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francis-segura-18-marzo
Rueda de reconocimiento

La Misa del Valle

Sí, es verdad. Yo prometí que en esta columna no iba a hablar de cofradías. Dije que no venía a esta casa a seguir con mi rutina semanasantera, pero como ya he roto la promesa con la previa de las vísperas que anda ya por aquí, me puedo permitir esta licencia.

¿Me la tomaré de nuevo el Viernes Santo? ¡Quién sabe! Hoy, de momento, voy a hablar de cofradías. Bueno, de una anécdota que siempre he querido poner en papel y nunca he visto la oportunidad.

Era Viernes de Dolores. Yo no me acuerdo del año, pero como en esta ciudad las fiestas grandes, pieza arriba, pieza abajo, son todas iguales, no importa la imprecisión con tal de llegar a lo agudo del caso. Era Viernes de Dolores, les decía. Era la Misa del Valle, la función principal, la misa más bonita de Sevilla porque es la más larga que todos los años se celebra sin excepción. Tres horas muy bien contadas desde que se canta el Ángelus hasta el «Podéis ir en Paz», que es casi «Podéis ir a la Paz», que ya estará saliendo y revirando en calle Brasil, que es donde mi memoria sale siempre a verla, aunque ya no pueda por mor de las obligaciones.

Era Viernes de Dolores (a la tercera va la vencida). La Misa acababa de terminar. Era la hora de comer…o un poco más para allá. Yo volvía de ver algunos besamanos y otros pasos montados, en esa jubilosa certeza de quien sabe que ya está todo casi preparado. Llegabas a la calle Laraña, oías el kirye que borda la orquesta y coro de Abraham Martínez, ibas a ver todo lo que te apetecía, volvías…y seguía la Misa del Valle. Las notas de Gómez-Zarzuela (el maestro que antes de ser músico amó…me digan a mí lo que me digan) llenan la grandiosa Anunciación. El tejido social de la burguesía industrial y liberal que compone la cofradía se hace notar, poniendo una nota de intensa elegancia en los bancos del templo.

Es un gozo pasear la nave lateral, discretamente, y ver a las señoras exquisitamente peinadas, con sus alhajas escogidas, sus abrigos de visón. Mira uno a los caballeros adustos, canos, con la corbata de nudo fino, la camisa de gemelos y la americana ajustada al cuerpo. Todo es lustre, todo es elegancia. Nada disiente de la solemnidad del día. Todos, en su lugar, entrando y saliendo según les place, le dan a la función el tono que necesita un culto del Valle.

Terminó la misa aquel día y atravesé la nave central hacia el altar. Dos señoras rezagadas comentaban la jugada. «Fulanita, ¡qué larga es la misa!», decía una, con afán de pronta salida. Respondía la otra «Sí, es muy larga…¡pero es tan bonita!» Y esta segunda dijo lo que yo vengo a alabarle: «El Gloria es tan largo… ¡Pero te da tiempo a recordar a tanta gente que ya no está!».

¡No se me olvidará jamás, señora, usted cuyo nombre no conozco, pero a la que bendigo y elevo a la sabiduría de las cosas de Dios! Usted supo, señora, captar lo que es justo y santo. El Gloria de la Misa de Gómez-Zarzuela se parece al Gloria de la Misa del maestro Feo que tiene mi Hermandad de la Pastora de Santa Marina. Ambos, cuando se cantan, resultan a algunos excesivos, fuera de lugar, anticuados. Cuando en la calle Amparo suena el Gloria, muchos me siguen diciendo que sobra. Hermanos mayores de gloria y de penitencia, representaciones, hasta los propios hermanos, no valoran esa riqueza patrimonial.

La señora que dijo en el Valle ese memento, ese recuerdo por sus difuntos, dio verdadera gloria a los que ya no estaban allí, a los que, aquel año y este ya no serán nazarenos del Valle en su caminar por el Jueves Santo. Aquella señora supo comprender el esfuerzo de los cofrades y la vocación de servicio de las juntas de gobierno. Sí, la del Valle también, a pesar del escándalo que se ha querido formar y que en nada enturbia la integridad de esos fieles hermanos de la cofradía de la Coronación de Espinas y Jesús con la Cruz al Hombro.

Un Gloria tan largo le cantaría yo, en forma de rueda de reconocimiento, a los que saben apreciar ese patrimonio legado por los siglos, comprendiendo que debe mantenerse su uso y cuidarse su difusión. A veces le comprendo, don Antonio Burgos. Usted lucha porque se mantengan cosas que ya no existen, pero mi lucha es para mantener aquello que sigue palpable, tangible, audible. La tradición de las hermandades, para que esos oficiales y hermanos irresponsables (los del otro lado de la rueda de reconocimiento) retiren porque a ellos no les gusta o no se sienten identificados. Seamos como la señora del Valle.

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Sevilla Actualidad

Francis Segura

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