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Rueda de reconocimiento

Tenemos grupito

Nos hemos quedado sin cabecera, Balbuena. Sevilla hoy no tiene Actualidad. Sevilla es solamente la Feria, y al de la Rueda de Reconocimiento se lo ponen difícil para meter la mano en el ojo a su manera (at my way que decía el canzonetista Sinatra).

No hay actualidad porque todo pasa y se queda en el Real. Entramos y salimos, y allí se difuminan noticias y pareceres, y queda la Feria como cumbre de la vivencia, la opinión y el diálogo hispalense.

Allí en la Feria mira uno y se deja mirar, comenta y se deja ser carne de comentario vivo e hiriente a veces, amable otras muchas. Pasa uno a las casetas privadas al son de «mira éste con la que viene», «mira aquélla al que ha traído», «sí, viene todos los años», «uy, pos nunca lo había visto aquí». Y al pasar va uno, como el cojo del chiste, por si acaso, tapando los boquetes y las taras para que no se note que, a un lado y a otro de la conversación, hay carencias que los lunares y las chaquetas de rayita fina no pueden disimular.

En la Feria se queda uno sordo, muchas veces a disgusto, pero también es verdad que en ese estruendo coral y polifónico, algunas veces resaltan las voces de los chavales (las niñas son más de orquestas de falda corta y manga a la sisa) que vocean sevillanas con todos los recursos que permite la interpretación de tres o cuatro personas a un tiempo en ese reducido espacio del salón de una caseta privada de un módulo. Hoy en la rueda los grupitos de sevillanas, esos chavales que, peregrinos por ese desierto alisado del albero del Real van, de puerta en puerta, con todos sus trastos, poniendo un poco de vida a la enlatada sevillanía de tantas casetas en las que ya no se acuerdan de cantar y de bailar, de llevar la guitarra y la caja porque eso -válgame Undivé- es cosa también de asalariados.

Bueno, no importa. Los músicos tenemos que comer. Y si nos ganamos el pan con el dolor de nuestra garganta, a pan del bueno sabe. Pero a las casetas le falta algo de vida en el cante, que en el baile andan sobradas. Lo mismo que algunos bailan como pueden, yo quisiera que algunos cantaran como pudieran. Me imagino a Agustín Redondo en Chicuelo 18 animando al personal con esa voz que lo mismo sirve para un Ave María de Palazón que para una sevillana en medio del Rocío en Pentecostés. Y ese ejemplo cundir debiera en muchas casas, con la voz que cada uno tenga o pueda sacar después de tantos días de juerga y resaca.

Pero cuando no haya gente como Agustín, irán los grupitos a ponerle voz, sevillanas y rumbas a las casetas de la Feria. Los grupitos, bien pagados pero nunca bien valorados en el esfuerzo de darlo todo siete días sin poder explicarle al del jueves que el miércoles acabaste sin voz. Por eso, va por ellos esta Rueda, porque todavía hoy los iremos escuchando a todas horas, por pases que son «pase», invitaciones a los que desde fuera los escuchan a sumarse a la fiesta, muchas veces privada y privativa para los que desde fuera no tienen dinero ni para mirar.

Los grupos, esas voces vivas de la Feria, de guitarra y pandereta que nos regalan su ritmo y su buen hacer, para que no se pierda la viva voz cantando sevillanas, que puede ser lo único que nos quede de la Feria del Prado que ya cada vez menos gente añora. A la rueda vosotros, cantantes e instrumentistas, porque echáis todo lo que queda. A la rueda los que os pagan y os contratan, que os suelen comprender pero a veces se pasan un poco pidiendo y exigiendo en medio de una agenda repleta una capacidad propia de lo exclusivo. Ustedes, grupitos, a lo vuestro; que al final, los que tienen la manteca en el bolsillo os necesitan para que la fiesta no decaiga y presumen de «tenemos Grupito en la caseta». Porque los que trabajamos, los que estamos detrás de la cortina de vanidades y filigranas hacemos, de verdad, más Feria la Feria de Abril o de Mayo…o la que nos den. Que todas tienen grupitos, que todas necesitan vuestra música.

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Francis Segura

Sevillano habilitado por nacimiento, ciudadano del mundo y hombre de pueblo de vocación. Licenciado en Historia del Arte que le pegó un pellizco a la gustosa masa de la antropología, y que acabó siendo recepcionista de notario y estanquero. Investigador en la historia y en la literatura, preguntón, atrevido y gesto hecho hombre.

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