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Rueda de reconocimiento

Por mi himno y mi bandera

Tome a sus niños cuatro días, aunque no sepa qué hacer con ellos. ¡Estamos de puente, oiga! Recójalos usted a las dos de la tarde y me los trae usted el martes, que tenemos que echarnos todos a la calle a defender nuestra autonomía andaluza, a poner en valor lo pequeño frente a la grandilocuencia institucional.

Congreguémonos todos en torno a Susana Díaz, la cual, como zarina en el palacio de Invierno, con el favor del pueblo pero lejos de él, protagonizará múltiples actos en presencia de un pueblo escogido, que ha confirmado previamente y que sigue respetando la chaqueta y la corbata como atuendo protocolario. Llévese a los niños que estamos de puente.

Y que reine la desidia, que esa no le quita el trono a nadie. Hagamos una fiesta a nuestra imagen y semejanza, sin llamar a la puerta a la que nos prohibieron llamar ni gritando las consignas que no puedes gritar. Una fiesta divertida para todos, cómoda para los que hacen y los que no, un simple refrito de símbolos que invitan a sentir pero no a actuar. La banda de turno y el cantante de turno, el himno y la bandera, la medalla de oro y de vuelta. No, parémonos que hay un cóctel en honor a los premiados. Ahora sí, damos por concluida la celebración del Día de Andalucía.

Todos los años igual. Todas las repercusiones idénticas. Todas las consecuencias calcadas, como usando papel vegetal, del que empleamos en el colegio para dibujar a Hércules y los leones. Cuando lo tenías terminado, llegaba el momento de ponerle las inscripciones a la filacteria. Calculabas el espacio, y con tu letra, no especialmente bonita en este caso, escribías DOMINATOR HERCULES FUNDATOR. Y como el que se te venía a la cabeza era Manuel Chaves (entonces presidente) se mezclaban en tu mente los gestos de la deidad con los del presidente. Hércules fundó, según la leyenda. Luego dominó el PSOE, con diferentes caras y una sola voluntad.

La voluntad la dejó escrita Blas Infante en el himno «Sea por Andalucía libre, España y la humanidad». No se me olvida la primera vez que, en la clase de música del colegio, me pusieron delante la partitura. Me pareció sencilla, fácil, admisible. Pero entonces como ahora, sigo apreciando el problema: la letra no cuadra bien con la música. Lo que sale de los instrumentos no pega bien con la letra que el pueblo quiere cantar por encima. La más grande, Rocío Jurado, lo consiguió, alterando levemente el ritmo dado, aflamencando una melodía que ya para siempre estará asociada a esa voz que no puede describirse con palabras.

Lo que la Jurado hizo fue acentuar cada palabra en su sitio, dejando atrás esa pronunciación anómala con la que pasamos nuestra infancia. Me siento como la voz de Carlos Alcántara en «Cuéntame», pero, verdaderamente, pedíamos volver a ser lo que fuimos, y con suerte, alguien nos entendería y podría ayudarnos. Luego vinieron las versiones, las aversiones, las addendas, las odiendas y así hemos llegado al día de hoy. Yo quiero cantar el himno como se canta en Cantillana, sabiendo lo que fue y respetando su origen. Un canto de siega (de esfuerzo y sudor) y petición (una verdadera plegaria).

Bueno, me conformaré pensando que la nuestra es la única comunidad que, cada cuatro años, tiene un día más para pensar qué quiere ser y a dónde quiere llegar.  Ese 29 de febrero, bisiesto «be siesta», como dirían los ingleses, aludiendo a esa indolencia proverbial que le daban en una tarjeta a todos los viajeros que nos describieron en el siglo XIX. Un día de reflexión, como las elecciones, cada cuatro años. Aprovechemos el puente para saber quiénes somos, cómo hemos llegado hasta aquí y qué queremos hacer con esta joya que se llama Andalucía.

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Sevilla Actualidad

Francis Segura

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