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Ayuntamiento de Sevilla durante la Noche en Blanco/A. Ceregido
Rueda de reconocimiento

(Nuestra) Noche en Blanco

Hace dos años, cuando el señor Rivas me giraba invitación formal a colaborar con esta columna (antes semanal, ahora quincenal) para dar un repaso a la actualidad de una Sevilla, entonces, igual de guapa e incomprensible que ahora, ponía yo los ojos en una Noche en Blanco que aquel viernes iba a celebrarse. En aquel tiempo, no me imaginaba yo que me tocaría de cerca organizar un evento similar en una casa que muchos saben lo que significa para mí: el Hospital de los Viejos en calle Amparo.

Cuando algo nos toca de cerca, cuando algo altera el orden de nuestra rutina y nos hace preocuparnos algo más de la cuenta, el evento, la ocurrencia o la crisis nos parece más nuestra, aunque hubiera estado surgiendo justo al lado no más. En estos días de Noches en Blanco para tantos catalanes, muy seguros de lo que cada uno opina y dispone, Sevilla se prepara para enseñar todo lo que la distingue y convierte en objetivo de interés, ya no sólo para el turista sino para el propio del lugar. De todos modos, este viernes todos nos convertimos en guiris de nuestra propia existencia para mirarla desde fuera, para ver cómo nosotros mismos recorremos monumentos y disfrutamos del ocio de una noche que ahora me parece más mía.

Cada año vamos a más, ampliamos la oferta y nos acordamos que tenemos más cosas características y propiamente sevillanas que enseñar. Es un procés pacífico, que no implica más independencia del que marcan las puertas de acceso y salida a esos monumentos, palacios y hospitales que, por esa noche mostraremos con toda pasión para demostrar que merecemos una mayor atención que otros. Esta Noche en Blanco no empezó el 1 de octubre, ni la van a padecer tantos españoles que desde aquella tierra (soy testigo personal) llevan más de cuatro años sabiendo que lo que ha ocurrido iba a tener lugar en cuanto se produjera ese referéndum que ha costado tanto organizar y cuyas consecuencias va a ser tan difícil remediar.

El Hospital de los Viejos, donde les espero mañana en la Noche en Blanco, abrió sus puertas donde mismo se conserva su edificio en el año 1395. Aquel año empezaba a reinar en Aragón Martín I «El Humano», que conoció el final del Condado de Barcelona cuando Ramón Berenguer lo unió a la Corona de Aragón. Trapeteos de la historia: ayer nuestro rey tuvo que salir a poner palabras de unión cuando el Condado de Barcelona, convertido en Generalitat está a punto de separarse de esta España que empezó a serlo con Felipe V, cuya firma autógrafa conservamos en la calle Amparo.

La Noche en Blanco en Sevilla, la nit en blanc de Cataluña. Aquí mucha menos violencia, agresiones y abusos. Allí, en el país con capital en Barcelona -digo yo que la capital seguirá siendo la Condal- una Semana Blanca forzosa, insegura, inconsciente de todo lo que se está poniendo sobre la mesa. Un tiempo en el que ya no hay tiempo de promocionar de forma auténtica cuánto vale la cultura de aquella región, cuán importantes son los hombres y mujeres que se dieron por entero a construir un mundo mejor. No hay tiempo, porque hay que salir a voces pidiendo guerra y paz, sin que Tolstoi haya dicho una palabra ante el caso.

Hoy la Rueda no parece Rueda, y es que, de hecho, a día de hoy no tengo vencedores ni vencidos. En la Noche en Blanco de Sevilla, no ganarán los edificios abiertos a los cerrados, porque pesa más el fracaso (de los que no saben promocionar su patrimonio y lo dejan morir en el destemple de su mediocridad personal) incluso más que el éxito y el número de visitas de los abiertos. En la nit en blanc de Catalunya tampoco tengo claro todavía quién gana y quien pierde. No está seguro de que se vaya a conseguir la in-de-independençia,  no se sabe todavía todo lo que se ha perdido en este tiempo de lucha y de guerras. Hoy toca repetir con Carmen Laforet esa frase de su novela Nada: «La ciudad, hija mía, es un infierno. Y en toda España no hay una ciudad que se parezca más al infierno que Barcelona…»

Sobre el autor

Francis Segura

Sevillano habilitado por nacimiento, ciudadano del mundo y hombre de pueblo de vocación. Licenciado en Historia del Arte que le pegó un pellizco a la gustosa masa de la antropología, y que acabó siendo recepcionista de notario y estanquero. Investigador en la historia y en la literatura, preguntón, atrevido y gesto hecho hombre.

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