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La renovación de un compromiso

Extracto del discurso pronunciado este lunes por Antonio Campos, redactor jefe de Sevilla Actualidad, en el homenaje realizado en Real Teatro de las Cortes por el Ayuntamiento de San Fernando a la Prensa del Bicentenario con motivo de los 200 años de la promulgación del Decreto IX de Libertad de Imprenta de 10 de noviembre de 1810.

Hace hoy dos siglos resultó imprescindible lograr el acuerdo y el consenso en torno a la que llegó a ser la “medida sobre prensa e imprenta más sobresaliente de las Cortes de la antigua Isla de León”. De hecho, hoy se reconoce así y por eso estamos aquí celebrándolo.

El Decreto IX del 10 de noviembre de 1810 sobre Libertad de Imprenta cumple su segundo centenario. Y creemos tener cuantiosas razones para celebrar esta efeméride.

No les voy a pedir que retrocedan décadas atrás en el tiempo para comprender lo que esto supuso para quienes hacemos del periodismo una forma de vida. Sé que los libros de historia lo harían, con diferencia, mejor que nosotros. Ni siquiera les pediré que se imaginen un presente sin la posibilidad de manifestar nuestras opiniones para reconocer la trascendencia de este documento en el devenir de la Historia. Damos por hecho que no lo contemplan cuando han participado del nacimiento de la Democracia que juntos estamos viendo crecer.

Entenderán, por tanto, que no somos tan distintos a nuestros antepasados si les recuerdo que, ya a comienzos del XIX, esto se tenía muy presente. Por entonces, se decía, los males de España radicaban en la ausencia de libertades políticas y en la ignorancia. ¿Qué solución se propuso en las primeras Cortes? La prensa libre. La Libertad de Imprenta como garantía para superar estas dificultades…

Es así como el pueblo español entendió que las letras, sobre todo las que se difundían a través de los periódicos, podían transformar verdaderamente la sociedad. Y lo cierto es que así fue. Y lo fue gracias a este Decreto IX que hoy nos reúne en el primer edificio constitucional del país; a “la punta de flecha más en vanguardia de la legislación europea en materia de prensa del momento” como la citó el profesor Celso Almuiña. Un texto que proclama, por fin, con toda claridad y sin ambages, la libertad de expresión. La Libertad, con mayúsculas.

Comprendamos por tanto el difícil reto ante el que se situaban los contemporáneos contadores de noticias, los periodistas de la época. Aquellos que firmemente habían luchado por estos objetivos y que ahora debían demostrar escribiendo que el derecho a la palabra podía conjugarse perfectamente con el deber.

El incipiente periodismo que aquí, en la Isla, se convalidaba supo estar a la altura. Demostró que, ante las circunstancias más adversas, las palabras debían ser libres como libres aspiraban a ser los ciudadanos. Y aunque nos sorprenda, fue su contribución a la Democracia que 200 años después se levanta escuchando la radio, se desayuna con el periódico en sus manos y pone rostro a la actualidad con la televisión. Fue su aportación a la evolución del periodismo contemporáneo.

Convendrán conmigo en que mucho han cambiado las cosas desde entonces. De mantenerse aún hoy, El Conciso pelearía por las exclusivas de la información general. O el Semanario Patriótico, otro de los periódicos de entonces, le echaría cuentas a la crisis para acabar contando que no son buenos tiempos para la lírica…

Pero es que, si me apuran, las cosas no son siquiera como en 1900. Afortunadamente. De las “salas bajas con piso de baldosas y en el centro, una mesa larga y negra, rodeada de sillas vacías, que marcan los puestos, ante roídas carpetas, y rimeros de cuartillas que destacan su blancura en el círculo luminoso y verdoso de una lámpara con enagüillas”… De todo eso, apenas quedan las sillas vacías. O a lo sumo, el gabán con flecos del eterno redactor del perfil triste del que hablaba Valle-Inclán.

Las cosas han cambiado, sí. Sobre todo en su apariencia, y no tanto en su esencia. Si la grandeza del hombre se mide por sus obras, la de nuestra profesión puede calcularse partiendo de su ferviente defensa de las libertades del hombre; de su confianza en el progreso; de su valentía ante los obstáculos que, por el camino de la Historia, se ha ido encontrando.

Hoy nadie discute el papel que juegan, no ya la prensa, sino los medios de comunicación en una sociedad que se dice, a la vanguardia. Y no olviden que el derecho que ampara a quienes la ejercemos es el mismo que les permite a médicos, políticos, ingenieros, trabajadores de la industria o del campo… decir en todo momento lo que piensan. El mismo derecho que nos da a todos la oportunidad de ser periodistas de esta sociedad; de difundir nuestras ideas y nuestras opiniones. Por eso el reconocimiento de hoy no es sólo a la prensa sino a todos los ciudadanos que creen en ella.

Varios fueron los argumentos que en 1810 aportaron diputados como el citado Muñoz Torrero o el propio Agustín Argüelles y que dieron consistencia a esta nueva norma. Y aunque algunos ya los hemos referido, quiero traer al presente uno de ellos. Y es que, si hace 200 años pudo aprobarse este decreto fue porque se entendía imprescindible la prensa libre para las circunstancias del momento.

Quizá por eso, hoy podemos decir sin temor a equivocarnos que el ejercicio de esta profesión vuelve a ser más necesario que nunca. Insisto, las cosas han cambiado, pero no podemos olvidarnos, en un momento como éste, de los ataques a la libertad de expresión y de información que todavía llegan de muchos frentes. Él último lo hemos presenciado impávidos en Marruecos, donde el viernes fueron agredidos dos periodistas españoles en un juicio. Y lo que es peor, con la connivencia del poder político y de quienes no muestran su repulsa inmediata a este tipo de actos. No podemos seguir tolerando que se coarte la labor de los profesionales, y menos que sean víctimas por el ejercicio de su trabajo.

Más allá de esto, y en aguas menos turbias, el presente sigue planteando importantes retos para los ciudadanos. La prensa, precisamente en este contexto, tiene asignado un importante papel. No se discute que siga siendo la garantía de cualquier Democracia, pero hoy, al igual que ayer, debe saber y querer vehicular las opiniones de todos los que creemos en ella.

Si décadas atrás esto ya era posible gracias a las cartas que se enviaban a las redacciones de los periódicos, hoy las nuevas tecnologías a las que han ligado su evolución los modernos medios de comunicación admiten infinitas opciones de participación del ciudadano en la construcción de la realidad. Qué me dicen si no de Internet… Sólo hay que estar dispuestos a querer expresar estas otras opiniones, a veces tan distantes de las del periodista, pero siempre menos contaminada por los vicios de la profesión.

A la par de ello, resulta necesario también que quienes hacemos oficio de este derecho constitucional recuperemos la confianza del ciudadano. Y no descubro nada que antes no hiciera uno de nuestros maestros contemporáneos, Don Manuel Rivas, que siempre nos recuerda que hoy al periodista no se le ve por la calle ni en el bar de las Almas Perdidas, donde se forja, dice, un olfato y una prosa. De Rivas aprendo que los periodistas hablamos cada vez más y escuchamos cada vez menos. Sólo que, ahora, si vemos a un periodista por la calle, es probable que sea un despedido.

Y es que, la realidad de nuestra profesión no dista mucho de la de cualquier otra. Es, incluso, todavía más cruda. Créannos que resulta tremendamente complicado describir la realidad de muchos sectores y sus trabajadores sin denunciar en las mismas plataformas la precariedad con la que en muchas ocasiones nos vemos obligados a ejercer.

Por eso, si queremos que el ciudadano recupere la confianza en lo que hacemos, no podemos ni debemos mirar para otro lado. Al igual que antes la libertad, hoy entre todos debemos hacer que en la profesión se reconozcan valores que en algún momento quedaron subordinados a otros intereses. Ya lo dice García Márquez, la ética debe acompañar siempre al periodismo como el zumbido al moscardón. Y estoy convencido de que muchos estamos dispuestos a aportar honestidad, respeto y profesionalidad a lo que hacemos.

Esto de no tener una hoja de ruta puede considerarse a veces una situación ventajosa. Sobre todo para las nuevas generaciones, la infantería, que pedimos un voto de confianza para demostrar que otra óptica es posible. Que experiencia y juventud pueden conjugarse a la perfección.

Y éste es otro de los retos actuales de la prensa. Apostar, de manera firme, por su futuro. Creer en él y formar a profesionales cualificados para el complejo mundo comunicativo que entre todos estamos forjando. Los jóvenes sabremos agradecer esta confianza y nos estimulará en el trabajo que, no faltos de ilusión, desempeñamos.

Ilusión. ¿Qué es si no eso lo que ha vivido especialmente esta ciudad, la antigua Villa de la Real Isla de León, durante la celebración de su Bicentenario?

Puede ya resultar incluso innecesario insistir en la trascendencia de muchas de las cosas que han pasado en San Fernando en los últimos meses. 200 años no se cumplen todos los días. Y ni siquiera un centenario de este tipo se conmemora siempre de igual forma. No se trataba de soplar sin más las velas de un aniversario de tal relevancia para la Historia y la Democracia. También lo era, y todavía lo es, para la sociedad.

“San Fernando, el kilómetro cero de la democracia”. No me negarán ustedes la importancia a veces de un titular para captar el mensaje. Y quienes estuvimos los primeros días de septiembre en el Congreso de los Diputados, en Madrid, tenemos todavía una deuda pendiente con su Presidente, el señor Bono…

Nuestra misión en los últimos meses ha sido harto complicada. No sólo teníamos que contar el Bicentenario. Es que teníamos que acercarnos a él para después poder compartirlo. Y ya conocen la frase de Chesterton, pero se la recuerdo: el periodismo no es otra cosa que contar que ha muerto lord Jones a una gente que ni siquiera sabía de la existencia de ese tal lord.

Teníamos que situar Las Cortes de la Isla en San Fernando y no en Cádiz. Hacer que la celebración fuese parte de todos y no se quedase en los discursos. Y el éxito de este propósito puede empezar a medirse en cifras, aunque será el paso de los años el que, con el recuerdo, determine si lo conseguimos o, por el contrario, fracasamos.

Mientras tanto, los periodistas la vivimos como ciudadanos y, además, la contamos. No se nos hubiera perdonado lo contrario. Con más o menos páginas, más o menos minutos de radio y televisión…, pero sobre todo, con más o menos acierto, explicamos lo que vimos y lo que pensamos. El esfuerzo de todos los profesionales que cubrimos la información en prensa, radio, televisión e internet, intentó estar a la altura del que habían realizado instituciones y colectivos ciudadanos.

El flamante y último premio Nobel de literatura, Mario Vargas Llosa, al que todos esperamos este miércoles, lo ha apuntado en numerosas ocasiones: observación, lucidez, conocimiento, pero también imaginación y fantasía. Es lo que le pide al periodismo. Y es lo que hemos intentado aportar esta vez sin salirnos del marco de este oficio de hombres y mujeres, como dice el Nobel, invisibles.

Era, y sigue siendo, nuestro compromiso con la ciudad pero, sobre todo, con quienes han seguido, a través de los medios, la conmemoración del 24 de septiembre

Así es que, si hoy debemos sentirnos orgullosos de este otro Bicentenario no es porque pasado mañana [por hoy] sea día 10. No porque este miércoles se cumplan, matemáticamente, 200 años. Sino porque, pasado todo este tiempo, el sentido por el que fue promulgado aquel importante decreto de libertad de imprenta mantiene toda su vigencia.

Porque el periodismo sigue siendo lo que era, Gabo. “El mejor oficio del mundo”.

Antonio Campos Martínez

Redactor Jefe Sevilla Actualidad

www.SevillaActualidad.com

Sobre el autor

Antonio Campos

Antonio Campos

Licenciado en Periodismo por la Universidad de Sevilla, empezó en la comunicación local y actualmente trabaja para Canal Sur TV. Máster en Gestión Estratégica e Innovación en Comunicación, es miembro de la Asociación de la Prensa de Cádiz y del Colegio de Periodistas de Andalucía.

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