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francis-segura-20-09-17
Rueda de reconocimiento

Cazalla de la Sierra… Morena

Hemos nombrado este pueblo como podíamos haberlo con cualquiera de la decena de municipios hermanados en la Mancomunidad a través de la cual funcionan y ejercen multitud de derechos y obligaciones para con sus vecinos.

Cazalla, El Real de la Jara, El Pedroso, Constantina, Alanís de la Sierra, Guadalcanal, Las Navas de la Concepción, La Puebla de los Infantes, San Nicolás del Puerto y Almadén de la Plata son las localidades que se han propuesto recuperar para la comarca un nombre tradicional para referirse a todos ellos: la comarca de la Sierra Morena de Sevilla.

Arguyen todos ellos, en las voces de sus alcaldes y alcaldesas, que esa denominación de la Sierra Norte, alusiva más a una mera ubicación que a la verdadera ligazón entre ellos, se impuso allá por los años 70 cuando se buscaba una identidad para prácticamente cada cahíz de tierra, en aras de una declaración de autonomía plagada de particularidades propias de las ocho provincias andaluzas. Así, Jaén se quedó con Sierra Morena, Córdoba con el Valle de los Pedroches y los onubenses con la Sierra de Huelva, poniendo, como dice el refrán, lindes al campo: cuestión bastante dificultosa.

En 1990 el Parque Natural de la Sierra Norte de Sevilla acabó definitivamente con la hermosa denominación de Sierra Morena de Sevilla. Ahora quieren recuperarla los ayuntamientos aludiendo a citas literarias. Permítanme recordar un hermoso pasodoble que Juanito Valderrama cantaba en homenaje a las fiestas de Cantillana. Describiendo al pueblo, lo ubicaba «en la Baja Andalucía/ allá en Sevilla la llana/ como una estrella escondía/ se divisa Cantillana… Por peina Sierra Morena/ por faja el Guadalquivir».

Nadie puede acusar a otros de intentar apropiarse de la toponimia. Más bien, entonar el mea culpa, en nombre de los anteriores regidores municipales, por haber estereotipado unas denominaciones que vaciaban de personalidad y de peculiaridad el nombre de aquellos territorios. Ahora, cuando la inflación personalista termina de expulsar los aires que le quedaban, cuando la globalización nos llama a regresar a lo pequeño, a lo particular, a las palabras que ya estaban fuera de nuestras conversaciones, la Sierra Norte vuelve a ser Sierra Morena.

La Diputación Provincial, en su Pleno, ha de confirmar la decisión que ha tomado este racimo de pueblos a favor de volver a ser lo que siempre fueron, pero el primer paso dado es importante como para que esta Rueda de Reconocimiento ponga sus ojos en él. El Aljarafe, con su raigambre musulmana; La Vía de la Plata, en recuerdo a la imponente calzada romana que la atravesaba; la Campiña y la Vega del Guadalquivir, en alusión a la topografía del paisaje, son ejemplos de esas grandes delimitaciones que los mapas decimonónicos no aceptaron con la misma firmeza que los límites provinciales, pero nos cuentan cómo algunos municipios entre sí establecían relaciones comerciales y culturales que no han conseguido borrar las carreteras y los trenes que existen o existieron.

Hoy la Rueda es, precisamente, un alegato a esas identidades suprapersonales, más allá de lo institucional y lo político, que distinguen, señalan y diferencias a miles de personas en el mundo entero. Esos gentilicios, esos nombres de los lugares que no quedan reflejados en documento alguno pero que son inconfundible referencia para quienes los buscan o los visitan. A la Rueda, hoy, los que promueven estas recuperaciones, que algunos llaman revival  aludiendo a la nostalgia y gusto por el pasado que denotan quienes los llevan a cabo. A la Rueda los que, arramplando con todas estas riquezas patrimoniales de carácter inmaterial, uniforman e igualan territorios, personas y espacios, porque en el ser todos iguales no consiste la igualdad como valor neutro y sin forma. Gracias a los alcaldes de la Sierra Morena de Sevilla por no haber perdido el Norte.

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Francis Segura

Sevillano habilitado por nacimiento, ciudadano del mundo y hombre de pueblo de vocación. Licenciado en Historia del Arte que le pegó un pellizco a la gustosa masa de la antropología, y que acabó siendo recepcionista de notario y estanquero. Investigador en la historia y en la literatura, preguntón, atrevido y gesto hecho hombre.

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