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francis-segura-28-07-17
Rueda de reconocimiento

El hombre katana

Casualmente el lunes andábamos por allí, como tantas otras veces, por la calle. Poco antes, unos amigos me preguntaban por un piso en venta por el entorno y este que les escribe no variaba su rutina.

Al borde de la calle Feria, la vida discurría como siempre…y yo, como siempre, sin enterarme que a eso de las siete de la tarde, el hombre de la katana se paseaba por allí, «amenazando a todos con matarles», según la escueta nota de prensa sobre la que se han elaborado noticias que se cuelan en las primeras páginas de muchos medios locales, incluido el nuestro.

El hombre de la katana tardó poco en rendirse, porque un policía local supo reducirlo y restó valor e importancia a la pistola de aire comprimido. Entretanto, las vecinas asustadas y los viandantes enmudecidos asistían al espectáculo de un señor que, antes que ir así, metiendo miedo por la calle, podía haberse planteado si el problema no estaba dentro de sí, en su cabeza, en el espíritu de una perturbación que probablemente le llevó a responder de esa manera, con la katana en una mano y la pistola en la otra, a modo de iconografía de santo posmoderno.

Hace años vivimos «el crimen de la katana», cuando un joven mató a su familia a espadazos en Murcia, llegando a ser incluso imitado por las «asesinas de San Fernando», que querían probar qué se sentía matando a una persona, y eligieron también una katana -la pistola de aire a presión se la dejaron al mozo de la calle Feria-. Diecisiete años después, uno cualquiera va y saca una espada y forma el taco en mitad de una ciudad, apabullada por el calor e intrigada por muchas cosas, pero interesada quizás por muchas menos todavía.

¿Por qué tantas veces la katana como elemento de terror? Pienso que, de alguna forma, desconocida, se transmite el sentido original de este arma y, aquí y allá, los que lo conocen lo convierten en vía de sentido único hacia su propia redención y la resolución de problemas que les parecen apabullar sin solución posible. Tiene la katana una simbólica forma de arco que sostiene o pone entibo a esas debilidades psicológicas de unos y de otros. Su curvatura parece un refugio capaz de sostener el techo de los que ven que todo les cae encima.

El hombre katana salió a la calle Feria y sembró el terror, pero eso no era terrorismo, lo que me hace pensar en cuáles son los límites del miedo que se infringe a otros. El tío éste, el de la katana, se vio el lunes elevado a protagonista con una sangrienta arma en la mano, una espada que principalmente servía, no para matar a otros, sino muchas veces para suicidarse.

¿Qué pretendía matando a otros, sabiendo que aquello que llevaba en las manos estaba pensando para la propia eliminación? El hombre de la katana no pretendía quitarse la vida, sino arrebatarla a otros, pervirtiendo notablemente el sentido original de su katana.

La cosa era bastante seria, por mucho que no le encontremos ahora más importancia que la del riesgo que corrieron aquellos que temieron hacerle frente. No se mataba él, quería matar a otros. La katana no era puente hacia su propio honor, sino deshonra de otros. Y tan tranquilo se dejó caer, herir y detener, dando al traste con sus intenciones.

A la rueda el de la katana, a la rueda con pinchos, que no merece la pena que se mueva mucho del presidio uno que piensa y actúa de esa manera. A la rueda los que no alcanzan a comprender cuán trastornado está el mundo. Una katana a veces habla más que mil análisis sociales, que mil columnas como esta.

Sobre el autor

Francis Segura

Sevillano habilitado por nacimiento, ciudadano del mundo y hombre de pueblo de vocación. Licenciado en Historia del Arte que le pegó un pellizco a la gustosa masa de la antropología, y que acabó siendo recepcionista de notario y estanquero. Investigador en la historia y en la literatura, preguntón, atrevido y gesto hecho hombre.

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