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Vientos de estraperlo

Felicidad involuntaria

Leí por tres veces -tres veces ya no es azar- que todo hombre muere dos veces: una muerte clínica y otra artística. Belmonte murió artísticamente de Melancolía, aunque clínicamente se suicidó. Probablemente no exista muerte con más clase que la de Belmonte, no exista mejor muerte: de Melancolía. Esa palabra se escribe con primera mayúscula, por importancia, por fuerza, como el alcohol. Fuerte y con clase. 

-¿De qué murió?

-De Melancolía. Murió con clase.

A Hemingway le acosaba la cirrosis, pero prefirió la escopeta. ‘Una pena, pudiendo haber elegido morir con clase’,  me confesó una vez un buen amigo -afrancesado por vivir en París de la Francia- mientras éramos momentáneamente felices en el estuario del Guadalquivir. No obstante, la decencia riñe con la muerte, y con la vida. Un coctel sin alcohol es algo demasiado decente, tan decente que es inexplicable cómo algo así puede existir. No lo digo yo, no llego yo a esa conclusión, no puedo, soy demasiado joven, no tengo tantos golpes encima y no me llamo José Luis Garci.

Llegué a la capital fundada por el obispo Absalon como se llega a todos lados: por empecinamiento. Y allí abrí el mail y descubrí que mi querido Antonio Campos me conminó a seguir escribiendo cada domingo aquí. Ciertamente ni yo sé de qué escribo; de una vida, probablemente. De lo que viví y vivo, de otros, además, a Campos, isleño, de donde eran Camarón y Rafael Ortega -el tesoro de La Isla-, no le puedo decir que no, que no tengo ganas. Porque de escribir siempre hay ganas, aunque las manos no lo sepan y hagan como que no quieren.

Siempre creemos que los escritores son snobs y hacen cosas de snobs. Mi sorpresa no fue tal cuando descubrí qué era la plena felicidad para McEwan: volver a tener 16 años y revisar manuales de sexo como hacía entonces. Iba más allá, si le preguntan qué es lo mejor que leía en esos manuales responde que la palabra ‘entrar’ le resulta divertida. Es arriesgado presuponer actitudes, arriesgado presuponer cierta conducta de felicidad.

Por influencia familiar crecí pegado a una radio, día y noche. Cierta mañana desperté con una entrevista a Jesús Hermida -ya retirado- en la que le preguntaban lo de siempre, cómo narró desde Houston la llegada de Armstrong a la luna. La retransmisión, todo hay que decirlo, es una joya del periodismo español del XX. Una pieza hipnótica que se encuentra fácilmente. Guardo admiración por quienes cuentan, porque son los ojos de los que quieren ver cómo se hace historia. De aquella entrevista me quedé con el recuerdo de Hermida cuando llegó a Nueva York por primera vez y quedó impresionado por las luces del Puente Verrazano.

Al cabo de unos meses, avatares del destino hicieron que un premio que fue concedido a Hermida por toda su trayectoria fuera a parar a mi casa. Cada mañana temprano, casi en la oscuridad, cuando iba a salir camino a la facultad saludaba a aquella estatuilla con un ‘buenos días, Hermida’. Y un buen día se llevaron a Hermida de casa. A Hermida, a la luna y al puente de Verrazano. la anécdota de mi saludo matutino a una estatuilla es algo que jamás he contado. Los periodistas, contadores de historias, escritores no se jubilan: o mueren o se van cuando no quieren plegarse a las exigencias de su público.

Incluso yo supe cuando irme. Antes de llegar. No mucho ha escribí una serie de 47 poemas que -creí- le envié a mi admirada Christina Linares. Mi amiga Christina, librera, editora y gran observadora del mundo, me dijo al poco tiempo, cuando nos vimos en la feria del libro antiguo, que no le había llegado el adjunto en aquél correo electrónico, a lo que respondí que volvería a enviárselo. La intención no era otra que ella fuera depositaria de lo escrito sin ínfula ni pretensión. Le debo aún a mi querida Christina el enviarle mis poemas y de alguna forma ahí reside la felicidad, puede confundirse con la responsabilidad, pero eso es la felicidad: saber cuándo plegar velas e irse o debatirse entre seguir sentado o tirarse al mar. Me fui y me quedé. En cierto modo todo consiste en ese dilema al que se enfrenta Cal Trask en Al este del Edén, tener que saber quiénes somos, cómo somos o vivir; y todo se basa también en perder, y seguiremos perdiendo, para eso vinimos a jugar, porque Gil de Biedma tenía razón y perder es la verdadera esencia de la trama.

Sobre el autor

Jaime Fernández-Mijares

Jaime Fernández-Mijares

Nacido en 1989 en Sevilla. Licenciado en Derecho por la Universidad de Sevilla y Máster en Tributación y Asesoría Fiscal por la Universidad Loyola Andalucía. Forma parte de 'Andaluces, Regeneraos', proyecto centrado en la redacción de artículos para la regeneración política, económica y cultural de Andalucía. Le interesa la historia y las relaciones internacionales.

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