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francis-segura-24-5-17
Rueda de reconocimiento

La casa de los leones

No todos los días se le abren a uno las puertas de casas-palacio que albergan en su interior desde yeserías mudéjares a escudos de mármol del siglo XVIII, antepechos tardo-góticos y callejones, hoy cerrados, que cobijaron la vida de un barrio que se hace llamar San Juan de la Palma y que, no por mucho rozarse con ella, se resigna a que le digan: «eso está en la calle Feria».

Sí, ayer entré a visitar, con unos buenos amigos, la residencia que Geron ha instalado en el antiguo palacio del marqués de Torrenueva, ese caserón antes desvencijado que hoy ha cobrado todo su esplendor y ha tomado el uso de residencia de mayores, sumándose a las que en el mismo entorno llenan de vida edificios condenados a la inutilidad o a la imposibilidad de renovarse para no morir. A eso han llegado allí los ancianos que la habitan, por ahora sólo cinco, en una casa que se quiere llenar poco a poco y que resulta, a pesar de la inmensidad de sus galerías y pasillos, ciertamente acogedora.

Poco después de la Semana Santa fue a inaugurarla el alcalde, y sigue estando de actualidad que un grupo de hombres bienhechores se haya fijado en esta causa. Desde el balcón principal del edificio, sobre la portada, se divisa poderosamente el corazón del barrio, la esquina de la iglesia, la calle Feria, la calle Regina, el monasterio del Espíritu Santo, la calle Viriato, hoy Madre María Purísima de la Cruz y se imagina uno la visión que desde la casa tuvo el ceramista que hizo el azulejo de la Amargura, que era Marqués de Benamejí y de cuyo nacimiento estamos celebrando el 125 aniversario.

Es la casa de los Leones en Sevilla. De los que pocos quedan, porque la cobardía y la desidia nos ha ido dejando a todos convertidos en mansos gatitos que no somos capaces de defender lo que nos corresponde. Déjense ustedes de falsas actualidades y de guerras intestinas de partidos más o menos corruptos, déjense de mociones de censura que no van a ningún sitio porque les falta, como si fueran digitales, la e-moción de todo lo que del espíritu de los hombres y las mujeres debe salir.

Estamos hastiados de todo, estamos tan colmados de todo que ya se nos olvida que antes que nosotros hubo leones que defendieron, a zarpazos y rugidos, lo que les correspondía, lo que nadie podía olvidar, lo que no debía ser obviado entre la maleza de la trivialidad. Falleció el Marqués de Benamejí, sin llegar a cumplir cincuenta años, en abril de 1939 (días después de la paz impuesta) y ya, poco a poco, las túrdigas de la historia se le fueron arrancando a su palacio. Hoy es casa de los Leones. Lo mire uno por donde lo mire. Leones los que han financiado su restauración. Leones los que la van a habitar, ajados por los años pero agarrados con fuerza a las fuerzas que les quedan para seguir contando las hazañas de aquellos años en los que eran alguien, aunque no les conociera nadie.

Eso es lo que menos importa ahora. Porque, mirando a los más conocidos, no encuentra uno valores para imitarlos. El vicepresidente del Barça, en el calabozo; la que esperábamos aupada a la Secretaría General, luchando por no perder las riendas de su gobierno; los de economía desahogada, peleando para que no se note la decadencia que no puede evitarse extendiendo cheques al portador. Y nosotros en la rueda. Nosotros por un lado, acobardados, arrugados, con un hilito de voz defendiendo unos derechos y unas libertades que no sabemos administrar. En la rueda, para bien, esos leones de la casa palacio que ayer estuve visitando. Gracias a hombres y mujeres como ellos, el mundo no se ha parado ni un momento (va por tí, Curro, que me lees religiosamente cada semana). Y por ellos, y en ellos (doxología final), tantas palabras y tantas frases lanzadas al universo de la comunicación. Porque sin ellos, podemos ir cerrando el cortijo y poniendo la tranca, para que no nos saquen de él las mulillas del fracaso.

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Francis Segura

Sevillano habilitado por nacimiento, ciudadano del mundo y hombre de pueblo de vocación. Licenciado en Historia del Arte que le pegó un pellizco a la gustosa masa de la antropología, y que acabó siendo recepcionista de notario y estanquero. Investigador en la historia y en la literatura, preguntón, atrevido y gesto hecho hombre.

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