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Rueda de reconocimiento

La Playa del Girasol

Sólo los que se han bañado alguna vez en las aguas jordanas del Mar Muerto pueden imaginarse el tacto viscoso y terriblemente extraño que tuvieron ayer -y tendrán varios días- las aguas de nuestro Guadalquivir, las del verdadero río y sus cortas y dársenas muertas y estancadas, tras el vertido de aceite de girasol que, biodegradable e inocuo, ha manchado las aguas dulces que bañan la ciudad con su dorada quietud superficial.

No tiene el Mar Muerto tanto aceite como el antiguo río Betis: son sus lodos, con afamadas virtudes medicinales los que, una vez dentro, le otorgan ese tacto oleoso al agua que no se olvida nunca más.

Nunca mais cuando el petróleo gallego sobre el mar, pero un accidente de este calado no hay quien pueda evitarlo. Sobre el agua, nunca limpia o más bien contaminada por el uso inhumano de los recursos, la capa de ese aceite, ya no dorado, amarillento, como si hubiera venido de Sanlúcar un convoy de manzanilla y, graciosamente, le hubiera dado al Quivir una manita de amarilla gracia vertida desde barricas de roble asolerado por los años en la Carrera del Ejército.

Pero no, era solamente aceite, solamente. Y no era poca cosa. Que de aceite y de vino los pueblos que cruzaron el río vivieron y mantuvieron su esplendor durante mucho tiempo. Sin embargo ahora, el mundo no tiene ojos para el aceite, ni para el vino, ni para el girasol. Aquella pureza original -nadie habla de pecados- se ha venido perdiendo y lo que hubiera sido una ruina para el barco mercante que la transportara por el río siglos ha, hoy, siendo contaminación, no deja de ser una simple anécdota avistada desde los clubes que ponen sus puertos a las orillas del Río Grande de Andalucía.

Digo yo que ahora tenemos una playa nueva. La Playa del Girasol, que se une a esa de María Trifulca y a esa del Pabellón Real que, aunque no la hemos visitado, dicen que allí tiene arena y simula un ambiente costero atlántico bastante bien. La playa del Girasol tiene que oler a fritanga, porque es el girasol el que nutre tantas freidoras de pescaíto en el vuelta y vuelta de un comer que no exige grandes dispendios por parte de las cocinas que lo preparan. La Playa del Girasol, en la que sobre el agua en la que chapotean los patos y voltean los muchachos avezados de las piraguas, hay una capa, ora invisible, ora manifiesta, de oro líquido que ensucia, un poquito más si cabe, esa herramienta que sigue sin explotarse bien que es nuestro Río.

No hace mucho un taxista de Coria me contaba: «en mi pueblo sólo saben de Japón…y los japoneses vinieron por el río, y el río allí no se explota». Pues aquí tampoco, coriano que no coreano por mucho que sólo una letra pueda confundirnos. En Sevilla el río sigue precisando un plan estratégico integral, que lo una a las tradiciones de la ciudad más allá de la cucaña y las procesiones fluviales de la Virgen del Carmen, que aportan una nota variante en medio de la monocromía estival que nos domina.

La Playa del Girasol va a durar hasta que limpien el vertido, como duró la de María Trifulca hasta que Matalascañas le ganó el pulso a esa playa a tiro de piedra con agua dulce a falta de salinidad. Pero tanto aceite derramado, las manchas sobre el agua, la alarma generada…que sirva para que al Guadalquivir se le saque partido, que hay mucho que hacer y mucho que decir al respecto. Que se dé voz a todos los que de una forma u otra lo viven, un conglomerado de asociaciones, algunas muy famosas, otras casi desconocidas, para que, poniendo sobre el tapete sus necesidades y aspiraciones, hagan del río un paisaje vivido, exprimido hasta sus mejores consecuencias.

A la rueda los que han hecho del vertido un incidente más, y no les preocupa que otros vertidos de olvido y abandono hagan de nuestro río un lugar para dragar. A la rueda los que se han sentido espoleados por este accidente mínimo y sin importancia y piensan que el río merece otra atención y que tiene mucho que contar en su discurrir tranquilo y sosegado. Nos vemos, unos y otros, en la Playa del Girasol.

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Francis Segura

Sevillano habilitado por nacimiento, ciudadano del mundo y hombre de pueblo de vocación. Licenciado en Historia del Arte que le pegó un pellizco a la gustosa masa de la antropología, y que acabó siendo recepcionista de notario y estanquero. Investigador en la historia y en la literatura, preguntón, atrevido y gesto hecho hombre.

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