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Peines de azúcar

Dice Lorca de Silverio que su melodía duerme con los ecos. Definitiva y pura. Tarde de noviembre, lluvia y frío lamiendo las piedras del alma del cuatro de la calle Rosario. Cae la tarde mientras busco el solar –buque fantasma- del Café Silverio de Sevilla y la fragua de los sueños de mi abuelo.
Los martillos han dejado de sonar. Hace tiempo que el fuego se apagó en las herrerías pues virtud del tiempo es apagar las ascuas. De Triana a Sevilla, el río y las nubes son las mismas de entonces. Altozano, calleja de la Inquisición y Maestranza y ,sin embargo, no se oyen los cantes gitanos, ni el Fillo –siguiriya becqueriana- cuenta su pena de maestro mientras fija con su voz rota compases de tiempo.
En Rosario, 4: fantasmas. Nada queda del palazzo italiano, la corte de Franconetti donde cantaran D. Antonio Chacón, Miguel Macaca, Fosforito el Viejo o Dolores la Parrala. Hijos de una Sevilla diferente, ellos vivieron en los vasos de vino de los cafés cantante, los espejos, las cornucopias; ellos eran el tablao, el cisco y el estaño, las vasijas con aceite, la luz de candilejo, el compás de la maja de cobre en la cocina, sobre todo, ese compás de maja-martillo.
Del convento las campanas doblan por Manuel Vallejo, llave del Cante; por los peines de azúcar de Pastora; por Silverio que el viento llevó hasta Nairobi mientras la Unesco los guarda en el arcón del Patrimonio Inmaterial. Hoy que Sevilla celebra el premio y su melodía duerme con los ecos, desando el camino en busca del maestro desde el vino áspero del tablao de Pepe Pinto hasta las pavías de bacalao del Bar Flor. Y voy de O’Donnell a Trajano, por Correduría hasta San Luis a través del tiempo, a una cocina donde un hombre canta por el Niño Gloria con la radio encendida.
Al calor del fuego y el vino, la canción toma forma y, por momentos, mi padre es un niño junto a los fogones que advierte el amor y la derrota, la esperanza y la muerte en la voz del viejo cargador doblado por los años. Sé que nunca he estado en esa cocina pero reconozco los ojos nuevos de mi padre, los dedos de mi abuelo que tamborilean sobre la mesa, la voz que quiebra la muerte con martinetes y que me llega esta tarde de noviembre por no sé qué extraño misterio.

Dice Lorca de Silverio que su melodía duerme con los ecos. Definitiva y pura. Tarde de noviembre, lluvia y frío lamiendo las piedras del alma del cuatro de la calle Rosario. Cae la tarde mientras busco el solar –buque fantasma- del Café Silverio de Sevilla y la fragua de los sueños de mi abuelo.

Pablo Rodríguez. Los martillos han dejado de sonar. Hace tiempo que el fuego se apagó en las herrerías pues virtud del tiempo es apagar las ascuas. De Triana a Sevilla, el río y las nubes son las mismas de entonces. Altozano, calleja de la Inquisición y Maestranza y ,sin embargo, no se oyen los cantes gitanos, ni el Fillo –siguiriya becqueriana- cuenta su pena de maestro mientras fija con su voz rota compases de tiempo.

En Rosario, 4: fantasmas. Nada queda del palazzo italiano, la corte de Franconetti donde cantaran D. Antonio Chacón, Miguel Macaca, Fosforito el Viejo o Dolores la Parrala. Hijos de una Sevilla diferente, ellos vivieron en los vasos de vino de los cafés cantante, los espejos, las cornucopias; ellos eran el tablao, el cisco y el estaño, las vasijas con aceite, la luz de candilejo, el compás de la maja de cobre en la cocina, sobre todo, ese compás de maja-martillo.

Del convento las campanas doblan por Manuel Vallejo, llave del Cante; por los peines de azúcar de Pastora; por Silverio que el viento llevó hasta Nairobi mientras la Unesco los guarda en el arcón del Patrimonio Inmaterial. Hoy que Sevilla celebra el premio y su melodía duerme con los ecos, desando el camino en busca del maestro desde el vino áspero del tablao de Pepe Pinto hasta las pavías de bacalao del Bar Flor. Y voy de O’Donnell a Trajano, por Correduría hasta San Luis a través del tiempo, a una cocina donde un hombre canta por el Niño Gloria con la radio encendida. Al calor del fuego y el vino, la canción toma forma y, por momentos, mi padre es un niño junto a los fogones que advierte el amor y la derrota, la esperanza y la muerte en la voz del viejo cargador doblado por los años.

Sé que nunca he estado en esa cocina pero reconozco los ojos nuevos de mi padre, los dedos de mi abuelo que tamborilean sobre la mesa, la voz que quiebra los años con martinetes y que me llega esta tarde de noviembre por no sé qué extraño misterio.

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