hombres-. ¿Puedo acordarme de lo que se me niega a saber por parecer demasiado joven?

-¡Por supuesto! –Exclamó inclinándose sobre la mesa-. No saber, tener negado el saber te ha de obligar a intuir, a querer saber. Adivina, juega a equivocarte, y si eso pasa pide perdón, mejor eso a pedir permiso. ¿Alguna vez pediste permiso para besar? Nadie te va a decir cuándo debes hacer algo bien o cuando mal. ¿Alguna vez te hablé sobre el honor? –Preguntó el General mientras se desprendía de sus gafas-.

-Jamás, y eso que es patrimonio de los militares. –Respondió con una sonrisa socarrona-.

-¡¿Cómo que de los militares?! –Estalló el General-. Decir eso es tener nula idea de la vida, y del honor. No tener sentido de la lógica, de la ética o del deber. El honor, el saber estar, es cosa de todos, de mujeres, de hombres, e incluso de irresponsables como tú.

Mientras el General le martilleaba con el dedo que le quedaba libre de la mano que sostenía la copa y el cigarro, el joven sonreía con una mezcla de indiferencia y socarronería. Se acordaba de aquellas ocasiones en que daba la batalla por perdida contra si mismo y no dejaba más oportunidad a hacerse cómplice con alguien. Sentado allí, frente a él, recordaba aquellas tardes en que, tras los golpes que se dieron en el corazón, se contaban ella y él qué tal la vida les iba. Entonces recordó que de haber tenido honor y orgullo la habría besado, pero aquello ya pasó. Y el pasado queda atrás, no vuelve, permanece y siempre hiere, porque siempre hiere lo que quieto queda. Lo que se mueve siempre sabemos por donde vendrá, pero ya, rondando la treintena, empezaba a saber que tendría tantos golpes que ni de pie iba a caber en la muerte, como leyó del poeta. Era y es tantas cosas que no sabe bien ni quién es.

-Te contaré algo que sabes pero que ignoras. Ni tu ni yo vivimos aquello, ojalá no lo vivas. Podía o debía ser una tarde en la que el petricor embriagaba y la sangre envenenaba. Ya solo quedaban muchos generales de un lado y sólo uno del otro. Allá, a Castilla llegaron ambos, citándose pero sin haberse citado. –Relataba mientras arrugaba su paquete de Ducados para abrir otro-.

-Estás hablando de la guerra.

-Imagina. No lo imagines, porque he ahí el problema: no fue una pesadilla. Un hombre, Escobar, un General, frente a un solo destino. Saberse prisionero y la muerte. En frente, Yagüe, también general. He ahí a tus protagonistas aquello que tu, yo y los ingleses llamaríamos partners in crime. Escobar no solo tenía que luchar contra los nacionales, aquellos inconscientes y desmadrados que Azaña dejó que se sublevasen, pues como republicano íntegro también luchó contra el descontrol de los anarquistas. Era un hombre intachable, lo mismo protegía a las prostitutas que a los curas de los desmanes de algunos elementos sádicos.

-¿Porqué Escobar es especial? ¿Qué tiene de especial Yagüe? A Yagüe no le tembló el pulso en Badajoz. Lo menos malo que cualquiera podría decir de él es que no tenía escrúpulos –Sentenció serio el joven-.

-Porque le abandonaron. A Escobar le dejaron solo. Era el último general republicano que quedaba en España. En Ciudad Real se encontraron, y ante Yagüe se rindió, digno a correr la suerte de sus soldados, como confesó a Yagüe. En ese momento, sumido Escobar en la ataraxia, recibe de Yagüe una propuesta: huirá en avioneta a Portugal. Escobar se niega. Yagüe insiste, no pocas veces, le ofrece también huir a través de Cartagena, base en poder del gobierno legítimo, y Escobar se sigue negando. Imperturbable. «Las guerras hay que saber perderlas, mi general´´, le dijo a Yagüe antes de negarse por última vez.

-Cumplir con el deber hasta la muerte. Si no me equivoco –prosiguió el joven-, el proceder de los rebeldes para con los militares republicanos era degradarlos a la posición que tenían antes de la guerra, ya que Franquito no reconocía los ascensos de los militares republicanos, formar consejo de guerra y fusilarlos.

-Así es. Escobar era coronel de la Guardia Civil y en la contienda fue ascendido a General. Cuando se estaba ya para morir, se cubrió con su capote, tapándose su guerrera, para que el pelotón que tenía ante sí entendiera que «únicamente´´ temblaba de frío. Aquél día de febrero fue cuando acabó la guerra, no en un abril. Y el honor murió. -Apurando los cigarros y las copas de brandy tras el café, el silencio se levantó entre aquél padre y aquél hijo, conscientes los dos de que eran los últimos días del General. Quedos, ambos sin palabras, apretando los labios.

-¿Para qué sirve el honor, General? ¿Es necesario y útil?

-Porque, cuando yo no esté, contarás a tus hijos todo esto. Tendrán tu misma cara de asombro ante la historia de dos hombres: Escobar que cumplió con su deber hasta su fin, Yagüe que fue iluminado por un pestañeo de honor -a pesar de tener las manos manchadas de sangre-, si es que algo aún le quedaba. Útil y necesario– culminó el General con lágrimas en los ojos- porque todos los que vienen tras de nos serán mejores que nosotros porque les habremos enseñado qué es un hombre y cuándo debe cabalgar sobre su propio destino, hijo mío.

Sobre el autor

Jaime Fernández-Mijares

Nacido en 1989 en Sevilla. Licenciado en Derecho por la Universidad de Sevilla y Máster en Tributación y Asesoría Fiscal por la Universidad Loyola Andalucía. Forma parte de 'Andaluces, Regeneraos', proyecto centrado en la redacción de artículos para la regeneración política, económica y cultural de Andalucía. Le interesa la historia y las relaciones internacionales.

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