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Sevilla

Treinta años de letargo

Entre los retales de una vida profesional que llegaba a su ocaso y desde su pequeño despacho del centro de Sevilla, ojeaba el periódico de la mañana como cada día, con desazón y pesadumbre, en una rutina programada e inexcusable.

Aquel día, la enésima tropelía gubernamental copaba los titulares, e ilustrándola una foto con las caras sonrientes de aquellos que se jactan de servir, y lo único que sirven, con sus semblantes farisaicos, es una clara invitación al bochorno y a la indignación.

De repente, su mente, en un giro lógico e imprevisible, le impulsó a recorrer ese camino tortuoso y en ocasiones cruel que es la memoria.

Sus recuerdos alcanzaban a aquel pequeño pueblo andaluz donde vino al mundo, sin un pan bajo el brazo, en la costumbre de la escasez y la felicidad de la ignorancia de los devenires del absolutismo franquista.

Unos pocos olivos familiares le permitieron ir a la Universidad y comenzar su aprendizaje jurídico en la capital andaluza. A la par que su formación académica, operó en él, sin remedio y dilación, una transformación profunda en su personalidad y una incipiente conciencia de cambio. Todo ello fue fruto de las vicisitudes de la vida universitaria en los años setenta, marcadas por detenciones y asambleas clandestinas, bajo un ambiente crispado y rebelde y de dejarse seducir por las voces indómitas de Rojas-Marcos, Benitez-Rufo, Isidoro Moreno…

En uno de esos días que jamás se olvidan aquel ministro franquista cariacontecido anunciaba la muerte del longevo dictador. Desde una aparente tranquilidad, marcada por el temor y la prudencia, pero cargada de un alboroto interno desmedido provocado por todas las experiencias vividas esos convulsos años y de aquellas ansias de libertad formadas en lo más profundo de su ser, veía como eclosionaba ahora un mundo, otrora impensable, de posibilidades y sueños.

Los años que sucedieron fueron los más intensos de su vida. No estaba dispuesto a que nadie le quitará las esperanzas de ver a su tierra, por fin, salir de la inopia, el caciquismo y la pobreza más arraigada. Rememora cómo se echó a la calle aquel 4 de Diciembre con una bandera blanquiverde confeccionada con sabanas, gritando con fuerza contra aquellos que se plantaban en el autoritario ayer, y reclamando el derecho a la autonomía sin ínfulas independentistas, solamente sustentado por el pilar de la creencia de que aquello podía significar la prosperidad y el cambio para su tierra.

Finalmente, tras largo camino, el 28 de Febrero pudo votar, lo que en definitiva era traspasar con ilusión aquella conquista de libertad a quienes tenían la capacidad de llevar a cabo esa ardua y pero gratificante labor de sacar a Andalucía de la penuria.
Su mente revive todo aquello con la frustración lógica de lo que irremediablemente siguió a aquellos años… Los 31 años de letargo.

El desmantelamiento más absoluto y cruelmente planificado de todo lo que pudo ser aquel espíritu de progreso nacido en la transición, orquestado por el aparato ignominioso de la rosa en el puño, que con sus largos y viscosos tentáculos, se ha ocupado de controlar todo lo que huela a desarrollo innovación o cambio, con el único interés de perpetuarse en el poder para establecer un sistema clientelar que se dedique a vivir a costa del pueblo.

O con ellos o contra ellos. O dentro de su aparato o aniquilado por éste. No hubo, ni habrá término medio. Muchos tomaron la dolorosa pero sabia decisión de emigrar, otros tantos, intelectuales, políticos, comunicadores, artistas, que incluso en otras épocas mamaban de ese espíritu esperanzador de transformación, se han subido eventualmente en el carro de la subvención y el pelotismo de alcoba.

Y al otro lado, él ha asistido desengañado al despropósito de una derecha a la que Andalucía siempre le ha parecido un coto problemático y prescindible, y que ha preferido vivir eternamente en la desidia y la ineptitud.

Todo ha desembocado en una Comunidad que vive enganchada a la suculenta droga del subsidio y la dependencia, aletargada por aquellos aromas de esa gran falacia que llaman el saber vivir.

Pero lo que más le marchita el alma es el rotundo éxito de ese plan tan maquiavélicamente organizado. Ahí siguen, perpetuados en el poder por una legitimación electoral basada en sus propias mentiras –Andalucía imparable-, y en una distorsión de la realidad perfectamente urdida desde los medios de comunicación que ellos mismos alimentan.

Y ahora, en un nuevo alarde de cinismo, perpetuando esa manipulación popular, disfrazada está vez de falso aroma de cambio, son encabezados por una “dama de paja” inoperante cuyo mayor mérito es el “trepismo” propio de esa estructura podrida, piramidal y burocratizada llamada partidos políticos.

Finalmente cuando su mente termina con tan largo transitar y se posa suavemente en el presente, se pregunta con cierta angustia qué fue de todo aquello. Qué fue de ese espíritu del 4 de Diciembre.

Mientras mira nostálgico el devenir de la calle alcanza la única e implacable reflexión posible: ellos lo mataron…

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M. Pérez de Ayala/Andaluces Regeneraos

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