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Tribuna

El mar y la luna en el pecho

Con la venia

La ciudad no conoce mayores héroes que los efímeros, ni sueños que superen salvajes pretensiones. La luz, bien fuere de tiniebla o sol, se refleja en el aroma a azahar y en cada metro de acera. La realidad se encarga de devolvernos constantemente al origen, un origen que el resto del año es nostalgia y una semana de tristeza por la rapidez con que todo fluye.

El huésped de la villa pronto cogerá esa puerta que se abre, cual si fuera John Wayne en Centauros del desierto, obviando que el final será igual que ese principio que conduce al origen de lo místico.

Este lugar sigue siendo una corte sin más rey que los capataces, ni mejor nobleza que los héroes del costal. Algún oriundo, en estas semanas, no conoce más vida que la de sus reyes y héroes. La capital del reino -sin corte ni rey- es una mujer que olvida hoy todo aquello que le escribieron.

Aquello que hoy escandalizaría. Aquellas historias de gigantes de la literatura universal que, de jovencitos, tiraban piedras a las ventanas de la casa de Luis Montoto, o aquellos que en sus escritos recordaban que los burdeles -en periodo de abstinencia- no daban abasto.

Si la realidad vive en las calles, los sueños vuelan a evaporarse a aquél barrio de calles estrechas. El de aquellas llaves judías que no tienen puertas que abrir. Desde allí Amalio soñaba las Giraldas que veía, y el joven recuerda el amor vivido y fugaz.

Sólo queda un discurrir de días, como si fuera un suspiro, recordando constantemente aquel alma que crujió a los pies del arquitecto en una noche de cuaresma. La ciudad amanece estos días con el rostro y el cuerpo de una jovencita del Porvenir que tiene ojos de gacela, carácter de león, alma valiente y pelo salvaje, como la vida, como el deseo. Debe ser un pecado capital, de ésta capital, creer que la ciudad tiene rostro de mujer mitad salvaje mitad dama.

En ocasiones, caemos en el absurdo Machadiano y lloramos cuando tomamos conciencia del amor hacia esa urbe con rostro de mujer, porque creemos que no la quisimos toda la vida. En las madrugadas, reviven esos fantasmas de poetas que veían algo más que a Cristo en la cruz. El hombre tiene aquí una fe distinta, pues Dios está en la ciudad, y nada más pagano y presuntuoso que presumir que Dios mora en estas calles pero… en ninguna otra ciudad pueden decir eso.

Unos dirán que la belleza o es con fe o no será, yo digo que una es lo mismo que la segunda. Ya nadie recuerda ni escribe sobre aquellos que vieron una ciudad distinta, pintoresca, a veces sacrílega; hoy cuenta más quedarse en lo estético sin pasar a lo importante, esa ciudad que vive dentro de la ciudad.

A muchos se le escapa que Lorca desperdició en estas calles un Jueves Santo porque le salió una Luna en el pecho, a otros se nos olvidó que dejamos el alma y el corazón tirados en estas calles. Dios ha llegado para quedarse y los poetas malditos que soñaban en los tejados fuman ya con garbo soñando madrugadas de luna llena.

Todos, sin embargo, pasaron por alto que Sorolla preguntó a su esposa, ¿Acaso no es mejor el mar que todo? -comparando Cádiz con Sevilla-, y es que nos encanta este conjunto de juguetes rotos que son las calles… y ella, con sus cuarenta días, es todo y el mar si quiere.

Sobre el autor

Jaime Fernández-Mijares

Nacido en 1989 en Sevilla. Licenciado en Derecho por la Universidad de Sevilla y Máster en Tributación y Asesoría Fiscal por la Universidad Loyola Andalucía. Forma parte de 'Andaluces, Regeneraos', proyecto centrado en la redacción de artículos para la regeneración política, económica y cultural de Andalucía. Le interesa la historia y las relaciones internacionales.

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